Práctica Nocturna

A veces vuelven

El invierno de 1999 en los suburbios industriales al este de Moscú no conocía la piedad. Era una estación que no solo congelaba el agua en las cañerías viejas de los bloques de apartamentos soviéticos, sino que parecía devorar cualquier rastro de calor humano. El aire apestaba a carbón quemado procedente de las calderas de las fábricas textiles, a metal oxidado y a una helada tan cortante que respirar hondo se sentía como tragar fragmentos de vidrio roto.

Ilya tenía apenas doce años. A esa edad todavía era un niño menudo, de hombros huesudos y pocas palabras, pero en el hielo poseía algo que no se podía entrenar: un equilibrio sobrenatural, una visión periférica que anticipaba el juego un segundo antes que el resto y unas manos tan rápidas que los entrenadores más viejos ya cuchicheaban sobre su futuro en la Superliga.

Ese talento innato era un orgullo, pero en las ligas menores de aquel Moscú en ruinas también era una condena.

Su hermano mayor, Alexei, de catorce años, lo sabía mejor que nadie. Alexei no tenía la magia de Ilya sobre los patines; era un muchacho tosco, de espaldas firmes y patinaje pesado, pero suplía la falta de brillo con una determinación inquebrantable y una devoción protectora hacia su hermano menor. Siempre era el primero en atar los cordones de los desgastados patines de Ilya, el primero en compartir la mitad de su ración de pan negro tras las prácticas y el muro que se interponía cada vez que los chicos mayores intentaban intimidar al prodigio en los vestuarios.

Aquella tarde de finales de noviembre, la sesión en la pista municipal Sokolniki había concluido tarde. Las bombillas de tungsteno del techo parpadeaban con un zumbido agónico antes de apagarse, dejando a los dos hermanos cambiándose a toda prisa en un vestuario con suelo de cemento húmedo y taquillas despellejadas. El vapor salía de sus bocas con cada respiración dentro del recinto.

—Date prisa, Ilyusha —le dijo Alexei con una media sonrisa, ajustándole la bufanda raída alrededor del cuello con un tirón cariñoso—. Si no llegamos antes de las ocho, la sopa estará fría y mamá empezará a inventar tragedias.

—Mis dedos están como piedras, Lyosha —respondió Ilya en un murmullo infantil, frotándose las manos enguantadas antes de colgarse su pesada bolsa de lona al hombro.

—Pues corre más rápido en el camino y entrarás en calor.

Salieron por la pesada puerta metálica trasera hacia la noche cerrada. Afuera, la ventisca arreciaba, cubriendo las farolas de una pátina de escarcha que proyectaba círculos de luz amarillenta y mortecina sobre el asfalto congelado. El atajo hacia su bloque residencial cortaba por un callejón largo y angosto: a la izquierda, los muros ciegos de ladrillo rojo de una fábrica de calderas abandonada; a la derecha, una hilera de abedules esqueléticos que crujían bajo el peso de la nieve.

Llevaban apenas cincuenta metros recorridos cuando el sonido detrás de ellos les heló la sangre: el crujido rítmico y deliberado de botas militares aplastando la nieve compacta.

Alexei redujo el paso de inmediato, sujetando a Ilya por el codo. Al final del callejón, saliendo de la sombra de un contenedor de basura metálico, aparecieron tres figuras bloqueando el único paso hacia la avenida principal.

Eran tres muchachos de dieciséis y diecisiete años, jugadores del equipo juvenil del Dinamo Moscú, conocidos en toda la división no por sus goles, sino por su brutalidad sin sancionar dentro y fuera de la pista. Vestían chaquetas de cuero raídas sobre sus sudaderas de entrenamiento y desprendían un vaho espeso cargado de olor a tabaco barato y alcohol de baja calidad.

Al frente estaba Maksim Vaneček. Tenía una complexión atlética y alargada, el pelo rapado a los lados y una sonrisa torcida que no alcanzaba sus ojos grises y pálidos, fríos como agua estancada bajo el hielo. Detrás de él, como una torre de demolición, se plantaba Kirill Bogdanov, un defensor corpulento de cuello grueso y mandíbula prominente, cuya reputación en la liga consistía en enviar oponentes al hospital con cargas a destiempo. Flanqueándolos estaba Dmitri Ozolin, el delantero de labios finos, mirada esquiva y dientes amarillos, que siempre se movía con un nerviosismo venenoso, disfrutando del dolor ajeno desde la segunda fila.

—Miren lo que tenemos aquí —dijo Vaneček en un ruso arrastrado y burlón, cruzándose de brazos mientras obstruía el paso—. El niño de oro y su perro guardián.

Alexei reaccionó al instante. Dio dos zancadas hacia el frente, interponiendo su cuerpo entero entre la pandilla e Ilya, empujando con disimulo al menor detrás de su espalda hasta que la espalda de Ilya rozó la pared de ladrillo.

—Déjanos pasar, Vaneček —dijo Alexei. Su voz de catorce años intentaba sonar firme, pero un temblor imperceptible delataba la tensión en su garganta—. No queremos problemas. Solo vamos a casa.

—Los problemas empezaron cuando tu hermanito creyó que podía hacernos quedar como idiotas en la pista el sábado pasado —soltó Ozolin, escupiendo una flema oscura sobre la nieve—. Ese enano necesita que le enseñen respeto. O tal vez que le rompan un par de dedos para que aprenda a no presumir tanto con el palo.

—No se acerquen a él —advirtió Alexei, tensando los hombros.

—¿O qué, Alexei? —se mofó Bogdanov, dando un paso pesado que hizo crujir el hielo bajo sus botas—. ¿Vas a llorar?

La violencia no tardó en estallar; no hubo advertencias formales, solo la ferocidad cruda de la calle. Ozolin se abalanzó primero, estirando los brazos para empujar a Alexei y alcanzar a Ilya, pero Alexei no retrocedió. Con el instinto ciego y desesperado de proteger a su hermano menor a cualquier costo, levantó su palo de madera de hockey y lo descargó con fuerza contra el hombro de Ozolin, haciéndolo retroceder con una maldición.

El golpe selló su destino.

Bogdanov emitió un gruñido gutural. La mole de diecisiete años se lanzó hacia adelante con una furia desmedida; atrapó el palo de Alexei en el aire con una mano enguantada y, con una fuerza salvaje, se lo arrancó de cuajo. Antes de que Alexei pudiera recuperar el equilibrio, Bogdanov lo sujetó con ambas manos de la pechera de su abrigo, lo levantó en vilo y lo estrelló con un impacto seco, brutal y demoledor contra el muro de ladrillos congelados.



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En el texto hay: shanehollander, shanexilaya, heated rivalry

Editado: 27.10.2026

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