Ren.
Cuando mato a alguien, inmediatamente obtengo los sellos que ellos tuvieron alguna vez. De cierta forma eso explica todos los sellos que tengo, es debido a la gente que una vez tuve que matar. De alguna manera vale la pena. Pero ahora mismo me lo estoy replanteando, si consigo acabar con estos sujetos aparte de que es ilegal y puedo arruinar mi reputación, no me darán ningún sello que valga la pena. Ni siquiera tienen.
Mi padre decidió crear al ejército élite, y creo, que nunca pensó que serían tan tontos como para ser atrapados por unos guardias que ni siquiera han entrenado lo mismo que ellos.
El ejercito élite, es una unidad donde solo hay gente con poderes únicos, habilidades, cosas no vistas antes. Una gran parte pasaron la mayor parte de su vida entrenando en una academia, para luego irse al ejército y ser seleccionados para estar en esta unidad. Los demás los selecciono Atlas no sé de dónde.
Por lo que mis ojos ven, los saco del basurero.
Somos la máxima rama de la ley, más que agentes, policías, guardias o soldados. Solo que al estar en territorio enemigo no quieren colaborar.
—Señor, ¿me ha escuchado? —me insiste el guardia que se acercó a mí.
—¿Matar? No estoy para ridiculeces. Nos han dejado pasar por algo. —Suelto una risa irónica —Deje a mis agentes y no habrá problemas.
—Esto no es discutible, señor. Por muy hijo del rey que usted sea no se libra del castigo. No lo mataremos, pero...
—Hasta que no sea el mismo monarca el que me lo ordene, seguiré con lo mío. —señalo a los agentes que están siendo agarrados por otros guardias.
Junto a la sargento, me voy acercando hasta llegar donde están todos los demás guardias junto a mis soldados.
Por cada militar mío hay como dos guardias, porque sé que un guardia no equivale a uno de los míos, sin embargo, me da vergüenza haber entrenado a gente que ni esconderse sabe.
No es la primera misión que hacemos, pero sí es la primera en la que estamos fallando.
Algo que tengo claro es que ni, aunque el príncipe o el rey me quieran hacer algo no me dejaré. No me da la gana, simple.
No tardamos mucho tiempo ahí parados en frente de todos observando el panorama porque unos cuantos guardias se van contra la sargento Wolfren, pero ésta obviamente no se deja, pateándole en los huevos a uno mientras que a otro con un puñal que se saca del bolsillo le corta el cuello, lo que provoca que la sangre no deje de salir.
Vienen más guardias para inmovilizarla, pero dejo de prestar atención cuando unos cuatro intentan hacer lo mismo conmigo.
—¡Casi mata a uno de los nuestros! —se refiere un guardia a Maela —El rey va a querer llevarla al calabozo.
No necesito a ninguno de mis sellos para defenderme, también entrené en el ejército, igual o más que ellos.
Al que me intenta agarrar las manos, le tuerzo la suya, girándola hacia el lado derecho. Hace una mueca de dolor y mi atención pasa a otro cuando éste me apunta con un táser haciéndole una señal a los otros dos para que me sujeten.
Aquella cosa no me asusta.
Cuando los guardias avanzan hacia mí, saco un cuchillo para darles un motivo para disparar. Pero, antes de que el táser me inmovilice, agarro a uno de ellos por los hombros y lo coloco delante de mí, usándolo como escudo.
El disparo llega a él inmovilizándolo. Más guardias se aproximan corriendo y me doy prisa. El guardia que sigue en mis manos se lo lanzo a quien tiene el táser, derribándolo. Al otro que iba a por mí le doy un codazo en el cuello seguido de una patada que lo hace caer frenéticamente al suelo.
Y al final cuando uno de los guardias se pone a centímetros de mí, saco la pistola que tenía en la funda de mi traje y le apunto.
—Un paso más y te vuelo esa cabeza.
El guardia no se mueve del sitio al igual que ninguno lo hace. A quien le apunto le tiembla todo y puedo ver el miedo en su mirada.
Siento a alguien acercarse por detrás y, en un movimiento rápido, saco el puñal que llevaba oculto. Sin dejar de apuntar con la pistola al que tengo delante, alzo el puñal hacia quien se aproxima antes siquiera de girarme.
Me doy la vuelta y... ¡Oh, dioses!
La joven se quita despacio el sombrero y la bufanda negros. Su pelo dorado cae suelto sobre los hombros. Sus ojos azules acompañan a un ceño completamente fruncido.
Mira el puñal con el que sigo apuntándole al cuello y, en cuestión de segundos, sus ojos se encuentran con los míos. Ese azul es intenso, casi abrumador. Poderoso. A la vez fastidioso y...
—Aparta ese puñal, Ren. —habla una voz al lado de la chica.
Aparto la mirada de la rubia y me centro en el sujeto que tiene al lado.
Pero pongo los ojos en blanco al ver quien es.
—¿Qué es todo esto y por qué hay tantos de tus soldados?
—No sé, pregúntale a tus guardias.
—No te hagas el tonto.
—Para eso estás tú. —le guiño el ojo.
—Voy a ignorar lo que sale de tu boca para no echarte a patadas de mi reino y te voy a dar una oportunidad para que me lo expliques.
Su oportunidad me la paso por el culo.
—Pasamos sin problemas la frontera y ahora tus hombres deciden que es buena idea la de condenar a muerte a mis agentes. Gracioso, ¿no? —añado irónicamente.
—Pues muy bien hecho, no sé ni porque los dejaron pasar.
—Por ser la máxima rama de la ley. Ah, y casi lo olvido: por órdenes del rey de Thriandor.
—Las leyes allá no son lo mismo que las de Altair y lo sabes.
Claro que lo sé, al igual que sé que necesito llegar a Luton.
—Mira, si te apetece, cruzas la frontera y averiguas si de verdad estoy mintiendo.
—Quien cruzará la frontera, serás tú, pero para no volver más nunca.
—Al no colaborar, tu opinión es un cero a la izquierda. Hablaré con Nikolái.
—Ya te lo está diciendo el futuro rey de Altair y es que no.
—Como si me lo estuviese diciendo una cabra.
Lo esquivo y me adentro al palacio, sin permiso.