Práctica Nocturna

La limpiadora Zamboni

El aire dentro de los pasillos subterráneos del estadio no olía a sudor rancio, cinta de fricción ni linimento mentolado, que era el olor normal, casi hogareño, que Shane Hollander asociaba con el hockey profesional desde que tenía seis años.

Olía a hierro caliente. A cobre tibio y a gas propano mal quemado, un tufo espeso que se te pegaba al fondo del paladar como una película de grasa rancia.

Shane e Ilya habían entrado por la bahía de carga con sus maletines de equipo al hombro, esperando el típico ajetreo caótico previo a una sesión compartida de entrenamiento en territorio neutral. En cambio, encontraron un silencio pesado, sofocante, roto únicamente por el zumbido eléctrico de las lámparas fluorescentes del techo, tubos largos y pálidos que vibraban con un parpadeo microscópico que taladraba las sienes.

Los jugadores de los New York Admirals estaban apiñados en el pasillo principal que conducía al túnel de acceso a la pista. Ninguno llevaba los patines puestos; la mayoría seguía en ropa térmica o con las protecciones a medio abrochar, sentados sobre las cajas de madera o recargados contra los bloques de concreto con los rostros desprovistos de color. Parecían soldados en una trinchera esperando una orden de repliegue que nadie se atrevía a dar.

—Shto za chort... —murmuró Ilya por lo bajo, entrecerrando los ojos mientras se abría paso sin ceremonias—. ¿Por qué nadie está en el hielo? ¿Se canceló la práctica y nadie se molestó en avisar a Ottawa?

Nadie le contestó. Un par de defensas veteranos de Nueva York ni siquiera levantaron la cabeza; uno de ellos tenía la mirada clavada en sus propios calcetines, con las manos temblándole sobre las rodillas.

Al fondo del corredor, junto a la puerta de doble hoja que daba a la rampa de la pista, estaban Scott Hunter y Kip Grady. Scott tenía el ceño fruncido en una máscara de incredulidad lívida, con los hombros rígidos bajo su sudadera gris. A su lado, Kip parecía físicamente enfermo, con los brazos cruzados con tanta fuerza sobre el pecho que sus nudillos estaban blancos.

Shane soltó su maleta sobre el piso de goma. El golpe seco resonó con una resonancia hueca que hizo que Kip diera un respingo violento.

—Scott. ¿Qué carajos está pasando aquí? —preguntó Shane, dando un paso al frente. Su tono profesional y controlado era un escudo automático contra la inquietante atmósfera del lugar—. La sesión empezaba hace veinte minutos.

Scott levantó la vista. No había rastro de la habitual arrogancia competitiva ni de la cordialidad tensa que solía haber entre capitanes. Tenía la mandíbula apretada hasta el punto de hacer crujir los dientes.

—No entren —dijo Scott. Su voz sonó rasposa, como si se hubiera tragado un puñado de ceniza.

—¿Por qué? —insistió Shane, frunciendo el entrecejo—. ¿Hay una fuga de refrigerante? ¿El hielo se quebró?

—Ojalá fuera eso —intervino Kip. Su voz temblaba con una mezcla de náusea y espanto—. Fue... fue un accidente. Con la máquina. La limpiadora vieja.

Ilya soltó un bufido seco, casi desdeñoso, cruzándose de brazos.

—¿Un accidente de qué? ¿Alguien rayó el esmalte de la pintura? ¿Una fuga de aceite? Se limpian las ruedas y ya está, se patina encima. Tenemos que entrenar antes de que cierren las puertas para la prensa.

—Ilya, cállate —cortó Scott, con una frialdad repentina y amarga que congeló el aire entre ellos—. Mike está muerto.

El silencio cayó sobre el grupo como una losa de plomo.

—¿Mike? —repitió Shane, parpadeando despacio—. ¿El encargado del turno de mantenimiento?

—La Zamboni —susurró Kip, mirando la puerta de metal como si esperara que algo la derribara desde el otro lado—. La Serie 500. La que trajeron del depósito viejo mientras reparaban la eléctrica. Mike estaba haciendo la última pasada para dejar el hielo liso antes de que nosotros saliéramos. Nadie sabe qué pasó. Dicen que tal vez se bajó a ajustar la cuchilla trasera o que se le cayó la palanca del tanque... pero cuando los chicos del vestuario escucharon el crujido...

Kip se detuvo, tragando saliva con evidente dificultad, y se llevó una mano a la boca.

—¿Qué crujido? —preguntó Ilya. Ya no sonaba desdeñoso; su ceño se había endurecido en una línea severa.

—Sonó como ramas secas rompiéndose —dijo Scott con voz monocorde, casi desprovista de emoción por el shock—. Como si alguien hubiera tirado una bolsa de hielo y la estuviera pisando con botas de trabajo. Pero luego empezó a chillar el motor. Ese bloque de metal de los noventa... no se detuvo. Siguió avanzando a dos millas por hora. Arrastrándolo.

Shane sintió un escalofrío helado deslizarse por su columna vertebral, pero su mente estructurada se negó a procesar la gravedad de las palabras sin evidencia tangible.

—Tenemos que ver qué tan grave es —dijo Shane, dando un paso decidido hacia las puertas dobles—. Hay protocolos. La liga tiene que suspender oficialmente si hay un...

—Shane, no —advirtió Scott, estirando un brazo para detenerlo, pero Shane ya había empujado la barra de acero de la puerta.

Ilya lo siguió de inmediato, empujado por una mezcla de instinto protector y esa curiosidad morbosa y dura que no admitía debilidades.

El frío de la arena los golpeó en el rostro en el instante en que cruzaron el umbral, pero no era el aire limpio y seco de una pista en óptimas condiciones. El hedor a propano era insoportable aquí dentro, flotando en una nube baja y azulada sobre el centro del hielo, pero estaba completamente dominado por algo peor: un olor dulce, denso y sofocante a carnicería abierta que saturaba el ambiente.

La iluminación estaba a media potencia. Solo los reflectores perimetrales permanecían encendidos, arrojando largas sombras que se estiraban sobre la superficie blanca como dedos ennegrecidos.

La Zamboni Modelo 500 estaba detenida contra los tableros del fondo, en la zona defensiva derecha, con el motor apagado pero todavía silbando, emitiendo pequeños chasquidos metálicos de enfriamiento (tick... tick... tick...). Parecía una bestia cuadrangular de hierro, una mole masiva de pintura descarapelada y ángulos rectos que descansaba en la penumbra.



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En el texto hay: shanehollander, shanexilaya, heated rivalry

Editado: 27.10.2026

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