—Iré yo —anuncio, antes de que Sable pueda ofrecerse ella misma, porque sé que si sale y algo le pasa, el refugio entero se desmorona. Yo, en cambio, soy prescindible. O eso me repito para no pensar demasiado en lo contrario.
Llevamos dos días encerradas, y esos dos días se me han hecho más largos que cualquier semana entera de mi vida anterior a esto. Sable no lo dice en voz alta, pero la vigilancia se nota en cómo revisa la reja tres veces antes de acostarse, en cómo baja la voz cada vez que menciona el mercado, en cómo evita pronunciar el nombre de la Casa Draven como si nombrarla pudiera invocarla. El resto de las chicas del jergón —Mora, la más joven, apenas catorce inviernos; y Delia, que perdió la voz de tanto gritar cuando la marcaron por primera vez, antes de escapar— captan la tensión sin que nadie tenga que explicarles nada. Aquí aprendemos rápido a leer el silencio de los demás. Es, quizás, la única habilidad que todas compartimos por igual.
Mora se pasa las horas muertas trenzando hilos de colores que roba de los talleres cercanos, convirtiéndolos en pulseras diminutas que nadie de la red se atreve a usar en público, pero que todas guardamos como si fueran talismanes. Delia, por su parte, se comunica a través de gestos precisos que el resto hemos aprendido a interpretar casi sin esfuerzo: un puño cerrado significa peligro cerca; dos dedos sobre el pecho, hambre; la palma abierta contra el corazón, algo que ninguna de nosotras necesita traducir en voz alta porque todas lo sentimos igual, esa mezcla de gratitud y tristeza que nos une más que cualquier promesa formal.
La despensa se vació esta mañana, y alguien tenía que decidirse a salir.
—No vayas al mercado norte —me advierte, con esa mezcla de autoridad y cariño que reserva solo para quienes considera suyas—. Toma la ruta del río. Es más larga, pero nadie la vigila tanto.
Asiento y me cubro con la capa más gruesa que tenemos, la que huele a humedad y a los inviernos de otras que la usaron antes que yo. Antes de salir, guardo en el bolsillo interior el cuchillo corto que Sable me regaló el primer invierno, cuando entendió que yo pensaba quedarme. Ella me observa vestirme sin decir palabra, con esa mezcla de orgullo y miedo que solo alguien que ha visto partir a demasiadas personas es capaz de mostrar sin desmoronarse.
La ruta del río serpentea entre almacenes abandonados y los restos de un puente que nadie se molestó en reparar después de la última guerra de sucesión entre Casas. El agua corre negra bajo una capa fina de hielo, y el viento que sube desde ella me cala los huesos de una forma distinta al frío seco de la ciudad. Camino rápido, con la cabeza gacha, repitiendo mentalmente el trayecto que Sable me dibujó hace meses: tres calles, un giro a la izquierda en la fuente rota, otro giro junto a la herrería cerrada.
No llego a la fuente.
A media calle, el olor me golpea antes que la vista: distinto al de Kael, más ácido, con un fondo de sudor y ambición que no consigo nombrar mejor. Me detengo en seco, y el instinto que llevo tres años puliendo me obliga a fingir interés repentino en un escaparate vacío, como si la vida de una desconocida cualquiera dependiera de admirar telas que ya nadie compra.
—Curioso lugar para perderse —dice una voz masculina a mi espalda, y el tono no tiene nada de la cautela con la que Kael eligió las suyas la otra noche. Este suena satisfecho de antemano, como quien ya decidió el final de la conversación antes de empezarla.
Me giro despacio, calculando cada centímetro de distancia entre nosotros y la boca de la calle más cercana.
Es alto, aunque menos que Kael, con el pelo rubio ceniza recortado casi al ras y una sonrisa que no le llega a los ojos. Lleva el emblema de otra Casa bordado en el pecho, uno que no reconozco de inmediato, y eso me inquieta más que si hubiera reconocido el de los Draven. Sus botas están impecablemente lustradas pese al barro de la calle, como si el desorden del mundo no se atreviera a tocarlo, y algo en la rigidez de su postura me recuerda a los soldados que solían custodiar mi subasta antes de que yo aprendiera a desaparecer entre la multitud.
—No estoy perdida —replico, con más firmeza de la que siento.
—Todas dicen lo mismo —responde él, acercándose un paso, y su sonrisa se ensancha como si mi respuesta confirmara alguna teoría personal—. Soy Ronan Vale, Cazador de la Casa Vale. Y usted, según mi olfato, no tiene registro.
El corazón me golpea contra las costillas con una violencia que temo pueda escucharse desde la calle. Busco con la mirada, sin moverme demasiado, alguna salida que no implique correr directo hacia él.
—Se equivoca de persona —murmuro, aunque ambos sabemos que la mentira es inútil.
—Nunca me equivoco con esto —dice Ronan, y hay en su voz una arrogancia que contrasta tanto con la contención de Kael que por un instante me pregunto cómo pueden ejercer el mismo oficio dos hombres tan distintos—. Además, corre un rumor interesante en los círculos de mi Casa: que el Cazador de los Draven encontró a una salvaje hace unas noches y decidió no reportarla.
El aire se me congela en los pulmones.
—No sé de qué habla.
—Claro que no —concede él, aunque su tono deja claro que no me cree ni una palabra—. Pero si ese rumor es cierto, y usted resulta ser esa misma salvaje, entregarla yo mismo me daría cierta ventaja sobre Draven en el próximo consejo de Casas. Nada personal. Solo negocios.
Doy un paso atrás, calculando la distancia hasta el callejón lateral, cuando el sonido de botas contra el empedrado interrumpe cualquier plan que estuviera trazando.
—Vale —dice una voz que reconozco de inmediato, y el alivio que siento me avergüenza casi tanto como el miedo de hace un segundo—. Qué casualidad encontrarte tan lejos de tu territorio.
Kael aparece por la misma calle por la que yo pensaba escapar, con el abrigo negro salpicado de nieve reciente y una expresión tan calmada que resulta casi inquietante, dado lo que se juega en este momento.