Práctica Nocturna

Materia gris

Hacía una semana que los pronósticos advertían sobre el vendaval del Norte que terminó materializándose el jueves. A las cuatro de la tarde ya se habían amontonado veinte centímetros de nieve en las calles de Ottawa y la tormenta no daba señales de amainar. Los cinco o seis de siempre estábamos congregados alrededor de la estufa en el local de Shane, el único bar pequeño de este lado de la ciudad que permanecía abierto las veinticuatro horas.

Shane no tenía una clientela masiva —generalmente el negocio se limitaba a despachar cerveza a los universitarios y a algún que otro fanático del hockey—, pero se las apañaba. Además, no había un sitio mejor que el suyo para que tipos como nosotros nos reuniéramos a dejar pasar las horas, intercambiando chismes pesimistas sobre quién había muerto últimamente y cómo el mundo se estaba yendo directo al diablo.

Esa tarde Shane estaba detrás de la barra. Svetlana, Carl, Bill y yo estábamos encorvados cerca del calor de la estufa. Afuera, ni un solo coche se atrevía a cruzar Ohio Street; los quitanieves no daban abasto y el viento arrastraba montículos de nieve que parecían la columna vertebral de un dinosaurio. En toda la tarde, Shane solo había tenido tres parroquianos, si es que contábamos al viejo Eddie, que estaba medio ciego y solía meterse un pan bajo la chaqueta antes de marcharse con cara de haber timado al mundo entero.

Fue en ese momento cuando la puerta volvió a abrirse de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire gris y helado. Un chico entró a trompicones, golpeando las botas contra el suelo para desprenderse de la nieve. Lo identifiqué enseguida: era Kip Grady. Pero al verle la cara, supe que acababa de pasar por un trance espantoso. Su nuez de Adán subía y bajaba convulsivamente y sus facciones tenían el color de un encerado viejo.

—Shane... —dijo Kip, con los ojos girándole en las órbitas como cojinetes—. Tienes que ir a casa. Tienes que llevarle la cerveza e ir a casa. Yo no me atrevo a volver. Tengo miedo.

—Calma, calma —respondió Shane. Se quitó el delantal con parsimonia, rodeó la barra y se acercó al chico—. ¿Qué sucede? ¿Tu esposo ha agarrado una borrachera otra vez?

Al escuchar eso, recordé que hacía bastante tiempo que no veíamos a Scott Hunter por el bar. Scott era un tipo alto, enorme, con brazos como jamones; una antigua gloria local que, tras una mala lesión de espalda en el aserradero de Clifton, se había retirado a vivir de la indemnización. Desde entonces se había puesto espantosamente obeso y ya no asomaba las narices por la calle. Era Kip quien venía cada noche a comprarle su caja de cerveza más barata. Un buen chico, Kip. Shane siempre le vendía la mercancía porque sabía que el muchacho solo obedecía órdenes.

—Sí, está bebiendo —asintió Kip, temblando—, pero ése no es el problema. Es... es... Dios mío, es un horror.

Shane se dio cuenta de que el chico estaba a punto de romperse, así que miró de reojo a la barra.

—Svetlana, ¿puedes atender un momento?

—Por supuesto —respondió ella, enderezándose de inmediato con la mirada afilada.

—Ven conmigo a la trastienda, Kip. Cuéntame qué pasa.

Shane se lo llevó y el silencio cayó sobre nosotros. Solo escuchábamos el murmullo filtrándose desde el fondo: la voz profunda y pausada de Shane, y los tonos atiplados y atropellados de Kip. Cuando el chico finalmente se echó a llorar, Bill Pelham se aclaró la garganta y empezó a cargar su pipa.

—Hace un par de meses que no veo a Scott —comenté, cruzándome de brazos.

—No te has perdido de nada —gruñó Bill.

—Vino a finales de octubre —añadió Carl—. Compró una caja de Schlitz. Estaba engordando de una manera pavorosa.

No había mucho más que agregar. Afuera el viento seguía aullando y la radio anunciaba otros veinte centímetros de nieve para la mañana. Estábamos a mediados de enero y nadie, salvo Kip, había visto a Scott Hunter desde otoño.

Finalmente, Shane regresó a la estancia principal con el muchacho. Kip ya no llevaba el abrigo puesto, pero Shane sí se estaba abrochando el suyo. El chico tenía los ojos enrojecidos y esquivaba la mirada de todos. Shane, por su parte, tenía una expresión de profunda preocupación que raras veces le había visto.

—Voy a hacer que Kip suba al apartamento del primer piso para que mi madre le prepare algo caliente —dijo Shane, intentando esbozar una sonrisa que acabó siendo una mueca enfermiza—. ¿A alguno de ustedes le importaría acompañarme a la casa de Scott? Kip dice que su esposo quiere cerveza. Trajo el dinero.

—Yo iré —dije, poniéndome de pie de inmediato. No iba a dejar que Shane fuera solo a resolver lo que fuera que le hubiera desencajado la mandíbula de esa forma—. Svetlana, ayuda a Carl a traer las latas de la trastienda. Con este frío, su artritis no lo dejará en paz.

Preparamos dos docenas de latas de Harrow's Supreme en una caja mientras Shane subía a dejar a Kip a salvo en el piso de arriba. Cuando volvió a bajar, se aseguró de cerrar bien la puerta tras de sí y nos miró.

—¿Qué pasa? —preguntó Bill con ansiedad—. ¿Scott le pegó al muchacho?

—No —respondió Shane, con la voz extrañamente gélida—. Prefiero no decir nada por ahora. Les parecería absurdo. Pero miren esto. Es el dinero que trajo Kip.

Sacó del bolsillo cuatro billetes de un dólar, sosteniéndolos con extrema precaución por una sola esquina. Enseguida entendí por qué. Los billetes estaban completamente cubiertos por una sustancia gris, viscosa y repugnante, idéntica a la baba que se forma en la superficie de las conservas podridas. Los depositó sobre la barra y miró fijamente a Svetlana.

—¡Que nadie los toque! No si la mitad de lo que dice el chico es cierto.

Shane fue directo al fregadero y se lavó las manos concienzudamente. Yo terminé de abrocharme el chaquetón y la bufanda. Hubiera sido una estupidez sacar el coche; Scott vivía en un viejo edificio de apartamentos en el extremo de Curve Street, justo donde terminaba el recorrido del quitanieves.



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En el texto hay: shanehollander, shanexilaya, heated rivalry

Editado: 27.10.2026

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