Práctica Nocturna

El doble en el hielo

El golpe contra el acrílico no sonó como un impacto de hockey; sonó como un saco de carne estrellándose contra el parabrisas de un camión a cien kilómetros por hora.

El aire abandonó los pulmones de Shane con un silbido agudo, quemando como ácido frío en su garganta. Su visión se redujo a un túnel granulado, un estallido de estática gris y blanca mientras su hombro izquierdo absorbía la violencia del choque. El cristal templado del TD Garden vibró con un quejido sordo, una resonancia que Shane sintió vibrar directo en sus muelas. Pero no fue el dolor lo que le heló la sangre antes de que sus patines volvieran a tocar la superficie picada de la pista.

Fue la falta de inercia.

Ilya Rozanov no había patinado hacia él para completar una carga limpia de hombro. Había caído sobre él con un peso muerto, una masa densa y antinatural, como si por una fracción de segundo la gravedad se hubiera multiplicado por diez sobre el número 81 de Boston.

Shane se deslizó sobre una rodilla, apoyando el guante en el hielo para no perder el equilibrio. La multitud aullaba alrededor —veinte mil gargantas rugiendo con esa sed de sangre tan propia de los clásicos de división—, pero para Shane el sonido se distorsionó, hundiéndose bajo el agua. Levantó la vista a través de la rejilla de su casco.

Ilya estaba de pie frente a él, a menos de un metro. No había ido a buscar el puck. No estaba retrocediendo para cubrir su zona ni preparándose para el contraataque de Montreal. Solo lo miraba.

Debajo de la visera tintada, los ojos de Rozanov estaban completamente abiertos. Demasiado abiertos. Los párpados permanecían inmóviles, fijos en una rigidez que desafiaba el aire seco y gélido del estadio. Pero lo verdaderamente obsceno era la boca. Ilya no sonreía con su clásica arrogancia de colmillos afilados, esa mueca ladeada que volvía locos a los árbitros y enfurecía a los defensas. La comisura izquierda de sus labios estaba estirada hacia arriba en un ángulo excesivo, tirante, tensando la piel de la mejilla hasta volverla blanquecina, casi traslúcida, como el cuero húmedo cuando se fuerza sobre un molde demasiado grande.

—Muévete, carajo —masculló Shane entre dientes, empujándose hacia arriba con el filo del patín, buscando con la mirada al árbitro para señalar la falta tardía.

Ilya no parpadeó. No emitió un solo resoplido de vapor caliente por la boca. Su pecho no subía ni bajaba al ritmo frenético de un tercer periodo. Simplemente dio media vuelta sobre sus cuchillas con un chasquido seco —un sonido hueco, semejante a una rama verde partiéndose bajo una bota pesada— y patinó de regreso al centro.

El olor a humedad y a alfombra vieja del hotel siempre le revolvía el estómago, pero esa noche el aire dentro de la habitación 412 parecía rancio, cargado con el hedor acre del sudor seco y una frialdad que la calefacción central no lograba disipar.

Shane abrió la puerta con la tarjeta magnética, asegurándose de que el pasillo estuviera desierto antes de deslizarse al interior y poner el pestillo doble.

—Rozanov —llamó en un susurro áspero.

Ilya estaba sentado en el borde de la cama matrimonial, de espaldas a la puerta. No se había quitado la camiseta térmica de manga larga ni los pantalones de compresión. Tenía la cabeza gacha, los codos apoyados sobre los muslos y las manos entrelazadas entre las rodillas.

—Ese golpe fue una mierda —dijo Shane, dejando caer su bolso deportivo en una esquina mientras se quitaba la gorra y se pasaba una mano temblorosa por el cabello húmedo—. Casi me dislocas la clavícula, Ilya. Si la liga revisa el video de ese tercer periodo, te van a suspender tres partidos como mínimo. ¿En qué estabas pensando?

Ilya no contestó de inmediato. El silencio en la habitación era tan espeso que Shane podía escuchar el zumbido eléctrico de la pequeña lámpara de noche sobre la mesa de madera barata.

—No lo sé —dijo finalmente Ilya.

Su voz no sonaba a él. Carecía de la cadencia burlona habitual, del rastro áspero de su acento ruso cuando estaba cansado. Sonaba plana, rasposa, como si no hubiera usado las cuerdas vocales en días.

Shane frunció el ceño y dio tres pasos hacia la cama. La luz tenue reveló la piel de la nuca de Ilya: estaba salpicada de pequeñas manchas violáceas, no como chupones o raspones del equipo, sino como livideces cadavéricas, hematomas profundos que parecían asentarse debajo del músculo.

—¿Tienes una conmoción? —Shane se inclinó, extendiendo una mano para tocar el hombro de Ilya—. Háblame. Desde el segundo tiempo estabas jugando como un desquiciado. Te saltaste tres cambios de línea. Montgomery casi te revienta la cabeza a gritos en la banca y ni siquiera lo miraste.

En cuanto los dedos de Shane hicieron contacto con la tela de la camiseta térmica, un escalofrío brutal le recorrió la espina dorsal.

Ilya estaba helado. No con la frialdad de quien acaba de salir del hielo y no ha terminado de calentarse, sino con la temperatura de un pedazo de carne cruda abandonado en el fondo de un congelador industrial. El tejido debajo de la tela no se sentía flexible; estaba duro, apelmazado, como si los músculos estuvieran trabados en un espasmo perpetuo.

Ilya levantó lentamente el rostro. Las ojeras le enmarcaban los ojos como dos moretones negros, pero sus pupilas eran apenas dos puntos diminutos, dos alfileres perdidos en un mar de esclerótica inyectada en sangre.

—No me acuerdo, Shane —susurró, y por primera vez el temblor en su voz fue humano, aterrado, infantil—. Me puse los patines para el calentamiento... até el nudo del pie derecho. Y luego todo se apagó. Desperté aquí, sentado en este colchón, con la boca sabiendo a hierro y los huesos doliéndome como si me hubieran atropellado.

Shane retrocedió medio paso, con el pulso martillándole en los oídos.

—Jugaste veinte minutos de hielo, Ilya. Marcaste un gol.

Ilya levantó sus manos temblorosas y las puso frente a la luz de la lámpara. Las yemas de sus dedos estaban teñidas de un azul grisáceo y, bajo la piel del dorso de la mano derecha, algo parecido a un tendón grueso se retorció solo, contrayéndose con un crujido sordo antes de volver a la inmovilidad.



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En el texto hay: shanehollander, shanexilaya, heated rivalry

Editado: 27.10.2026

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