Práctica Nocturna

El último peldaño del vestidor

El frío de Manhattan a finales de octubre nunca era limpio; olía a asfalto húmedo, a combustible quemado y a ese vapor espeso que brotaba de las alcantarillas como un aliento enfermo. Eric Bennett observaba la calle desde el ventanal del piso doce, con una taza de café negro enfriándose entre los dedos y la espalda apoyada contra el marco de madera oscura. Su departamento en el Upper West Side era amplio, austero y meticulosamente ordenado. No había desorden, ni ropa fuera de lugar, ni platos acumulados en la tarja. A sus cuarenta y tantos años, con el cuerpo marcado por dos décadas de impactos en la portería de los New York Admirals, el orden no era una preferencia estética: era la única forma en que su cabeza lograba mantener el mundo bajo control.

Se pasó la mano izquierda por la mandíbula, sintiendo la aspereza de la barba entrecana que ya no se afeitaba con la rigidez militar de sus primeras temporadas en la liga. El cabello castaño, algo largo y revuelto por el sueño entrecortado, le caía sobre la frente. En el hielo, la corpulencia de Eric imponía un respeto inmediato; era una pared de casi un metro noventa que achicaba el arco, un veterano de reflejos secos y mirada glacial que no concedía un centímetro a los delanteros rivales. Pero allí, de pie en calcetines sobre el parqué encerado, la rigidez en sus rodillas y la punzada sorda en la cadera derecha le recordaban el precio biológico de cada disparo bloqueado.

Sobre la mesa de centro de roble descansaba una edición impresa del New York Post, doblada por la mitad.

Eric no solía comprar periódicos en papel; las noticias deportivas y los reportes de los ojeadores le llegaban directamente a la tableta del equipo. Sin embargo, esa mañana, al bajar al vestíbulo a recoger la correspondencia y un paquete de suplementos vitamínicos, sus ojos habían tropezado de casualidad con el montón apilado junto al mostrador del conserje. La imagen no estaba en la portada principal, monopolizada por la victoria en tiempo extra de los Rangers y el inicio de la temporada regular, sino en la esquina inferior de la página diecisiete, en una columna breve reservada para las tragedias urbanas que la ciudad devoraba antes del almuerzo.

Caminó hacia la mesa con pasos lentos, evitando apoyar todo el peso en el talón derecho. Levantó el periódico. El papel era áspero, grisáceo, y manchaba las yemas de sus dedos con tinta barata.

El titular era parco, desprovisto de cualquier atisbo de poesía:

«Joven pierde la vida tras precipitarse al vacío desde un edificio residencial en Brooklyn».

Eric no necesitó leer el texto completo para que el estómago se le cerrara en un nudo seco y sofocante. El nombre estaba allí, impreso con tipografía pequeña y fría: Kyle Swift, 28 años. La policía investigaba el suceso como un aparente suicidio, ocurrido durante las primeras horas de la madrugada del martes en un inmueble deteriorado de Crown Heights.

Bennett bajó el periódico y lo dejó caer sobre la mesa. No respiró durante varios segundos.

El silencio del departamento se volvió denso, como si el aire hubiera perdido presión de golpe. Eric se sentó en el borde del sofá de cuero, apoyando los codos sobre las rodillas y hundiendo los dedos en su cabello castaño. Tenía la garganta reseca, rasposa, como si acabara de salir de tres periodos de tiempo extra sin acceso a la botella de agua.

Kyle.

El nombre se le clavó en el pecho con la fuerza de un disco descarriado golpeando directamente bajo el protector del esternón. No era el Kyle de las fotos borrosas de la policía ni el de los expedientes forenses que la prensa resumía en tres líneas insensibles. En la mente de Eric, Kyle seguía teniendo veinticuatro años, el cabello rubio dorado y revuelto por el sudor de la tarde, y esos ojos azules intensos y transparentes que parecían desarmar cualquier intento de mantener la distancia. Recordaba las gafas de pasta oscura que Kyle usaba únicamente para leer las órdenes de inventario o revisar sus notas de la universidad; unas gafas que siempre se le resbalaban por el puente de la nariz cuando se reía, obligándolo a empujarlas con el dorso de la mano en un gesto torpe y entrañable.

Hacía cuatro años que no lo veía en persona. Cuatro años en los que Eric se había escudado tras el calendario implacable de la NHL: ochenta y dos partidos de temporada regular, viajes constantes en aviones privados entre Ottawa, Montreal, Toronto y el calor pegajoso de Florida, sesiones maratónicas de video, concentraciones y el hermetismo casi monacal con el que protegía su vida privada para no desestabilizar el vestuario de los Admirals.

Habían sido novios. Fueron novios en un periodo extraño, luminoso y caótico que Eric recordaba ahora con una punzada de vergüenza y dolor insoportable. Él, el portero estrella respetado por toda la liga, un hombre taciturno que ocultaba su bisexualidad bajo capas de profesionalismo y ceño fruncido; y Kyle, un torbellino de calidez, risas fáciles y vulnerabilidad que trabajaba tras la barra del Kingfisher, el bar deportivo que Eric había comprado casi por capricho, buscando un ancla fuera del hielo.

«No te preocupes por mí, Bennett», solía decirle Kyle con una sonrisa cansada cada vez que Eric empacaba su maleta para una gira de dos semanas por la costa oeste. «Tú sal ahí a ganar. Yo mantendré las cervezas frías y el suelo limpio hasta que vuelvas».

Y Eric se lo había creído. Se había convencido a sí mismo de que Kyle era autosuficiente, de que la juventud del chico era un escudo contra el desgaste del mundo. Cuando la relación se deshizo —no por una pelea explosiva, sino por la erosión lenta de los silencios, las ausencias y la cobardía de Eric de no ofrecerle una vida pública y real—, Bennett pensó que separarse era un acto de generosidad. Pensó que le devolvía a Kyle su libertad para encontrar a alguien más joven, alguien que no estuviera roto por las cirugías ni atado a la disciplina implacable de un equipo profesional.



#245 en Fanfic
#1396 en Otros
#209 en Relatos cortos

En el texto hay: shanehollander, shanexilaya, heated rivalry

Editado: 27.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.