Los días de descanso en Ottawa siempre tenían una rutina fija cuando mi calendario con Nueva York me lo permitía. Terminaba mi serie contra los Centaurs en el Canadian Tire Centre, empacaba con calma y en lugar de encerrarme en el hotel con el resto de los Admirals, me iba directo al centro, al local de Kip. Straw + Berry era mi terreno seguro; el único sitio donde no tenía que ser el capitán intachable que la prensa de Manhattan desmenuzaba en cada conferencia.
Esa tarde el local estaba cerrado al público general, pero la luz cálida del interior seguía encendida para nosotros.
Troy estaba sentado en una de las mesas bajas, con la espalda apoyada contra la pared de ladrillo y el brazo descansando con naturalidad sobre el respaldo de la silla de Harris. Harris, con su impecable iPad de trabajo sobre la mesa y ese porte pulido de quien maneja la imagen pública de media franquicia de la NHL, le murmuraba algo al oído que hizo sonreír a Troy antes de que la campanilla de la entrada sonara con la llegada de los otros dos.
Shane e Ilya entraron juntos. Shane traía el abrigo abotonado hasta el cuello, con esa postura correcta y contenida de capitán que solo se relajaba cuando estábamos puertas adentro. Ilya venía un paso detrás, despeinado, masticando chicle y con las manos metidas en los bolsillos de los pants de entrenamiento del equipo. Apenas vio a Troy y a Harris, soltó una carcajada seca.
—Míralos, qué domésticos —dijo Ilya, arrastrando las palabras con su marcado acento antes de dejarse caer en un taburete frente a la barra—. Espero que tengan comida real y no solo pasto licuado. Me muero de hambre.
—Si no te gusta el menú, la puerta está detrás de ti, Rozanov —le respondió Kip desde el otro lado del mostrador, aunque con una sonrisa tranquila.
Kip llevaba su delantal oscuro de siempre, con las mangas de la camiseta remangadas hasta los codos. Cuando me acerqué, apoyó una mano en mi cadera en un gesto breve y familiar, dejando un beso rápido en mi mejilla antes de volver a acomodar los vasos sobre la repisa. Su tacto me bajó de golpe la tensión acumulada en los hombros.
—Ignóralo, Kip. Ilya solo está insoportable porque el cuerpo técnico le recortó los minutos de hielo en el último periodo —comentó Shane, sentándose al lado del ruso y quitándose los guantes de lana con calma.
—Fue una rotación táctica, Hollander, no me recortaron nada —bufó Ilya, girándose hacia Kip—. Dame algo dulce. Lo que sea.
Kip se secó las manos con un paño limpio y miró hacia una pequeña pizarra negra colocada en la esquina del mostrador. Tenía una sola línea escrita con tiza roja: Strawberry Spring.
—Tengo un lote de prueba que me llegó ayer de la distribuidora central —dijo Kip, apoyando los codos en la madera pulida—. Estaba a punto de desecharlo.
—¿Por qué? —preguntó Harris, levantando la vista de su pantalla por primera vez—. Si es de la nueva línea de franquicia, se supone que no debían distribuirlo hasta verificar las pruebas de mercado.
—Precisamente por eso —explicó Kip, encogiéndose de hombros—. Ya hicieron las pruebas piloto en varias ciudades de Estados Unidos el mes pasado. Fracasó por completo en todas las plazas. Me llegó el reporte de que la producción se canceló de emergencia porque el sabor era agresivo, demasiado intrusivo. A nadie le gustó. Quizás por eso no triunfó en ningún lado. Pero antes de tirar la base al drenaje, quise guardarla por si alguien tenía curiosidad.
—Un producto que fracasó en todos lados suena exactamente a lo que yo tomaría —soltó Ilya con una sonrisa arrogante, golpeando la barra con los nudillos—. Prepáralo, Grady. Si los gringos tienen el estómago débil, no es mi problema.
—Ilya, si sabe mal, no te lo tomes solo por terco —le advirtió Shane, mirándolo de reojo con el ceño fruncido.
—Déjalo, Shane. Si quiere intoxicarse, que firme una responsiva antes —bromeó Troy desde la mesa, mientras Harris negaba con la cabeza divertido.
Kip suspiró, divertido, y se agachó para sacar un frasco de vidrio espeso del refrigerador inferior.
Cuando lo puso sobre el mostrador, noté algo extraño. La pulpa no tenía el tono rojo brillante de las fresas frescas que Kip solía triturar a diario. Era de un granate oscuro, casi parduzco, denso como un jarabe espeso y viejo. Al destapar el frasco, un aroma pesado y penetrante invadió el aire del local; era dulce, sí, pero con un fondo acre, químico y oxidado que me provocó un cosquilleo incómodo en la nariz.
Kip vertió una porción en la licuadora industrial y encendió el motor. El sonido que hizo la máquina fue espantoso: un quejido áspero, metálico, un chirrido que sonó casi como cuchillas raspando una superficie seca en lugar de triturar fruta blanda.
Kip sirvió la mezcla en un vaso bajo de vidrio. El líquido caía pesado, formando una espuma opaca en la superficie. Se lo deslizó a Ilya.
Ilya no lo pensó. Lo agarró con su mano grande y tomó un trago largo, decidido, tragándose una buena porción de golpe.
Su expresión cambió al instante.
Se congeló con el vaso a medio camino del pecho. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, la nuez de su garganta subió con un esfuerzo violento y de repente dejó caer el vaso sobre la barra con un estrépito sordo. Ilya dobló la espalda hacia adelante, tosiendo con fuerza y pasándose la manga de la sudadera por la boca en un intento desesperado por limpiarse la lengua.
—Bozhe moy... —soltó con la voz rasposa, la cara desfigurada por una mueca de asco puro—. Es asqueroso. Sabe a tierra podrida y a monedas oxidadas. Como si hubieran exprimido un trapo sucio del vestidor.
Kip soltó una risa baja mientras recogía el vaso.
—Te lo advertí. La franquicia no retira productos a menos que la gente los escupa.
—Shane, pruébalo —insistió Ilya de inmediato, tosiendo todavía pero empujando el vaso hacia su novio con esa malicia infantil de siempre—. Tienes que probarlo. Te juro que es la peor mierda que ha entrado a mi boca.