Práctica Nocturna

BASTA S.A

Rozanov esperaba a alguien que había quedado retrasado por el atascamiento del tráfico aéreo sobre el aeropuerto de Ottawa, cuando vio una cara conocida en el extremo de la barra y se encaminó a su encuentro.

—¿Troy? ¿Troy Barrett?

Era él. Estaba un poco más gordo que cuando Rozanov lo había visto el año anterior en la Exposición de Montreal, pero por lo demás tenía muy buen aspecto. En la Universidad había sido un fumador empedernido, flaco y pálido, oculto detrás de unas gafas con armazón de carey. Aparentemente las había trocado por lentes de contacto.

—¿Ilya Rozanov?

—Sí. Tienes un aspecto estupendo. —Le tendió la mano e intercambiaron un apretón.

—Tú también —respondió Barrett, pero Rozanov sabía que era mentira. Últimamente trabajaba demasiado, comía demasiado y fumaba demasiado—. ¿Qué vas a beber?

—Whisky y bitter —dijo Rozanov. Se sentó sobre un taburete, rodeándolo con las piernas, y encendió un cigarrillo—. ¿Esperas a alguien, Troy?

—No, voy a una conferencia en Miami. Una charla importante. Nos compra seis millones. Se supone que debo tratarlo con cuidado porque perdimos una cuenta importante para la próxima primavera.

—¿Sigues con los Toronto?

—Ahora soy el capitán.

—¡Fantástico! ¡Te felicito! ¿Cuándo sucedió todo esto? —Intentó convencerse de que el gusanillo de la envidia que le carcomía el estómago no era más que un problema de acidez. Sacó un tubo de píldoras antiácidas y trituró una entre los dientes.

—En agosto pasado. Sucedió algo que transformó mi vida. —Miró a Rozanov en forma inquisitiva y sorbió el contenido de su vaso—. Tal vez te interesará.

«Dios mío —pensó Rozanov con un respingo interior—. Troy Barrett se ha hecho religioso.»

—Claro que sí —asintió, y vació su vaso de un trago cuando se lo sirvieron.

—No me encontraba muy bien —explicó Barrett—. Problemas personales con Harris, mi padre murió de un infarto, y yo empecé a tener unos accesos de tos espasmódica. Un día Ryan Price pasó por mi oficina y me endilgó un sermón paternal. ¿Recuerdas cómo son?

—Sí. —Rozanov había jugado dieciocho meses en Toronto antes de pasar a Ottawa—. O entras en razón o te ponen de patitas en la calle.

Barrett se rió.

—Eso es. Bien, para rematarlo, el médico me dijo que tenía un principio de úlcera. Me ordenó que dejara de fumar. —Barrett hizo una mueca—. Me habría resultado más fácil dejar de respirar.

Rozanov hizo un ademán de neto asentimiento. Los no fumadores podían permitirse el lujo de ser petulantes. Miró con disgusto su propio cigarrillo y lo aplastó, seguro de que encendería otro al cabo de cinco minutos.

—¿Lo dejaste? —preguntó.

—Sí, lo dejé. Al principio pensé que no podría... Hacía trampas como un loco. Hasta que conocí a un tipo que me aconsejó visitar un instituto de Forty-sixth Street. Especialistas. Me dijo que no tenía nada que perder y fui. Desde entonces no he vuelto a fumar.

A Rozanov se le desencajaron los ojos.

—¿Qué hicieron? ¿Te inyectaron una droga?

—No. —Había sacado la billetera y hurgaba en su interior—. Aquí está. Sabía que tenía una conmigo. —Depositó sobre la barra, entre ellos, una tarjeta comercial.

BASTA, S. A.

¡No se haga humo!

237 East 46th Street

Pida hora para su tratamiento

—Quédatela, si quieres —dijo Barrett—. Te curarán. Te lo garantizo.

—¿Cómo?

—No puedo contártelo.

—¿Eh? ¿Por qué no?

—Eso forma parte del contrato que te hacen firmar. De todos modos, durante la entrevista te explican cómo es el sistema.

—¿Firmaste un contrato?

Barrett hizo un ademán de asentimiento...

—Y sobre esa base...

—Sí. —Le sonrió a Rozanov, que pensó: «Bien, ha sucedido. Troy Barrett se ha sumado a las filas de los estúpidos petulantes.»

—¿Por qué el secreto, si el instituto es tan fantástico? ¿Por qué nunca he visto publicidad en la TV, ni carteles, ni anuncios en las revistas... ?

—Consiguen todos los clientes que necesitan por las referencias que se transmiten de forma personal.

—Harris trabaja en publicidad, Troy. No puedes creer eso.

—Lo creo —insistió Barrett—. Tienen un promedio de curación del noventa y ocho por ciento.

—Espera un momento —exclamó Rozanov. Pidió otra copa y encendió un cigarrillo—. ¿Estos individuos te atan y te obligan a fumar hasta que vomitas?

—No.

—¿Te hacen ingerir algo para que te descompongas cada vez que enciendes...?

—No, no se trata de nada de eso. Compruébalo por ti mismo. —Señaló el cigarrillo de Rozanov—. No te gusta realmente, ¿verdad?

—Nooo, pero...

—Cuando dejé de fumar mi vida cambió radicalmente —prosiguió Barrett—. Supongo que no les sucederá lo mismo a todos, pero en mi caso fue una reacción en cadena. Me sentí mejor y mi relación con Harris se enmendó por completo. Tenía más energías y rendía más en el juego.

—Escucha, has despertado mi curiosidad. ¿No podrías... ?

—Lo siento, Ilya. Realmente no puedo hablar de eso. —Se mostró categórico.

—¿Aumentaste de peso?

Por un momento le pareció que Troy Barrett tenía un talante casi lúgubre.

—Sí. En verdad me excedí. Pero volví a adelgazar. Ahora tengo el peso casi justo. Antes era enclenque.

«Los pasajeros del vuelo 206 deben embarcar por la Puerta 9», anunció el altavoz.

—Ése es mi avión —exclamó Barrett, mientras se levantaba. Dejó caer un billete de cinco dólares sobre la barra—. Tómate otra copa, si quieres. Y piensa en lo que te he dicho. En serio.

Entonces desapareció, abriéndose paso entre la multitud hacia la escalera mecánica. Rozanov cogió la tarjeta, la miró con expresión cavilosa, la guardó en su billetera y la olvidó.

Un mes más tarde la tarjeta cayó de su billetera sobre otra barra. Había salido temprano de la oficina y había entrado allí para pasar la tarde bebiendo. Las cosas no marchaban bien en Ottawa. En realidad, marchaban terriblemente mal.



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En el texto hay: shanehollander, shanexilaya, heated rivalry

Editado: 27.10.2026

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