Práctica Nocturna

El hombre de la habitación

El olor a hospital en Montreal siempre olía a lo mismo: a cloro barato, a desesperanza rancia y al frío metálico del invierno que se filtraba incluso a través de los cristales dobles de la ventana. Pero el verdadero invierno no estaba afuera, en las calles grises donde la nieve sucia amontonaba las aceras de la ciudad; el verdadero invierno residía en el piso tres, en la habitación privada que los Montreal Metros pagaban con una mezcla de discreción corporativa y culpa mal disimulada.

Ilya Rozanov detuvo su paso frente a la puerta de roble sintético con la misma pesadez con la que solía deslizarse sobre el hielo en los últimos minutos de un tercer periodo cuando las piernas ya no respondían.

No llevaba puesta la ropa de entrenamiento, ni el costoso abrigo de cachemira con el que solía esquivar a la prensa en las calles de la ciudad, sino un suéter oscuro, desaliñado, que apuraba la silueta de un hombre que había dejado de importarle el mundo exterior. Metió la mano en el bolsillo de su abrigo, rozó el frío metal de sus llaves y empujó la puerta sin llamar. Nunca llamaba. Él no era una visita institucional; no era un mánager cumpliendo con un protocolo de relaciones públicas, ni un compañero de equipo incómodo con la desgracia ajena.

Era el hombre que compartía con Shane Hollander un secreto que ni las paredes de esa habitación se atrevían a nombrar en voz alta.

—Hola, krasotka —murmuró Ilya, la voz ronca, raspada por el tabaco y por las horas interminables de silencio.

La frase, un apodo privado que en otros tiempos arrancaba una risa burlona y un empujón en los vestidores de la liga, flotó en el aire estéril y se desvaneció sin encontrar eco.

En la cama ortopédica, bajo una sábana blanca que apenas esbozaba el relieve de unos huesos demasiado marcados, Shane Hollander no se movió. No podía. La enfermedad —una degeneración implacable que había comenzado como una molestia crónica en la espalda, un diagnóstico oculto a los medios tras un parte médico falsificado por la franquicia, y que había avanzado con la precisión de un depredador— lo había despojado de todo aquello que lo definía. El capitán de los Montreal Metros, el centro letal, el hombre cuyas piernas habían cortado el hielo con una velocidad y una gracia que el hockey profesional había idolatrado durante una década, yacía ahora completamente inmóvil del cuello hacia abajo.

Ilya cerró la puerta con un movimiento seco, casi imperceptible, y dejó su abrigo sobre la silla de plástico junto a la cama. Sus ojos, de un azul translúcido y cansado, recorrieron cada centímetro de la escena con la crueldad de quien memoriza una derrota que ya no se puede revertir.

Dios, cómo lo odiaba. Odiaba la habitación. Odiaba los monitores que marcaban un ritmo cardíaco plano, aburrido, insistente. Odiaba el maldito soporte intravenoso que goteaba un suero translúcido gota a gota, como si el tiempo mismo se estuviera desangrando en un vaso medidor.

Pero, sobre todo, odiaba lo que la enfermedad le había hecho a Shane.

La primera vez que Ilya lo vio tras el diagnóstico definitivo, hacía ya varios meses, Shane aún conservaba algo del brillo en la mirada, una furia sorda que se negaba a apagarse. Le había hablado con la mandíbula tensa, exigiendo que Ilya se fuera, que volviera a su propia temporada, que no lo mirara desmoronarse. «No me mires así, Rozanov», le había soplado con los labios resecos. «No me recuerdes cómo era».

Ahora ya no quedaba furia. Solo había un caparazón. La piel se le había vuelto translúcida, estirada sobre los pómulos de una forma que acentuaba la fragilidad de su estructura ósea; las pecas en su rostro, los ojos hundidos en sombras oscuras que parecían cavadas a cincel por el insomnio y los analgésicos. Su cabello oscuro, antes indomable y siempre desordenado por el sudor del casco, yacía apelmazado contra la almohada, lacio y sin vida.

Ilya se acercó despacio, arrastrando las suelas de sus botas contra el suelo de linóleo, y se dejó caer en la silla. Extendió una mano grande, callosa, con los nudillos marcados por los golpes de mil batallas sobre el hielo, y tomó la mano de Shane que descansaba inerte sobre la colcha.

La piel estaba fría. Siempre estaba fría. Ilya apretó los dedos de Shane entre los suyos, buscando un pulso, un temblor, cualquier indicio de que ahí dentro, bajo ese cuerpo que se negaba a morir del todo, seguía estando el hombre que le había robado el aliento y la cordura durante años.

—Jugaron contra Boston anoche —comenzó a decir Ilya, su voz un murmullo grave que apenas rompía la monotonía del monitor—. Ganaron en shootouts. Pike metió el decisivo. No fue lo mismo, por supuesto. El hielo estaba blando en el tercer periodo. Todo el mundo se quejó.

Shane giró ligeramente la cabeza. Fue un movimiento milimétrico, doloroso de presenciar, como si cada vértebra crujir sobre el metal invisible de su columna. Sus ojos se abrieron despacio, con pesadez, revelando unas pupilas dilatadas por la morfina. Miró a Ilya durante un largo rato antes de enfocar la vista, como si le costara reconocer al hombre sentado a su lado a través de la neblina química que nublaba su mente.

—No... fuiste... al partido —la voz de Shane apenas salió de su garganta.

Era un hilo de voz rasposo, seco, un susurro roto que requería un esfuerzo titánico para ser emitido. Cada palabra parecía costarle la poca vida que le quedaba en los pulmones.

—No me apetecía verlos patinar sin ti —respondió Ilya con absoluta franqueza, sin apartar la mirada de sus rostros unidos—. El estadio apesta a plástico nuevo y a mentiras. Prefiero estar aquí. Aunque huela a cloro.

Shane intentó sonreír. El intento se quedó a mitad de camino, convirtiéndose en una mueca amarga que acentuó las arrugas alrededor de sus labios. Era una mueca que Ilya conocía bien; era la misma sonrisa torcida que Shane ponía cuando perdía un disco en la línea azul o cuando se quedaba atrapado en las tablas contra tres defensas rusos de dos metros. Una mezcla de resignación y orgullo testarudo.



#245 en Fanfic
#1396 en Otros
#209 en Relatos cortos

En el texto hay: shanehollander, shanexilaya, heated rivalry

Editado: 27.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.