El viento de Nueva York en pleno enero no soplaba; embestía. A cuarenta pisos de altura, el cristal panorámico del penthouse crujía con una vibración sorda cada vez que una ráfaga helada golpeaba la fachada. Pero dentro del departamento de Sasha, el aire era espeso, caliente y sofocante, impregnado de un costoso perfume a sándalo y la inconfundible fragancia del miedo.
Shane Hollander no se quitó el abrigo. Mantuvo las manos profundamente metidas en los bolsillos de su chaqueta de paño negro, sintiendo el sudor frío pegársele a la nuca. Sus ojos, acostumbrados a rastrear el disco de caucho a más de cien millas por hora sobre la pista de hielo, escaneaban cada rincón de la estancia con la precisión de un cirujano.
Ilya estaba sentado en un sofá de cuero blanco, en el centro exacto de la sala. Tenía la cabeza baja, las manos apoyadas sobre las rodillas y los nudillos blancos de la tensión. No había rastros de golpes físicos, pero la rigidez en su espalda le decía a Shane todo lo que necesitaba saber: la Bestia Rusa, el hombre que infundía terror en cualquier defensa de la NHL, estaba completamente acorralado.
—No tenías que venir, Hollander —la voz de Ilya sonó áspera, rasposa, cargada de un acento ruso áspero y desgastado por la frustración. Ni siquiera levantó la vista.
—Claro que tenía que venir —respondió Shane con una calma impuesta, una máscara clínica que le había llevado años perfeccionar frente a la prensa y los árbitros.
—Qué conmovedor —interrumpió una tercera voz, suave, modulada y llena de un regodeo casi infantil.
Sasha emergió de la cocina abierta sosteniendo un vaso de cristal tallado con dos cubos de hielo y un chorro espeso de whisky. Vestía una bata de seda azul marino y se movía por el parqué con la soltura de quien se sabe dueño absoluto del escenario. Se detuvo a unos pasos de Shane, observándolo de arriba abajo con una sonrisa pequeña y mordaz.
—El niño de oro del hockey canadiense —dijo Sasha, haciendo sonar los hielos contra el cristal—. La imagen impoluta de la liga. Es fascinante lo fácil que fue hacerte correr hasta aquí. Un solo mensaje con la palabra "fotografías" y cruzaste la ciudad a medianoche.
—Déjate de juegos, Sasha —dijo Shane, manteniendo los pies bien plantados en el suelo, guardando la distancia—. Dijiste que tenías material. ¿Qué quieres? ¿Dinero? Pon una cifra y terminamos con esto.
Sasha soltó una carcajada breve que terminó en un suspiro teatral. Dio un sorbo a su bebida y negó lentamente con la cabeza.
—Dinero... Siempre creen que todo es una transacción bancaria. Qué aburrido eres, Shane. ¿De verdad crees que me importa tu dinero? Mi padre tiene suficientes cuentas en Suiza como para comprar a tu equipo entero si se me diera la gana.
Sasha caminó hacia una elegante mesa de centro de mármol. Con un gesto pausado, recogió una carpeta de cuero negro y la arrojó sobre la mesa. La carpeta se abrió de golpe, dejando al descubierto una serie de impresiones fotográficas de alta resolución.
Shane bajó la mirada apenas medio segundo, pero fue suficiente para que su estómago se contrajera. Eran tomas nocturnas, obturadas desde un ángulo elevado. Ilya y Shane en la entrada trasera de un hotel en Montreal; Shane con la mano en la nuca de Ilya dentro de un automóvil con los cristales empañados; los dos, demasiado cerca, demasiado obvios, en el balcón privado de una casa de campo. No eran imágenes borrosas. Eran indiscutibles.
—Es una colección hermosa, ¿verdad? —susurró Sasha, acercándose a Ilya y apoyando una mano sobre su hombro. Ilya se tensó violentamente, pero no se movió—. Ilya cree que puede simplemente ignorarme. Piensa que después de todo lo que pasamos en Moscú, después de años de ser su refugio, puede desecharme por ti. Por un canadiense perfecto que solo lo toca a escondidas por miedo a perder sus patrocinios.
—Sasha, quita la mano de encima —dijo Shane. Su voz descendió una octava, perdiendo cualquier rasgo de cortesía.
—¿O si no qué, Hollander? —desafió Sasha, apretando ligeramente el hombro de Ilya antes de soltarlo y caminar hacia el gran ventanal que daba a la terraza—. Si estas fotos llegan al comisionado de la liga y a los titulares de la prensa mañana a primera hora, se acabó. Sus contratos, sus legados, sus vidas. Ilya sería deportado o repudiado. Tú te convertirías en el mayor apestado en la historia del deporte profesional.
El silencio volvió a apoderarse del penthouse, roto únicamente por el rugido del viento contra el edificio. Shane miró a Ilya. Ilya finalmente levantó la cabeza; sus ojos oscuros estaban llenos de una rabia impotente, una furia contenida que amenazaba con hacerlo explotar en cualquier momento.
—¿Qué quieres a cambio de quemar esas fotos? —preguntó Shane, fijando su mirada en el perfil de Sasha.
Sasha se giró despacio. En su rostro no había codicia; había una fijación oscura, una locura metódica y sádica que disfrutaba desmantelar el orgullo ajeno.
—Quiero ver si el gran Shane Hollander de verdad tiene agallas —dijo Sasha, deslizando la mano hacia la manivela de bronce del gran ventanal panorámico—. O si solo eres un cobarde con un buen tiro de muñeca.
Con un chasquido metálico, Sasha giró el seguro y tiró de la enorme hoja de cristal.
El impacto fue brutal. El viento helado de enero entró en la estancia como una masa sólida, volcando una lámpara de pie y haciendo volar los papeles sobre el escritorio. La temperatura del penthouse cayó en picada en cuestión de segundos. El aullido de la tormenta a cuatrocientos pies de altura era un rugido constante, salvaje, que ahogaba el ruido de la ciudad allá abajo.
Shane no pestañeó, aunque el aire congelado le escocía en los ojos.
Afuera, separado únicamente por el marco del ventanal, se extendía un borde de concreto. La cornisa del edificio. Apoyada sobre la estructura de piedra decorativa del rascacielos, no medía más de diez pulgadas de ancho. Estaba cubierta por una fina capa de escarcha brillante y totalmente expuesta al vacío vertical de cuarenta pisos.