Práctica Nocturna

El hombre con el palo de hockey

El silencio en la nueva casa de Troy Barrett no era el tipo de silencio que traía paz; era una masa densa, calcárea, que se le acumulaba detrás de las sienes.

Llevaba tres semanas viviendo en los suburbios de Ottawa, en una propiedad que todavía olía a pintura barata, yeso fresco y la desolación estéril de alguien que solo sabe desempacar lo estrictamente necesario: ropa deportiva, cubiertos de metal, una cafetera de goteo y la bolsa de lona del equipo. El resto de su vida seguía sellado en cajas de cartón apiladas en las esquinas, como pequeños monumentos a un traspaso que aún se sentía como un golpe seco contra los tableros.

Eran las siete de la mañana de un domingo sin sol. Afuera, el termómetro marcaba dieciséis grados bajo cero, pero el viento añadía un filo cortante que hacía crujir los marcos de las ventanas.

Troy sostenía una taza de café negro entre ambas manos, no tanto por el sabor —que era amargo y quemado— sino por la necesidad casi infantil de arrancarle calor a la cerámica. Tenía el hombro izquierdo rígido, un recordatorio sordo y punzante de la cirugía y de las temporadas acumuladas en la liga. Cada cambio brusco de presión barométrica convertía esa articulación en una brújula de dolor, y esa mañana el dolor estaba gritando.

Frente a él, a través de la enorme puerta corrediza de cristal que daba al patio trasero, se extendía el problema.

No era simplemente nieve. La tormenta del viernes por la noche había dejado una capa blanda de quince centímetros, pero la llovizna helada de la madrugada del sábado la había sepultado bajo una costra gruesa y vítrea. Luego, la temperatura se había desplomado en picada. El resultado no era una estampa invernal acogedora de postal canadiense; era una masa tumoral de hielo sucio, crestas filosas como dientes de sierra y montículos amorfos que habían engullido el sendero hacia el cobertizo y bloqueado la salida de servicio hacia la entrada de autos. Varias ramas de abedul, pesadas y quebradizas, yacían incrustadas en esa superficie como huesos atrapados en ámbar grisáceo.

El patio parecía muerto, hostil y extrañamente amenazante. Había algo casi claustrofóbico en la forma en que el hielo se adhería a los cimientos de la casa, trepando un par de pulgadas por el ladrillo expuesto, como si intentara asfixiar la estructura desde afuera.

Troy dio un sorbo al café y apretó la mandíbula. Salir ahí con una pala de plástico era un chiste; se rompería en el primer impacto. Una pala de metal le destrozaría el hombro en menos de diez minutos. Y no tenía sal de deshielo, ni arena, ni la menor paciencia para lidiar con el abandono doméstico que él mismo se permitía cuando caía en sus pozos de apatía.

El teléfono sobre la encimera vibró contra el granito con un zumbido seco que lo hizo tensarse.

Parpadeó, bajó la taza y miró la pantalla.

Harris: ¿Despierto? Dime que sí. Traigo pan de plátano que mi hermana mandó y es ilegalmente bueno.

Troy tardó un momento en responder. Sus pulgares se movían con lentitud sobre el teclado, calculando cada palabra para no sonar tan exhausto como realmente estaba. Harris Drover tenía una habilidad casi sobrenatural para detectar las grietas en el blindaje de Troy, y una vez que encontraba una, se metía por ella con una insistencia luminosa que a veces asustaba a Troy más que cualquier defensa de cien kilos patinando hacia él con ganas de arrancarle la cabeza.

Troy: Despierto. No vengas. El patio de atrás y la entrada lateral están sepultados en hielo. Ni siquiera puedo abrir la reja para sacar la basura.

La respuesta tardó apenas diez segundos.

Harris: ¿Hielo? ¿Dijiste hielo? No te muevas. Llego en veinte minutos.

Troy: Harris, hablo en serio. No es transitable. No tengo herramientas aquí todavía.

No hubo más mensajes. Solo los tres puntos suspensivos que aparecieron un segundo en la pantalla antes de desaparecer, dejando a Troy con la molesta e inevitable certeza de que Harris ya estaba poniéndose las botas.

Troy soltó un suspiro áspero que empañó el cristal frente a él. Durante los siguientes veinte minutos no hizo nada. Se quedó allí parado, observando la textura opaca del patio. A medida que la luz cenicienta del amanecer se filtraba entre las nubes, las sombras sobre el hielo adquirían matices azulados, casi lívidos. Había una quietud antinatural en ese espacio cuadrangular cerrado por la cerca de madera descolorida. Ni un pájaro, ni una ardilla. Solo el viento silbando con una nota aguda y constante entre las grietas del tejado.

El timbre no sonó; Harris utilizó el código de la cerradura digital que Troy le había dado a regañadientes la semana anterior para emergencias. El sonido de los tres pitidos electrónicos y el pestillo retirándose fue seguido por el golpe amortiguado de una puerta cerrándose contra el viento y un murmullo animado.

—¡Santa madre del invierno, Barrett! —la voz de Harris precedió a su figura mientras avanzaba por el pasillo hacia la cocina—. Afuera se siente como si el aire quisiera arrancarte las pestañas.

Harris dobló la esquina desprendiendo una ráfaga de frío que olía a lana húmeda, colonia fresca y al vapor tibio de una bolsa de papel que traía en la mano izquierda. Llevaba un gorro de punto color mostaza que contrastaba brutalmente con sus rizos oscuros y su piel sonrojada por la intemperie, una sudadera de los Ottawa Centaurs debajo de una parka abierta y unos pantalones térmicos grises metidos dentro de unas botas de montaña gastadas.

Pero no fue el pan de plátano ni la sonrisa radiante lo que capturó la atención de Troy.

En la mano derecha, Harris sostenía un objeto que parecía completamente fuera de lugar en cualquier contexto racional de mantenimiento del hogar.

Era un palo de hockey.

No un palo de fibra de carbono moderno, ultraligero y brillante como los que usaban en el hielo del Canadian Tire Centre. Era un viejo palo de madera, macizo, pesado, de un tono parduzco oscurecido por la humedad y la edad. La madera del mango tenía hendiduras profundas, casi como marcas de garras, y la pala estaba completamente desnuda: nada de cinta protectora blanca o negra, nada de cera. La madera curvada en el extremo estaba astillada en los bordes, afilada por el desgaste hasta parecer una cuña o una guadaña roma. Había manchas oscuras cerca del talón que podían ser savia seca, aceite de linaza viejo o algo más antiguo y desagradable.



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En el texto hay: shanehollander, shanexilaya, heated rivalry

Editado: 27.10.2026

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