El departamento de Scott Hunter en la planta más alta de aquel rascacielos no se sentía como un hogar; se sentía como una vitrina de exhibición, un mausoleo de concreto pulido, cristal templado y un silencio tan denso que casi se podía palpar. El olor del lugar era siempre el mismo: una mezcla estéril de cuero italiano de los muebles de diseñador, el sutil aroma a madera cara de los acabados y un vacío clínico, desprovisto de cualquier calidez humana. Era un espacio diseñado para el descanso de un atleta de élite, blindado contra el ruido del mundo exterior mediante cristales acústicos de triple panel. Sin embargo, para Kip Grady, ese blindaje no lo protegía del exterior; lo atrapaba por dentro.
Hacía apenas unas horas que la enorme silueta de Scott había cruzado el umbral, arrastrando su maleta de viaje rumbo a la gira de tres partidos fuera de casa. Kip recordaba con una punzada en el pecho la forma en que Scott lo había mirado antes de irse. Había culpa en sus ojos, mezclada con una imperiosa necesidad de protección.
—Te dejé el refrigerador lleno, Kip. Y por lo que más quieras, usa la maldita calefacción automatizada; no tienes que congelarte solo porque te gusta sufrir —había dicho con esa media sonrisa cansada, dándole un apretón firme en el hombro que pretendía ser un ancla, pero que ahora se sentía como un fantasma—. Aquí estás seguro. Nadie sabe que estás aquí. Estás a salvo.
Escondido. Esa era la palabra que Scott no había pronunciado, pero que flotaba en el aire como una neblina invisible. A salvo porque era invisible. Protegido porque, para el resto del mundo, Kip Grady no existía en la vida pública del capitán. Mientras Scott brillaba bajo los reflectores de las arenas más imponentes, Kip se quedaba atrás, confinado a esa jaula de oro flotando a cincuenta pisos sobre el suelo.
Al principio, el aislamiento se toleraba con una resignación amarga. Pero cuando el sol comenzó a teñir de un rojo sangriento los rascacielos de la ciudad para luego dar paso a una oscuridad total, las dimensiones del departamento parecieron alterarse. Las paredes de hormigón parecieron encogerse, mientras que las esquinas vacías y minimalistas se estiraban hacia el techo, creando bolsas de sombras profundas que la iluminación LED indirecta no lograba disipar.
Kip se sentó en el centro del colosal sofá de felpa gris. El espacio a su alrededor era tan amplio que lo hacía sentir ridículamente pequeño, como un niño castigado. Encendió el enorme televisor de la pared para apagar el zumbido de sus propios pensamientos, pero el sonido de un programa de deportes cualquiera rebotó en los techos altos, distorsionándose en un eco falso y molesto. No soportó ver las imágenes de las pistas de hielo, la adrenalina que tanto extrañaba, la normalidad de una vida que ya no le pertenecía. Apagó la pantalla de golpe.
Fue un error.
El silencio regresó con la fuerza de un golpe, pero esta vez no vino vacío. Traía consigo una cadencia sutil. Un ritmo que Kip no tardó en notar.
Clac. Clac.
Kip contuvo el aliento, con los hombros tensos y la mirada fija en el pasillo oscuro que conducía a la suite principal. Su corazón dio un vuelco incómodo contra sus costillas.
—Es el sistema de ventilación inteligente —se dijo a sí mismo en voz alta, necesitando escuchar una voz humana, aunque fuera la suya propia—. Solo se está adaptando a la temperatura de la noche.
Se lo repitió tres veces, como un mantra racional. Pero su mente, desgastada por los días de encierro, por la humillación sorda de vivir entre las sombras y por la falta abrumadora que le hacía el calor ruidoso de su propia familia, comenzó a traicionarlo. Desenterró un recuerdo de la infancia que creía sepultado bajo años de madurez y cinismo. Una advertencia infantil que había escuchado en su pasado, un susurro sobre una entidad vieja como el miedo mismo, un monstruo que no buscaba a los niños en los armarios de madera viejos, sino a aquellos que se quedaban solos. Aquellos de los que nadie sabía su paradero.
El Coco.
Un escalofrío genuino, una descarga de adrenalina helada, le recorrió la espina dorsal. Kip se frotó la cara con brusquedad, irritado consigo mismo. Era un atleta profesional, un adulto que había enfrentado golpes brutales en la pista, no un niño asustadizo. Estaba en el santuario de Scott Hunter, el lugar más seguro de la ciudad.
Sin embargo, al levantar la vista hacia el reflejo de los enormes ventanales que daban a la noche, Kip no vio el lujo del departamento. Vio una celda de cristal suspendida en la nada. Y en el reflejo del vidrio negro, justo en la esquina del pasillo donde la luz no llegaba, le pareció ver que la oscuridad no era estática. Parecía densa, viva, como si algo estuviera agazapado, esperando pacientemente a que la última pizca de cordura de Kip se evaporara para recordarle que, en ese lugar, la soledad nunca venía completamente sola.
La noche avanzó arrastrando las horas como si fueran de plomo. Kip no fue capaz de moverse del sofá en mucho tiempo. Tenía la espalda rígida y los ojos ardiéndole por fijar la vista en los puntos ciegos del departamento, convenciéndose a cada segundo de que el relieve de una sombra se había ensanchado o de que el negro del pasillo era ahora un tono más profundo.
Para romper el letargo y huir de la parálisis, se obligó a levantarse. Sus pasos descalzos apenas hacían ruido sobre el suelo de madera noble, pero en su cabeza resonaban como cañonazos. Caminó hacia la oficina de Scott, el único lugar que sentía vagamente humano porque todavía conservaba el desorden característico del capitán: un par de libretas de tácticas abiertas, bolígrafos de marca sobre el escritorio y ese persistente aroma a su loción cara que, por un segundo, alivió la opresión en el pecho de Kip.
Se sentó en la imponente silla de piel. Frente a él, la enorme pantalla del ordenador de escritorio lucía como un espejo oscuro. Scott le había dicho mil veces que la usara si se aburría; no había contraseñas entre ellos, una muestra de confianza absoluta que en ese momento a Kip le supo a ceniza. Mover el ratón provocó que la pantalla cobrara vida, inundando la habitación con una luz azulada y fría que esculpió el rostro demacrado de Kip contra la penumbra.