Decido, sin consultarlo con nadie, que no voy a quedarme sentada esperando mientras el reloj de la subasta de Iren avanza sin que ninguna de nosotras mueva un dedo por ella.
La idea se me ocurre en mitad de la noche, mientras el resto duerme y yo repaso mentalmente cada detalle que Sable mencionó sobre el protocolo de subastas: se celebran en la plaza central, frente al edificio del Censo, con al menos tres días de exhibición pública previa donde cualquiera puede acercarse a ver a los omegas registrados antes de la puja formal. Recuerdo mi propia exhibición, hace tres años, la sensación de miradas evaluándome como si fuera ganado de feria, y el estómago se me revuelve solo de imaginar a Iren pasando por lo mismo en este preciso momento. Si logro acercarme durante esa exhibición, quizás pueda averiguar algo útil: el estado de Iren, la vigilancia real que rodea el evento, alguna grieta en el sistema que Sable pueda aprovechar después.
No le cuento mi plan a nadie. Sé que Sable lo prohibiría de inmediato, y una parte de mí sospecha que tiene razón para hacerlo, pero el resto de mí ya no soporta la idea de abandonar a Iren sin siquiera intentar entender qué opciones nos quedan. Me visto en silencio, cuidando de no despertar a Mora, que duerme enroscada junto al fuego apagado con uno de sus hilos de colores todavía enredado entre los dedos.
Salgo antes del amanecer, aprovechando el cambio de guardia del centinela, vestida con las ropas más discretas que encuentro entre las provisiones compartidas de la red. El trayecto hacia la ciudad se siente distinto esta vez: cada paso cargado de un propósito concreto que no había sentido desde que empezó toda esta pesadilla, una mezcla de miedo y determinación que me mantiene alerta de una forma casi placentera después de tantos días de espera pasiva en los túneles.
La plaza central, cuando finalmente la alcanzo, está más concurrida de lo que esperaba a esta hora. Vendedores ambulantes ofrecen bebidas calientes a los curiosos que ya empiezan a congregarse frente al estrado de exhibición, y el ambiente entero tiene algo de mercado festivo que me revuelve el estómago, considerando lo que en realidad se está exhibiendo. Niños corren entre los adultos persiguiéndose unos a otros, ajenos por completo al horror que se despliega apenas unos metros más allá, y esa normalidad aparente resulta, de alguna forma, más perturbadora que cualquier gesto de crueldad abierta.
Me acerco lo suficiente para ver, entre la multitud, una fila de plataformas elevadas donde varios omegas registrados esperan, encadenados por muñecas a barandas decorativas que disimulan apenas la crudeza del propósito real. Cuento seis en total, cada uno con una placa pequeña colgada del cuello indicando edad, características físicas relevantes para potenciales compradores, y un número de registro que sustituye por completo cualquier nombre propio. Tardo un momento en localizar a Iren entre ellos, y cuando finalmente la reconozco, el corazón se me detiene por completo.
Está pálida, con el cabello sucio recogido en una trenza deshecha, y una expresión vacía que no reconozco en absoluto de la chica risueña que conocí en el refugio. Lleva puesto un vestido ceremonial que claramente no eligió, diseñado para exhibir su figura ante potenciales compradores como si fuera cualquier mercancía puesta a la venta. Sus manos, antes siempre manchadas de tinta por el trabajo constante con documentos falsos, ahora lucen limpias y pálidas, despojadas de cualquier rastro del oficio que la hacía tan valiosa para todas nosotras.
Contengo el impulso de correr hacia el estrado, sabiendo que cualquier movimiento brusco atraería atención que ninguna de las dos podemos permitirnos. En cambio, me mezclo entre la multitud, acercándome despacio, calculando cada paso con la misma cautela que aprendí a usar durante tres años de supervivencia constante.
—No debería estar aquí —murmura una voz junto a mi oído, y el susto me hace girar tan rápido que casi tropiezo con la persona que tengo detrás.
Es Kael, vestido con ropas civiles en lugar de su abrigo oficial de Cazador, con la capucha subida para disimular su rostro entre la multitud igual que yo intento hacer con el mío.
—¿Qué hace aquí, así vestido? —pregunto, con una mezcla de alivio y sorpresa que me cuesta ocultar.
—Sable me contactó hace una hora, en pánico total al descubrir que había desaparecido —responde, guiándome con suavidad hacia un rincón menos expuesto de la plaza—. Supuse de inmediato dónde encontrarla. Fue la única explicación que tuvo algo de sentido, considerando lo que representa Iren para usted.
La mención de Sable en pánico me llena de una culpa inmediata, aunque no me arrepiento del todo de haber venido.
—Necesitaba verla con mis propios ojos —confieso, sin apartar la mirada del estrado donde Iren permanece inmóvil, con la vista perdida en algún punto sobre las cabezas de la multitud—. Necesitaba saber si todavía había alguna posibilidad de ayudarla antes de que sea demasiado tarde.
Kael sigue mi mirada hacia el estrado, y algo en su expresión se endurece de una forma que no había visto antes en él, como si presenciar la escena en persona, con sus propios ojos y no a través de informes fríos, le confirmara algo que hasta ahora solo había considerado en abstracto a través de regulaciones y protocolos oficiales.
—La vigilancia durante la exhibición pública es más ligera de lo habitual —observa, con la mirada calculadora de un Cazador evaluando una situación táctica—. Solo cuatro guardias visibles, todos concentrados en evitar disturbios del público más que en prevenir un rescate real. Nadie espera que alguien intente algo tan directo en pleno día, frente a testigos. La verdadera seguridad se concentra el día de la puja formal, cuando el consejo entero asiste y cada Casa envía representantes para asegurar que el proceso se desarrolle sin incidentes.
—¿Está sugiriendo que podríamos rescatarla ahora mismo? —pregunto, con una esperanza repentina que me acelera el pulso de una forma completamente distinta al miedo de hace unos momentos.