Cuento los días sin noticias de Kael con una precisión que empieza a rozar la obsesión: uno, dos, tres, cuatro. Sable no dice nada al respecto, pero noto cómo evita mi mirada cada vez que menciono, sin querer, cuánto tiempo ha pasado desde la cabaña.
Las minas abandonadas donde nos escondemos ahora huelen a piedra húmeda y a óxido viejo, tan distinto al refugio anterior que tardo días enteros en dejar de sentirme como una intrusa dentro de mi propio escondite. Los túneles se extienden más de lo que imaginaba al llegar, ramificándose en corredores que Sable conoce de memoria gracias a años de usar este lugar como refugio de emergencia para casos extremos. Las paredes de roca gotean humedad constante, y el eco de cada palabra viaja más lejos de lo que resulta cómodo, obligándonos a hablar en susurros incluso cuando discutimos asuntos triviales.
Sable organiza los túneles con la misma eficiencia militar que aplicaba al refugio original: uno para dormir, otro para almacenar provisiones, un tercero, más profundo, reservado exclusivamente para emergencias que ninguna de nosotras quiere nombrar en voz alta. Mora encuentra consuelo trazando mapas improvisados de las galerías en trozos de papel reciclado, memorizando cada salida secundaria con una dedicación que sospecho responde más a la necesidad de sentir algún control sobre su entorno que a un interés genuino por la cartografía. Delia, por su parte, adapta rápidamente su sistema de gestos a la oscuridad casi permanente de los túneles, desarrollando nuevas señales que dependen más del tacto que de la vista cuando las velas escasean.
La espera se hace insoportable en un espacio tan reducido, donde no hay mercado que recorrer ni tarea externa que ofrezca distracción real más allá de organizar y reorganizar lo poco que trajimos.
—Deja de mirar hacia la entrada cada cinco minutos —comenta Delia, en uno de sus escasos momentos de comunicación verbal, reservados solo para ocasiones en que considera absolutamente necesario intervenir—. Vas a desgastar el túnel de tanto caminar.
—No estoy esperando nada en particular —miento, aunque la mirada que me dedica sugiere que no logro convencer a nadie, ni siquiera a mí misma.
Al quinto día, finalmente, el centinela que Sable colocó en la entrada principal da la señal acordada: tres golpes rápidos, pausa, dos más lentos. Corro hacia la superficie antes de que nadie pueda detenerme, y encuentro a Kael esperando bajo la nieve que empieza a caer con más fuerza que en días anteriores, con un morral pesado colgado del hombro y una expresión que mezcla alivio y cansancio en partes iguales. Tiene el rostro más delgado de lo que recordaba, como si las últimas jornadas le hubieran exigido más de lo que su cuerpo estaba dispuesto a ceder sin protesta.
—Pensé que quizás su Casa lo había descubierto —confieso, sin poder ocultar del todo el temblor en mi voz.
—Casi —admite, con una franqueza que no esperaba tan pronto—. Mi padre convocó a todos los Cazadores de rango para una reunión que se extendió tres días completos. Discutimos estrategias para reforzar la vigilancia en las rutas fronterizas, específicamente en respuesta al informe de Ronan sobre redes organizadas de fuga.
El estómago se me encoge ante la noticia.
—¿Sospechan de una ruta específica?
—Todavía no con precisión —responde, guiándome de vuelta hacia la entrada de las minas con pasos cautelosos—. Pero cada día que pasa, la ventana para cruzar sin ser detectados se cierra un poco más. Necesito que Sable decida pronto si acepta mi oferta.
Bajamos juntos hacia el túnel principal, donde Sable espera con los brazos cruzados y esa expresión evaluadora que reserva para cualquier situación que involucre riesgos que no puede controlar del todo. Iris nos sigue de cerca, habiendo insistido en acompañar a Kael esta vez, según explica, para verificar personalmente la calidad de los documentos antes de comprometer a nadie de la red en un plan defectuoso.
—Muéstreme lo que trajo —exige Sable, sin preámbulos innecesarios, apenas llegamos al túnel de almacenamiento.
Kael abre el morral y extrae un fajo de documentos cuidadosamente falsificados: pases de tránsito, certificados de identidad con nombres inventados, sellos que reproducen con precisión inquietante los originales de la administración fronteriza. El papel tiene el peso y la textura correctos, incluso el ligero olor a tinta oficial que cualquier funcionario fronterizo reconocería sin sospechar nada.
—Iris se encargó de la falsificación técnica —explica, mientras Sable examina cada documento con la meticulosidad de quien ha visto suficientes falsificaciones mediocres como para reconocer de inmediato una obra bien hecha—. Yo conseguí los sellos originales, prestados temporalmente de los archivos de mi Casa sin que nadie note su ausencia, al menos por ahora.
—¿Cómo consiguió acceso a sellos tan restringidos sin levantar sospechas? —pregunta Sable, sosteniendo uno de los documentos a la luz de una vela para examinar una marca de agua apenas visible.
—Rango tiene sus ventajas —responde Kael, con una media sonrisa irónica—. Como Cazador senior, tengo acceso rutinario a ciertos archivos que la mayoría del personal ni siquiera sabe que existen. Nadie cuestiona por qué reviso documentación fronteriza; forma parte de mi trabajo oficial rastrear rutas de escape potenciales.
—¿Cuántas personas puede cubrir este lote? —pregunta Sable, sin levantar la vista de los papeles.
—Ocho, quizás nueve si distribuimos bien las edades y descripciones —calcula Iris, señalando ciertos detalles en los documentos que Sable examina con renovado interés—. Suficiente para la mitad de su red, según lo que Kael me contó sobre el tamaño actual del grupo.
Sable levanta finalmente la vista, dirigiendo su atención directamente hacia Kael con una intensidad que no había mostrado hasta ahora.
—¿Por qué hace esto? —pregunta, formulando en voz alta la pregunta que probablemente todas nos hacemos desde el primer día que él decidió no entregarme—. No conozco a ningún Cazador dispuesto a arriesgar tanto por gente que su propia Casa considera desechable.