Regreso al refugio dos noches después, con el cuerpo recuperado pero el alma cargada de preguntas que no sé todavía cómo formular en voz alta.
Kael insistió en acompañarme hasta las últimas calles antes de la entrada oculta, manteniendo la distancia prudente de quien no quiere comprometer más de lo necesario a nadie más de la red. Caminamos en silencio la mayor parte del trayecto, un silencio distinto al de los primeros encuentros: menos cargado de sospecha, más lleno de todo lo que ninguno de los dos sabe cómo nombrar todavía. En algún punto, sus dedos rozaron los míos por accidente, y ninguno de los dos se apartó de inmediato, dejando que ese contacto mínimo dijera lo que las palabras seguían sin atreverse a expresar.
Nos despedimos con un simple asentimiento, ninguna promesa explícita, aunque el peso de todo lo que dejamos sin decir en la cabaña sigue instalado entre ambos como un tercer acompañante silencioso. Lo observo alejarse hasta que su silueta se pierde entre las callejuelas, y solo entonces me permito girar hacia la reja que lleva tres años siendo mi versión más cercana de un hogar.
Cruzo la reja esperando el alivio habitual de volver a casa, y en cambio encuentro el aire cargado de una tensión que reconozco de inmediato como distinta a la de siempre.
Sable me espera en la entrada, con el rostro más pálido de lo que jamás la había visto, y detrás de ella, Mora llora en silencio mientras Delia sostiene lo que queda de una cortina rasgada.
—¿Qué pasó? —pregunto, con el corazón encogido antes de escuchar siquiera la respuesta.
—Registro sorpresa, hace dos noches —responde Sable, con una voz tan controlada que resulta casi más aterradora que si hubiera gritado—. Alguien filtró la ubicación aproximada del refugio. No encontraron nada porque tú no estabas, y las demás lograron esconderse a tiempo en el sótano falso, pero revisaron cada rincón, rompieron la mitad de nuestras provisiones, y se llevaron a Iren.
El nombre me golpea con la fuerza de un puñetazo directo. Iren era una de las más jóvenes de la red, apenas mayor que Mora, con un talento especial para falsificar documentos que había salvado a más de una docena de omegas antes de que yo siquiera llegara a la ciudad. Recuerdo la última vez que la vi, riendo mientras me enseñaba a distinguir un sello oficial auténtico de una falsificación mediocre, con esa paciencia infinita que reservaba para quienes recién llegábamos a la red.
—¿La entregaron al Censo? —pregunto, aunque ya conozco la respuesta antes de formular la pregunta completa.
—La registraron esta misma mañana —confirma Sable, con la dureza de quien ha tenido que dar esta misma noticia demasiadas veces a lo largo de los años—. Será subastada dentro de dos semanas, según el protocolo estándar para omegas capturadas sin registro previo.
El silencio que sigue se llena de una rabia helada que me sube desde el estómago hasta la garganta. Mora se acerca despacio, todavía con los ojos hinchados de llorar, y se sienta junto a mí sin decir palabra, apoyando la cabeza contra mi hombro con esa necesidad silenciosa de contacto que todas desarrollamos después de perder a alguien cercano. Delia, por su parte, sigue doblando la cortina rasgada con movimientos mecánicos, como si mantener las manos ocupadas fuera la única forma de contener el pánico que le brilla en los ojos.
Pienso en Iren riendo mientras trenzaba documentos falsos con la misma destreza con la que Mora trenza sus hilos de colores, y la idea de que ahora enfrente el mismo destino del que yo escapé hace tres años me resulta insoportable.
—¿Cómo filtraron nuestra ubicación? —pregunto, calculando ya mentalmente quién más conocía la dirección exacta del refugio.
Sable duda un instante antes de responder, y esa duda me dice más de lo que cualquier palabra podría comunicar.
—No lo sé con certeza —admite finalmente—, pero muy pocas personas fuera de este refugio conocían la ubicación exacta. Y desde que empezaste a relacionarte con el Cazador de los Draven, esa lista se ha extendido más de lo que me gustaría.
La acusación implícita me deja momentáneamente sin palabras. Entiendo su lógica, incluso la comparto en parte —cada persona nueva que conoce nuestros secretos representa un riesgo adicional—, pero la idea de que Kael pudiera estar detrás de esto, después de todo lo que arriesgó por protegerme, se siente como una traición a algo que empezó a construirse entre nosotros sin que yo lo decidiera del todo.
—Kael no haría esto —afirmo, con una convicción que me sorprende a mí misma por su firmeza.
—Quizás no directamente —cede Sable, sin suavizar del todo su desconfianza—, pero cualquier informe que haya presentado a su Casa, cualquier excusa que haya inventado para justificar sus ausencias, pudo haber generado preguntas que otros decidieran investigar por su cuenta. No necesita traicionarte activamente para ponernos en peligro solo con existir cerca de nosotras.
Las palabras me duelen porque contienen una verdad que preferiría ignorar. Cada decisión de Kael, por más noble que fuera su intención, ha dejado un rastro que otros pueden seguir. Ronan ya sospecha de una salvaje protegida por los Draven. Iris arriesga su posición cada vez que me atiende. Y ahora, quizás, Iren pagó el precio de un rastro que ninguno de los dos calculó del todo.
—Necesito saber si crees que debo alejarme de él —digo finalmente, formulando en voz alta la pregunta que llevo horas evitando incluso pensar con claridad—. Si mi cercanía con Kael pone en peligro a toda la red, dime ahora mismo, y lo haré. No voy a permitir que otra persona pague el precio de algo que empecé yo.
Sable me observa un largo rato, con esa mirada evaluadora que ha aprendido a perfeccionar después de años tomando decisiones que afectan la vida de tantas personas a la vez.
—No sé todavía si alejarte de él resolvería algo o simplemente eliminaría la única ventaja real que tenemos ahora mismo —admite finalmente, con una honestidad que no esperaba—. Un Cazador dispuesto a jugarse el pellejo por nosotras es un recurso que no podemos desperdiciar solo por precaución excesiva. Pero tampoco puedo permitirme confiar ciegamente en algo tan frágil como los sentimientos de un hombre criado para cazar a los nuestros.