Kip seguía convencido de que había cometido el peor error de su vida.
No era que odiara el nuevo puesto. Bueno... sí lo odiaba un poco. Había algo tranquilizador en preparar malteadas durante los partidos, escuchar el bullicio de la gente y pasar desapercibido entre el aroma del helado y el chocolate. Patrullar los interminables pasillos del Madison cuando el edificio estaba vacío era otra historia.
Y todo había sido idea de Scott.
—Así podremos vernos más —le había dicho semanas atrás, con esa sonrisa imposible de discutir—. Cuando termine el entrenamiento o los partidos, seguirás aquí. No tendremos que esperar hasta el día siguiente.
En teoría sonaba romántico.
En la práctica, Kip estaba completamente solo en un estadio gigantesco donde cada sombra parecía esconder algo.
Ajustó la radio en su cinturón y enfocó con la linterna el corredor que conducía a la pista. Las filas de asientos permanecían inmóviles bajo la penumbra, como si cientos de espectadores invisibles siguieran observando el hielo.
«Ridículo», se dijo. «Solo es un edificio».
Entonces las luces del pasillo parpadearon.
Una vez. Dos. Tres.
El zumbido eléctrico cesó durante un segundo que se sintió eterno antes de volver con normalidad.
Kip levantó la vista hacia el techo.
—Genial. Justo lo que faltaba.
Siguió caminando, aunque un nudo incómodo comenzaba a instalarse en su estómago.
Fue entonces cuando escuchó el ruido.
Un golpe seco. Lejano. Como el eco de algo deslizándose sobre el hielo. Se detuvo. El sonido desapareció.
Esperó unos segundos y, al no oír nada más, volvió a avanzar. Otro golpe. Esta vez provenía de un lugar distinto. No sonaba como una tubería ni como una puerta movida por el viento. Era un ruido limpio, preciso... casi como si alguien hubiera golpeado un puck con un stick al otro lado de la pista.
Kip tragó saliva.
El estadio debía estar vacío. Se suponía que debía estar vacío. El tercer golpe fue seguido por un chasquido eléctrico. Y, de pronto, todo quedó a oscuras.
No hubo un parpadeo previo ni una tenue luz de emergencia que suavizara la transición. El Madison entero pareció tragarse la claridad de un solo bocado, dejando a Kip inmóvil en una negrura tan espesa que ni siquiera alcanzaba a distinguir sus propias manos.
—¿Hola...? —preguntó al vacío, arrepintiéndose al instante.
El eco de su voz viajó por las gradas y regresó deformado, como si alguien más hubiera susurrado al mismo tiempo.
Entonces lo oyó.
Shhhhk.
Shhhhk.
Shhhhk.
El sonido inconfundible de unas cuchillas cortando el hielo.
Lento. Constante. Como si alguien patinara dando vueltas sobre la pista. Kip dejó de respirar por un segundo. No debía haber nadie allí.
Con dedos temblorosos, sacó la linterna del cinturón y la encendió. Un estrecho cono de luz atravesó la oscuridad, iluminando apenas unos metros por delante. El resto del estadio permanecía sumido en sombras imposibles de descifrar.
Los patines siguieron deslizándose. Cada pasada parecía un poco más cercana.
Kip llevó una mano a la radio.
—Central, aquí vigilancia. ¿Me reciben?
Solo obtuvo una descarga de estática. Giró la perilla, golpeó el aparato con la palma y volvió a intentarlo.
—¿Hay alguien en frecuencia?
Nada. Más estática.
Y, mezclado con ella, creyó escuchar una respiración.
Se apartó la radio de la oreja con un sobresalto.
—No, no, no...
Sacó el teléfono móvil casi por reflejo. La pantalla marcaba una sola barra de cobertura. Marcó el número de Scott antes de que pudiera desaparecer.
La llamada tardó varios segundos en conectar.
—¿Kip? —respondió Scott, con el murmullo de varias voces de fondo—. ¿Todo bien?
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
—Se fue la luz. Estoy solo y escucho a alguien patinando en la pista. La radio no sirve y esto me está dando muy mala espina.
Hubo un breve silencio al otro lado.
—Debe de ser una avería. Estoy en la reunión del equipo, en el edificio de al lado. Dame unos minutos y voy para allá en cuanto termine.
Kip giró lentamente sobre sí mismo, apuntando la linterna hacia las puertas que conducían al hielo.
El sonido había cesado.
Eso, por alguna razón, le daba aún más miedo.
—Scott...
—Sí.
—No tardes.
La voz de Scott se suavizó.
—No lo haré. Quédate donde hay luz y espérame.
Kip miró el débil haz de su linterna, único punto brillante en kilómetros de oscuridad.
—Ese es justamente el problema —murmuró—. Ya no queda ninguna.
Un estruendo metálico rompió el silencio.
Kip dio un respingo y giró la linterna hacia el pasillo que conducía a los vestidores.
Después llegó otro sonido.
Como la puerta de un casillero cerrándose de golpe.
Se quedó inmóvil unos segundos, esperando que se repitiera. El haz de la linterna temblaba ligeramente entre sus manos.
«Seguramente quedó mal cerrado», pensó. «O la corriente hizo algo raro».
No estaba convencido ni él mismo.
Con pasos cautelosos, avanzó hasta los vestidores. El eco de sus zapatos resonaba contra las paredes desnudas, mientras el silencio volvía a apoderarse del edificio. Empujó la puerta.
Las filas de casilleros aparecieron frente a él, inmóviles y perfectamente alineadas. Nada.
Exhaló un suspiro.
Entonces, a su derecha, una puerta metálica se abrió sola. Muy despacio. Con un chirrido agudo que pareció durar una eternidad. Kip apuntó inmediatamente la linterna hacia ella. La puerta permaneció abierta unos segundos. Y se cerró de golpe. El ruido lo hizo retroceder un paso.
—No tiene gracia... —susurró, aunque no había nadie para escucharlo.
Reuniendo el poco valor que le quedaba, levantó de nuevo la linterna y dirigió el haz más allá de la hilera de casilleros, hacia el fondo del vestidor.