—Cuánto llevas sin tomar el supresor completo —pregunta Sable una mañana, sin rodeos, mientras revisa el frasco casi vacío que guardo bajo el jergón.
—Lo tomo cada noche —respondo, aunque el tono defensivo de mi propia voz me delata antes de terminar la frase.
—Eso no responde mi pregunta —insiste ella, sosteniendo el frasco a la luz para calcular cuánto queda—. Esta mezcla ya no basta para lo que se avecina. Necesitas la fórmula reforzada, y solo Kessa la vende, y Kessa cerró su puesto la semana pasada después de una redada.
El cuerpo avisa antes que la mente entienda lo que está pasando, y el mío lleva dos días mandándome mensajes que me he negado a interpretar hasta este momento. Empieza con pequeñas cosas: el calor que se instala en la nuca y no desaparece ni con el frío de febrero, la irritación que me sube por cualquier roce inesperado, el sueño que se fragmenta en pedazos cada vez más cortos. Después llegan las señales que ya no puedo atribuir a simple cansancio: el olfato se me agudiza hasta volverse casi insoportable, capaz de distinguir el pan recién horneado tres casas más allá o el sudor rancio de quien durmió mal la noche anterior. Cada sonido parece más fuerte de lo que debería, cada textura contra la piel se siente como una provocación innecesaria.
Sable lo notó antes de que yo misma me atreviera a reconocerlo, porque ella ha visto pasar por esta fase a suficientes omegas de la red como para distinguir las señales incluso cuando la persona afectada prefiere ignorarlas.
El pánico se me instala en el pecho con la misma rapidez con la que Sable pronuncia cada palabra. Un celo sin supresores adecuados no es solo un problema físico: es una sentencia. El olor que despide un omega en celo se propaga varias calles a la redonda, y cualquier alfa con el olfato mínimamente entrenado podría localizarme en cuestión de minutos.
—¿Cuánto tiempo tengo? —pregunto, calculando ya en mi cabeza las opciones que me quedan, que son pocas y ninguna buena, mientras el pulso se me acelera solo de pensar en lo que significa quedarme sin margen de maniobra.
—Cuatro días. Cinco si tenemos suerte —calcula Sable, con la precisión de quien ha llevado esta cuenta demasiadas veces para las demás—. Voy a preguntar en la red si alguien más consiguió comprarle a Kessa antes del cierre. Mientras tanto, no salgas del refugio bajo ninguna circunstancia.
Asiento, aunque una parte de mí ya sabe que quedarme encerrada durante días enteros, esperando una solución que quizás no llegue, es una forma distinta de condena.
Los dos días siguientes transcurren en una espiral de calor creciente y nervios deshilachados. Mora me trae paños húmedos que apenas alivian la fiebre que me sube desde el vientre; Delia se sienta a mi lado por las noches, sosteniéndome la mano en silencio, comunicando con ese gesto todo lo que sus palabras ya no pueden decir. En algún momento de la segunda noche, Delia me trenza el pelo con una paciencia infinita, como si ese gesto repetitivo pudiera anclarme a algo sólido mientras el resto de mi cuerpo se deshace en fiebre. Sable sale cada tarde y regresa con la misma noticia decepcionante: nadie tiene el supresor reforzado, y el mercado entero parece haberse quedado sin existencias justo cuando más lo necesito.
Al tercer día, la fiebre sube tanto que empiezo a delirar entre sueños fragmentados donde el olor a hierro y noche se mezcla con recuerdos de mi subasta, con la voz de Ronan Vale prometiendo entregarme, con la mirada calmada de Kael sosteniéndome como si yo importara más que cualquier regla que él hubiera jurado cumplir.
Despierto empapada en sudor, con Sable inclinada sobre mí, la preocupación tallada en cada línea de su rostro.
—Necesito salir —murmuro, aunque la sola idea de cruzar el refugio me da vértigo—. No puedo quedarme esperando a que esto empeore sin hacer nada.
—Si sales así, cualquier alfa en tres calles a la redonda te va a encontrar antes de que llegues a la esquina —advierte ella, con una dureza que reconozco como puro miedo disfrazado de firmeza.
—Entonces iré con la capucha más pesada que tengamos, y evitaré cualquier calle principal —insisto, incorporándome pese al mareo que me nubla la vista—. Prefiero arriesgarme a buscar ayuda que quedarme aquí esperando a que el cuerpo termine de traicionarme.
Sable me observa un largo rato, midiendo el riesgo de dejarme ir contra el riesgo, quizás mayor, de que la fiebre siga subiendo sin remedio alguno.
—Hay una boticaria en el barrio de los curtidores que a veces vende mezclas caseras, menos potentes que las de Kessa pero mejores que nada —cede finalmente—. Se llama Iris. No pregunta nombres, pero cobra caro, y solo atiende después del anochecer.
El nombre me resulta vagamente familiar, aunque no logro ubicar de dónde. Me visto con la ropa más gruesa que encuentro, oculto el rostro bajo la capucha, y salgo al frío de la calle con el cuerpo entero protestando cada paso que doy.
El trayecto hasta el barrio de los curtidores se siente más largo de lo habitual, cada esquina un desafío distinto contra el mareo y el calor que insiste en subirme por el cuello pese al viento helado. Cuando finalmente encuentro la puerta discreta que Sable describió, casi lloro de alivio.
Toco tres veces, como me indicó, y espero.
La mujer que abre es más joven de lo que imaginaba, con el pelo oscuro recogido en una trenza apretada y unos ojos que evalúan mi estado con una rapidez profesional que solo alguien acostumbrada a atender casos como el mío podría tener. Lleva un delantal manchado de tinturas de distintos colores, y un olor a hierbas secas la envuelve incluso antes de que yo cruce el umbral.
—Celo avanzado, sin supresor adecuado —diagnostica, casi antes de que yo diga una palabra—. Entra rápido, antes de que alguien note el olor desde la calle.
Obedezco sin cuestionarla, agradecida de encontrar por fin algo parecido a ayuda real. El interior de su casa huele a hierbas y a algo metálico que no consigo identificar, y en cuanto cierra la puerta, algo en su postura cambia, como si se permitiera relajar una vigilancia que mantenía solo por costumbre. Me indica que me siente en un taburete junto a la chimenea apagada, y mientras rebusca entre sus frascos, no deja de observarme de reojo, como quien calcula cuánto tiempo le queda antes de que la situación se complique.