—Sé lo que necesitas.
Shane levantó la mirada de su texto de sociología, sobresaltado, y vio a un joven de aspecto vulgar, vestido con una guerrera verde de campaña. Al principio le pareció vagamente familiar, como si lo hubiera visto antes. La sensación fue análoga a la del deja vu. Después se extinguió. Era aproximadamente de su misma estatura, flaco y... convulsivo. Ésa era la palabra. No se movía, pero parecía estar convulsionado debajo de la piel, justo donde Shane no lo veía. Su cabello era oscuro y desaliñado. Usaba unas gruesas gafas con armazón de hueso que le agrandaban los ojos marrones oscuros, y los cristales parecían sucios. No, estaba muy seguro de no haberlo visto antes.
—Dudo que lo sepas —respondió Shane.
—Necesitas un cucurucho doble de helado de fresa, ¿no es cierto?
Lo miró parpadeando, sinceramente azorado. En el fondo de su inconsciente había estado pensando en la posibilidad de descansar un rato para tomar un helado. Estudiaba para los exámenes finales en uno de los salones del tercer piso de la residencia de estudiantes, y todavía estaba muy retrasado.
—¿No es cierto? —repitió él, y sonrió. La sonrisa transformó su rostro de algo paroxístico y casi feo en algo distinto, curiosamente atractivo. Se le ocurrió la palabra «lindo», y no le pareció la más adecuada para definir a un muchacho, pero eso era cuando sonreía. Le devolvió la sonrisa antes de poder evitarla. Era el momento menos oportuno para lidiar con un chalado que pretendía impresionarlo. Aún tenía que abrirse paso a lo largo de dieciséis capítulos de introducción a la sociología.
—No, gracias —dijo Shane.
—Vamos, si continúas a este ritmo lo único que conseguirás será una jaqueca. Hace dos horas que estudias sin interrupción.
—¿Cómo lo sabes?
—Te he estado observando —se apresuró a contestar, pero esta vez su sonrisa ingenua ya no lo impresionó. Efectivamente, tenía jaqueca.
—Pues puedes dejar de hacerlo —exclamó Shane, con más vehemencia de la deseada—. No me gusta que la gente me mire.
—Lo siento.
Se apiadó un poco de él, como a veces se apiadaba de los perros vagabundos. Parecía flotar en su guerrera verde de campaña y... sí, sus calcetines eran de distintos colores. Uno negro, otro marrón. Estuvo a punto de sonreír otra vez, pero se contuvo.
—Se acercan los exámenes finales —dijo Shane con tono afable.
—Sí —asintió él—. De acuerdo.
Lo siguió un momento con la mirada, pensativamente. Después bajó la vista hacia el libro, pero perduró la imagen del encuentro: un cucurucho doble de fresa.
Cuando volvió a la residencia eran las 11.15 de la noche y Hayden estaba estirado sobre la cama, escuchando a Neil Diamond y leyendo Historia de O.
—No sabía que esta era una de las lecturas del curso —comentó Shane. Hayden se incorporó.
—Estoy ensanchando mis horizontes, cariño. Desplegando mis alas intelectuales. Elevando mi... ¿Shane?
—¿Humm?
—¿Me has oído?
—No, disculpa, yo...
—Pareces hipnotizado, chico.
—Esta noche he conocido a un tipo. Un tipo raro, en verdad.
—Oh. Debe de ser alguien especial si ha conseguido desconectar al gran Hollander de sus amados libros de texto.
—Se llama Ilya Rozanov. Junior, nada menos. Alto. Esmirriado. Da la impresión de que se lavó el pelo por última vez para el cumpleaños de Washington. Oh, y usa calcetines de distintos colores. Uno negro, otro marrón.
—Pensé que preferías a los chicos de las sociedades de alumnos.
—No se trata de eso, Hayden. Yo estaba estudiando en el tercer piso de la residencia de estudiantes, en el Trust de Cerebros, y me invitó a comer un cucurucho de helado en el «Grinder». Le contesté que no y se fue medio abatido. Pero cuando me metió en la cabeza la idea del helado, ya no pude pensar en otra cosa. Había decidido darme por vencido y tomarme un descanso cuando él reapareció, con un gran cucurucho chorreante de fresa en cada mano.
—Estoy ansioso por oír el desenlace.
Shane bufó.
—Bien, sinceramente no pude decirle que no. De modo que se sentó junto a mí y resultó que había estudiado sociología con el profesor Hunter, el año pasado.
—¿Es que nunca se agotarán los milagros. Dios bendito?
—Escucha, esto es realmente asombroso. Tú sabes cuánto me ha hecho sufrir este curso.
—Sí. Hablas de él incluso en sueños.
—Tengo setenta y ocho de promedio. Necesito sumar ochenta para conservar la beca, y eso significa que debo obtener por lo menos ochenta y cuatro puntos en el examen final. Bien, Ilya Rozanov dice que Hunter repite prácticamente las mismas preguntas todos los años. E Ilya es eidético.
—¿Eso significa que tiene una... cómo es... una memoria fotográfica?
—Sí. Mira esto. —Abrió el libro de sociología y extrajo tres hojas arrancadas de una libreta y cubiertas de escritura.
Hayden las cogió.
—Parece un cuestionario de alternativas múltiples.
—Lo es. Ilya dice que es el cuestionario que Hunter empleó en el examen final del año pasado, palabra por palabra.
—No lo creo —respondió Hayden categóricamente.
—¡Pero abarca todo el programa!
—A pesar de ello no lo creo. —Le devolvió las hojas—. Sólo porque este mamarracho...
—No es un mamarracho. No lo llames así.
—Muy bien. ¿Este tipejo no te habrá inducido a aprender esto de memoria y a olvidarte del resto, verdad?
—No, claro que no —contestó Shane, inquieto.
—Y aunque éste fuera el texto del examen, ¿te parece realmente ético?
La cólera lo cogió por sorpresa y se le disparó de la lengua antes de que pudiera controlarla.
—Claro, para ti es muy fácil. Figuras todos los semestres en el Cuadro de Honor y tus padres te pagan los estudios. No eres... Eh, lo siento. No debería haber dicho esto.
Hayden se encogió de hombros y volvió a abrir Historia de O, con expresión cuidadosamente neutral.