Práctica Nocturna

Camiones

El cielo no era negro, sino de un verde turbio y fosforescente, como el fondo de una piscina abandonada iluminada desde abajo.

La cola del cometa Rhea-M llevaba tres días barriendo la atmósfera superior de la Tierra. Los expertos de los noticieros matutinos habían insistido hasta el cansancio en que el fenómeno duraría exactamente ocho días, prometiendo un espectáculo astronómico inofensivo, atribuible a una nube inusualmente densa de gases ionizados y polvo estelar. Pero a nivel del suelo, el cometa no traía belleza, solo jaquecas punzantes, estática agresiva que reventaba los altavoces de los teléfonos y un zumbido eléctrico en el aire que ponía los pelos de punta.

Dentro del autobús de los Centauros de Ottawa, el ambiente era una mezcla densa de fatiga pospartido y el humor rancio de un viaje por carretera de ocho horas. El olor a linimento, café frío de termo y pizza grasienta impregnaba la tapicería.

Shane Hollander tenía la cabeza apoyada contra la ventanilla fría, observando los postes de luz pasar como espectros bajo el resplandor verdoso. Le dolía la rodilla izquierda tras un bloqueo duro contra los tableros en el último periodo, pero lo que realmente le quemaba era la nuca. La mirada clavada allí desde el otro lado del pasillo.

Ilya Rozanov estaba desparramado en su asiento, con las piernas largas invadiendo descaradamente la mitad del espacio de Shane. Llevaba la sudadera gris del equipo con la capucha a medio poner, mascando chicle con una lentitud calculada para irritar.

—Si sigues mirando esa ventana, Hollander, se va a romper solo para que dejes de aburrirla —dijo Ilya en un susurro áspero, arrastrando las erres con esa cadencia rusa densa que usaba exclusivamente para desquiciar a Shane cuando estaban a solas o cuando el resto del equipo no prestaba atención.

Shane ni siquiera giró la cabeza del todo, solo desvió los ojos hacia él, la mandíbula apretada.

—Algunos estamos repasando los errores del segundo tiempo, Rozanov. Te vendría bien hacer lo mismo en vez de perder el tiempo.

—Marcamos tres goles, capitán —Ilya sonrió de lado, mostrando la comisura de los dientes en ese gesto arrogante que volvía locos a los periodistas y que a Shane le provocaba un cortocircuito en el estómago—. Ganamos. Deja de ser tan amargado. Te van a salir arrugas antes de los treinta.

—Fallaste dos coberturas defensivas en la zona neutral —replicó Shane, bajando aún más la voz, inclinándose ligeramente hacia el pasillo—. Te salvaste porque el portero de ellos tuvo una noche desastrosa.

Ilya no retrocedió. Al contrario, estiró el pie bajo el asiento, rozando con deliberada firmeza la bota de Shane contra la suya. La presión fue constante, pesada, una provocación que nada tenía que ver con el hockey y todo que ver con la tensión clandestina que llevaban meses acumulando entre puertas cerradas y hoteles de concentración.

—Si quieres darme lecciones privadas, ya sabes dónde está mi habitación cuando lleguemos a Ottawa —murmuró Ilya, la voz bajando una octava, fija en los labios de Shane antes de volver a sus ojos.

Shane sintió el calor subirle por el cuello. Estaba a punto de soltar una respuesta mordaz cuando el autobús redujo la marcha bruscamente, balanceándolos hacia adelante con un quejido agudo de los frenos neumáticos.

Al frente, los chicos comenzaron a levantarse ruidosamente. Miller y Hayes ya estaban empujándose en el pasillo, riéndose mientras buscaban sus chaquetas. Jerry, el veterano conductor del equipo, abrió la puerta delantera con un siseo de aire comprimido.

—Veinte minutos, muchachos —anunció Jerry por el micrófono, su voz raspada y cansada—. Estiramiento, baño y café. El tanque está en las últimas y esta gasolinera es la única abierta antes de empalmar con la autopista principal.

Shane miró por el parabrisas delantero. El cartel parpadeante de neón rojo y blanco rezaba Dixie-Star: Combustible & Comedor 24 Horas. La estación de servicio era una reliquia de carretera secundaria en medio de la nada: cuatro bombas de diésel bajo un techo oxidado, un taller mecánico cerrado a oscuras en la parte trasera y un parador de formica y cristal flanqueado por varios camiones de carga pesada que descansaban en el playón de estacionamiento.

Todo el equipo bajó en tropel, hablando a gritos sobre cigarrillos, hamburguesas congeladas y bebidas energéticas, desapareciendo hacia el costado exterior del edificio para tomar aire fresco bajo el cielo verde.

Shane se puso de pie, ajustándose la chaqueta del equipo para disimular la rigidez en su cuerpo.

—Voy por un café. Y espero que no me sigas.

Ilya soltó una risa baja y seca mientras se ponía de pie detrás de él, demasiado cerca, su pecho rozando la espalda de Shane mientras bajaban las escaleras del autobús.

—Hollander, el café de este agujero sabe a fango de río. Si te dejo ir solo, seguro te intoxicas y mañana no podré ganarte en los sprints.

Entraron a la tienda con el tintineo mecánico de una campanilla sobre la puerta. Detrás de ellos, Jerry pasó arrastrando los pies hacia el pasillo de los baños del fondo, dejándolos solos frente al mostrador.

Afuera, en el playón desierto, los faros del autobús de los Centauros parpadearon una vez en la oscuridad.

El interior de la Dixie-Star olía a grasa rancia, limpiador industrial de pino barato y café quemado sobre una placa térmica encendida desde hacía horas. La iluminación era de tubos fluorescentes largos que zumbaban con un tono agudo y molesto, parpadeando con una frecuencia irregular que Shane atribuía a la dichosa interferencia del cometa.

Detrás del mostrador de formica desgastada, un chico joven con una gorra de béisbol grasienta y un piercing en la ceja apenas levantó la vista de una revista de mecánica. A unos metros, en una de las cabinas de vinilo rojo descolorido, una camarera de mediana edad con el uniforme manchado de salsa rellenaba saleros con un gesto mecánico y ausente.



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En el texto hay: shanehollander, shanexilaya, heated rivalry

Editado: 27.10.2026

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