Presa De Invierno

Capítulo 4 — Lo que el fuego no consume

Despierto envuelta en un calor distinto al de la fiebre, uno que reconozco de inmediato como peligroso precisamente porque no duele.

La cabaña sigue en penumbra, iluminada apenas por las brasas que quedan del fuego de la noche anterior. Tardo un momento en ubicar dónde estoy, en reconstruir los fragmentos de lo ocurrido: la huida, la patrulla, Iris, el puente, la voz de Kael guiándome entre los árboles. El olor a madera quemada se mezcla con algo más sutil, un rastro suyo impregnado en las mantas que me cubren, y por un instante me permito quedarme quieta, simplemente respirando, antes de que la razón vuelva a imponerse sobre cualquier indulgencia pasajera.

Me incorporo despacio, sorprendida de sentir el cuerpo más ligero que en días, aunque el calor bajo la piel sigue ahí, latente, esperando el momento exacto para volver a estallar. Las mantas que me cubren huelen a él, un detalle que debería inquietarme más de lo que en realidad lo hace.

Kael está sentado junto a la ventana, con la espalda rígida y la mirada fija en algún punto del bosque nevado que se extiende más allá del cristal. No parece haber dormido; tiene el mismo abrigo de anoche, ahora arrugado, y una taza de algo caliente entre las manos que ni siquiera ha probado.

—¿Cuánto tiempo llevo dormida? —pregunto, con la voz todavía ronca por la fiebre.

Se sobresalta apenas, como si mi voz lo hubiera sacado de un pensamiento demasiado profundo para regresar sin esfuerzo.

—Casi un día entero —responde, girándose finalmente para mirarme—. Iris pasó al amanecer a dejar más del frasco reforzado. Dijo que el efecto debería sostenerla otras cuarenta y ocho horas, quizás más si descansa lo suficiente.

—¿Y usted? —pregunto, notando las ojeras que le oscurecen el rostro—. ¿Durmió algo?

—No confiaba en hacerlo —admite, con una honestidad que me sorprende cada vez que la ofrece sin que yo tenga que arrancársela—. El olor de un celo tan cerca... requiere más disciplina de la que estoy acostumbrado a necesitar.

El silencio que sigue se llena de algo denso, cargado de una tensión que ninguno de los dos nombra directamente. Me acerco al fuego, envuelta todavía en la manta que él debió colocarme durante la noche, y me siento en el suelo frente a las brasas, manteniendo una distancia que ambos sabemos calculada.

—Gracias por quedarse —murmuro, sin mirarlo directamente—. Podría haberme dejado en el refugio y evitarse todo este riesgo.

—Podría haberla entregado la primera noche que la encontré, y no lo hice —replica él, con una media sonrisa cansada—. A estas alturas, dejar de arriesgarme por usted parecería más extraño que seguir haciéndolo.

La forma en que lo dice, casi como una broma pero sin dejar de ser cierto, me arranca una risa breve que hacía días no me permitía. Kael me observa con algo parecido al alivio al escucharla, como si mi risa fuera una señal más confiable que cualquier informe médico sobre mi recuperación.

—¿Puedo preguntarle algo? —digo, envalentonada por la cercanía repentina, por la fragilidad compartida de esta madrugada robada al resto del mundo.

—Adelante.

—¿Qué pasará cuando su Casa descubra todo esto? Porque lo descubrirán, tarde o temprano. Ronan ya sospecha, Iris arriesga su propia posición cada vez que me ayuda, y usted... usted ya ha mentido demasiadas veces para cubrirme.

Kael deja la taza sobre la mesa cercana, y por primera vez desde que despertó parece considerar seriamente la pregunta en lugar de responder con la calma entrenada que suele mostrar frente a cualquier amenaza.

—Mi padre me exigirá explicaciones que no tengo preparadas —confiesa al fin—. Y si decide que mi lealtad ya no es confiable, las consecuencias podrían ir desde una reprimenda pública hasta la pérdida completa de mi rango como Cazador.

—¿Y si pierde su rango? —pregunto, aunque temo la respuesta casi tanto como la pregunta misma.

—Entonces perdería también la protección que ese rango me otorga —explica, con una franqueza que erosiona cualquier ilusión de seguridad que yo hubiera podido construir en las últimas horas—. Sin rango, sería tan vulnerable frente a mi propia Casa como cualquier salvaje frente al Censo. La diferencia es que yo elegí este camino con los ojos abiertos.

—¿Y su familia? —insisto, buscando entender mejor la dimensión completa de lo que está en juego—. ¿Tiene hermanos, alguien más que dependa de su posición dentro de la Casa?

—Una hermana menor —responde, con un matiz de dolor apenas perceptible en la voz—. Aún no ha pasado por su primer celo, lo que significa que todavía no ha sido registrada formalmente. Si mi padre decide que mi deslealtad mancha el nombre de la familia entera, ella podría pagar ese precio antes incluso de tener oportunidad de decidir su propio destino.

La revelación me deja momentáneamente sin palabras. No había considerado que las consecuencias de sus decisiones pudieran extenderse más allá de él mismo, alcanzando a alguien tan inocente como cualquiera de las chicas que protejo en el refugio.

—Entonces tiene razones de sobra para alejarse de mí cuanto antes —murmuro, con una punzada de culpa que no esperaba sentir con tanta intensidad.

—O razones de sobra para asegurarme de que el sistema que amenaza a mi hermana termine cambiando antes de que le toque enfrentarlo —replica él, con una determinación que sugiere que esta conversación ha estado rondándole la cabeza mucho antes de que yo la formulara en voz alta.

Las palabras me golpean con más fuerza de la que esperaba. Hasta ahora había pensado en el riesgo de Kael como algo abstracto, una molestia burocrática que él sabría manejar con la misma frialdad con la que manejó a Ronan en la calle. Escucharlo hablar de perderlo todo, de quedar tan expuesto como yo, y de una hermana que podría cargar con las consecuencias, me hace entender de golpe la magnitud real de lo que está arriesgando.

—No debería seguir haciendo esto —murmuro, aunque cada palabra me cuesta más de lo que estoy dispuesta a admitir—. No por mí. No vale la pena que pierda todo lo que ha construido.




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