El aliento de Shane se condensaba frente a su boca en pequeñas nubes blanquecinas que chocaban contra el parabrisas y se desvanecían al instante. El cristal, sin embargo, ya no ofrecía resistencia térmica: una costra fina de escarcha comenzaba a devorar las esquinas superiores, avanzando con la paciencia mineral del invierno canadiense.
—Te dije que la rejilla del copiloto solo expulsa aire muerto —soltó Shane, frotándose los nudillos enguantados. El tono no era del todo agresivo, pero llevaba esa aspereza milimétrica y calibrada que reservaba para las ruedas de prensa difíciles y, con creciente frecuencia durante aquel viaje, para Ilya—. No tibio. No neutro. Muerto. Está congelando el habitáculo.
Ilya Rozanov ni siquiera pestañeó. Con una mano apoyada sobre las doce en punto del volante y la otra descansando perezosamente en la palanca de cambios, mantenía la mirada clavada en la nada blanca que se extendía al otro lado de los limpiaparabrisas. Las escobillas chirriaban con un quejido agudo, rascando la nieve apelmazada que caía en ráfagas diagonales e implacables.
—Si no hablaras tanto, conservarías más calor corporal —respondió Ilya, arrastrando las sílabas con ese deje ruso que solía exasperar a Shane cuando estaban en desacuerdo y derretirlo cuando estaban a solas en una habitación de hotel. Esta vez solo sirvió para tensar más la cuerda—. El coche está bien, Hollander. Es un todoterreno, no una sauna en San Petersburgo. Relájate.
—No me pidas que me relaje cuando estamos perdiendo grados por minuto —replicó Shane, inclinándose hacia adelante para golpear con los dedos enguantados la consola central—. Mira la aguja de la temperatura del motor. No sube. El termostato se quedó trabado abierto. Nos estamos congelando por dentro porque el refrigerante circula a temperatura ambiente. Y créeme, allá afuera no estamos a cero grados precisamente.
—Sé cómo funciona un motor —mintió Ilya sin inmutarse, sin apartar los ojos del camino que, para efectos prácticos, había dejado de existir hacía cuarenta kilómetros.
No había asfalto. Solo una alfombra interminable de nieve virgen flanqueada por las sombras chinescas de abetos cubiertos de hielo, apelotonados a ambos lados de la calzada como espectadores mudos de un partido clandestino. La carretera provincial 104, o lo que ellos suponían que era la 104, se había difuminado bajo la ventisca. El GPS del tablero llevaba media hora mostrando una flecha girando en el vacío, intentando triangular una señal que los satélites parecían haber abandonado en algún punto al norte de New Brunswick.
Iban camino a Halifax. Un fin de semana de exhibición benéfica, clínicas infantiles con la fundación de la liga, recepciones aburridas donde tendrían que saludarse con sonrisas corteses y fingir ante las cámaras esa distancia protocolaria de dos superestrellas que solo compartían una rivalidad encarnizada sobre el hielo. Todo el mundo creía que se toleraban apenas por contrato. Nadie sabía que compartían cama, secretos y una rutina clandestina cada vez más agotadora.
Pero en ese momento, metidos en una cabina donde el vaho cubría las ventanillas laterales y el frío empezaba a calarles los huesos a través de las parkas de pluma, no se sentían como campeones de la copa ni como amantes. Se sentían como dos idiotas tercos a punto de quedarse varados en la frontera de ninguna parte.
—Tendríamos que haber seguido por la autopista principal —insistió Shane, recostándose en el asiento de cuero duro, cruzándose de brazos en un intento inútil por sellar el espacio entre su chaqueta y el pecho—. Moncton estaba despejado. Podríamos haber parado a cargar gasolina, tomar un café caliente y esperar a que pasaran las quitanieves. Pero no. El señor «conozco un atajo que nos ahorra una hora y media» decidió que meterse por una comarcal no pavimentada era una idea brillante.
Ilya soltó un bufido seco, casi inaudible sobre el rumor sordo del motor.
—El quitanieves de la autopista no iba a pasar hasta las ocho de la mañana, Shane. Lo escuchaste en la radio local antes de que perdiéramos la señal. Habríamos llegado a la rueda de prensa oliendo a motel barato de carretera y con tres horas de retraso. Tu agente habría tenido un derrame cerebral.
—Prefiero que Rachel tenga un derrame a morir de hipotermia antes de los treinta años en un barranco de Nueva Escocia.
—Nadie va a morir de hipotermia —gruñó Ilya, aunque sus dedos se cerraron con algo más de fuerza sobre el cuero del volante—. Además, no seas dramático. El canadiense eres tú. Se supone que naciste en un bloque de hielo. Pensé que el frío te daba superpoderes.
—Nací en Ottawa, idiota, no en el círculo polar ártico. En Toronto tenemos calefacción central y quitanieves municipales.
Ilya esbozó una media sonrisa, de esas ladeadas y arrogantes que en la pista solían preceder a un choque contra la valla o a un gol de revés que dejaba a Shane masticando rabia. Extendió la mano derecha y la apoyó sobre el muslo de Shane, apretando con firmeza a través del tejido térmico del pantalón. El gesto fue breve, pero bastó para que el aire entre ambos cambiara de densidad; la irritación no desapareció, pero se tiñó de esa familiaridad íntima y posesiva que ambos reconocían al instante.
—Eres muy lindo cuando te quejas por todo —murmuró Ilya, la voz un poco más baja, más rasposa por el aire seco.
Shane resopló, mirando hacia la ventanilla empañada, aunque no apartó la mano de Ilya de su pierna.
—Cállate y mira la carretera.
No hubo tiempo para una réplica. Justo debajo del capó, el rumor uniforme del motor de seis cilindros se quebró con un chasquido metálico, sordo y seco, seguido de un traqueteo irregular que hizo temblar la columna de dirección.
Ilya enderezó la espalda al instante, la diversión borrándose de su rostro en una milésima de segundo. Pisó el acelerador, pero la respuesta del vehículo fue un ahogo patético, una pérdida de revoluciones que se tradujo en una sacudida brusca de todo el chasis.