El viento no soplaba fuera de la taberna; rugía. Era un silbido grave, un gemido continuo que colándose por las rendijas de las vigas de roble hacía vibrar los cristales empañados del Canaan's Rest. En el interior, la estufa de hierro fundido ubicada en el centro del local crujía con fuerza, expulsando un calor seco y espeso que olía a pino quemado, whisky barato y lana húmeda. Sin embargo, por más que el fuego ardiera con furia, el aire a la altura del suelo permanecía helado, colándose desde el suelo de madera como si la tierra misma bajo el pueblo estuviera expulsando un frío muerto.
Detrás de la barra, Rose Landry limpiaba el mismo vaso de cristal pesado por cuarta vez en la última media hora. No lo hacía por pulcritud, sino por reflejo. Tenía los nudillos rígidos y el cabello castaño recogido en una trenza floja que dejaba ver la tensión en la línea de su cuello. Sus ojos, oscuros y fatigados, volvían una y otra vez hacia el gran reloj de pared de latón que colgaba sobre la estantería de licores. Las manecillas de hierro marcaban las cinco y cuarenta y tres de la tarde. La penumbra invernal de Canaan's Fall ya había devorado la poca luz del día, y afuera la nieve caía tan densa que los faroles del camino principal no eran más que borrones de un amarillo pálido y agónico.
En la mesa del rincón, la más cercana a la chimenea pero la más alejada de las ventanas, tres hombres permanecían en un silencio denso, denotando una camaradería añeja que no necesitaba de muchas palabras, pero que esa noche estaba sobrecargada por una inquietud compartida.
Ilya Rozanov estaba sentado de espaldas a la pared, con una posición que le permitía dominar con la vista tanto la puerta de entrada como la barra. Tenía los hombros anchos caídos en una postura engañosamente relajada, sujetando una botella de cerveza entre sus manos grandes y callosas. De cuando en cuando, hacía girar la botella sobre la madera nudosa de la mesa, produciendo un chasquido rítmico que era el único sonido humano en el lugar. Ilya llevaba un suéter de lana oscura con las mangas subidas hasta los antebrazos, revelando cicatrices viejas, y su mirada azul, fría y despejada, no se fijaba en nada en particular, aunque su mente estaba despierta, registrando cada pequeño crujido del techo bajo el peso de la acumulación de nieve.
A su izquierda, Harris Drover mantenía la espalda erguida, con las manos cruzadas sobre la mesa. A diferencia de Ilya, cuya calma parecía una coraza pulida, Harris no disimulaba la tensión. Llevaba una chaqueta de trabajo con forro de oveja que ni siquiera se había molestado en quitarse desde que entró. Tenía el rostro demacrado, marcado por la falta de sueño y la creciente sombra de una barba de varios días. Sus ojos se movían constantemente entre la puerta de entrada y el reloj de la pared, midiendo los minutos como quien cuenta las paladas de arena sobre una tumba.
—Esa tormenta no va a ceder antes del amanecer —dijo Harris de pronto. Su voz era áspera, raspando la calma pesada del recinto—. Y la quitanieves del condado ni siquiera ha pasado por el cruce del norte. Estamos completamente aislados.
Kip Grady, sentado frente a ellos, soltó un bufido bajo y sirvió un chorro de whisky en su vaso con un movimiento rápido y preciso. Kip era el más joven del grupo, pero en sus ojos ya se notaba esa sombra opaca que empezaba a compartirse entre todos los habitantes que aún quedaban en Canaan's Fall. Tenía las manos manchadas de grasa rancia de motor —fruto de haber estado intentando reparar el generador auxiliar del taller antes de que cayera la noche— y los labios agrietados por el viento helado.
—La quitanieves no va a venir, Harris —respondió Kip antes de llevarse el vaso a los labios y tragar el líquido de un solo golpe. Dejó el cristal sobre la mesa con un golpe seco—. En el condado no son tontos. Saben qué fecha es y saben lo que pasa en este valle cuando la visibilidad baja a cero. Nadie va a enviar a un muchacho a conducir un camión de veinte toneladas por la ruta de la colina solo para que se quede varado a mitad de camino.
—Nadie debería estar fuera a estas horas —intervino Rose desde la barra, levantando la vista. Su voz atravesó el espacio entre ellos, baja pero firme—. Ni en la carretera, ni en los caminos madereros. Ni siquiera en sus propios patios.
Ilya dejó de hacer girar la cerveza. Levantó los ojos hacia Rose y luego miró a Kip.
—La gente olvida rápido —comentó Ilya, con un acento ruso que el tiempo y los años en la zona habían suavizado, pero que retenía una cadencia grave y pausada—. Los forasteros ven un mapa, ven una carretera secundaria que ahorra veinte minutos de viaje hacia la costa y piensan que solo es un tramo más de árboles y nieve. No saben que este pueblo es un agujero negro en el mapa.
—No es solo la gente de fuera, Ilya —mencionó Harris en un susurro, inclinándose un poco hacia adelante—. La semana pasada fue el viejo Olmar. Dijo que salía a revisar el cobertizo porque escuchó a los perros ladrar a las ocho de la noche. Encontraron la puerta de su casa abierta de par en par a la mañana siguiente. El café en la cafetera todavía estaba caliente. Y los perros... bueno, sabes cómo encontraron a los perros.
Un silencio pesado volvió a instalarse sobre la mesa. Kip apretó el vaso de whisky hasta que los nudillos se le pusieron blancos, mientras que Ilya simplemente desvió la mirada hacia la ventana más cercana. A través del cristal semi helado, las sombras de los pinos al otro lado de la calle se mecían salvajemente bajo la ráfaga blanca, pareciendo figuras encorvadas que se arrastraban lentamente hacia la estructura de la taberna.
En Canaan's Fall, el miedo no era una ráfaga repentina de pánico; era una presencia física, una marea lenta que subía grado a grado con cada minuto que el sol permanecía bajo el horizonte. Todos en esa mesa sabían que las reglas del pueblo habían cambiado. Las viejas historias de los fundadores, aquellas que antes se contaban entre risas alrededor de las fogatas de campamento para asustar a los niños, se habían convertido en un protocolo estricto de supervivencia. Nadie miraba por las ventanas después de las seis de la tarde. Nadie abría la puerta si escuchaba que alguien pronunciaba su nombre desde la oscuridad del porche. Y, sobre todo, nadie salía a buscar a quien no hubiera regresado antes del anochecer.