Quedan diez días por delante.
Sable los marca en la pared de piedra del túnel principal con un trozo de carbón, una raya por cada amanecer que pasa desde la exhibición en la plaza. Cuatro rayas ya tachadas. Seis por delante, hasta la puja formal que decidirá el destino de Iren de una vez por todas.
El resto de la red ha adoptado una rutina distinta desde que empezamos a planificar el rescate en serio. Mora dejó de trenzar hilos de colores por las tardes, dedicando ese tiempo en cambio a memorizar, junto a Delia, las rutas de escape alternativas que Sable trazó sobre un mapa improvisado con tiza en el suelo del túnel de provisiones. Delia, por su parte, desarrolló un sistema de señales específico para la noche del rescate, gestos simples que cualquiera de nosotras podría interpretar incluso bajo presión extrema, incluso en la oscuridad casi total de los pasillos administrativos del Censo.
—Repasemos otra vez los turnos de guardia —pide Sable, extendiendo sobre la mesa astillada el mapa que Kael trajo hace tres días, dibujado de memoria con una precisión que sugiere años de entrenamiento formal en cartografía táctica.
Kael se inclina sobre el papel, señalando con el dedo cada punto marcado con una cruz diminuta.
—Cambio de turno a las seis, a las catorce, y a las veintidós —explica, repitiendo la información que ya nos ha dado al menos cuatro veces desde que empezamos a planificar esto—. El momento más vulnerable es el cambio de las veintidós, porque coincide con el relevo del personal administrativo del edificio del Censo. Durante quince minutos, aproximadamente, la vigilancia se reduce a la mitad mientras ambos turnos completan el papeleo de entrega.
—Quince minutos no es mucho margen para sacar a alguien de una celda vigilada —observa Sable, con el escepticismo profesional que la ha mantenido con vida tantos años.
—No necesitamos sacarla de la celda durante ese margen de tiempo —corrige Kael—. Necesitamos que ese margen coincida con el momento en que la trasladen hacia el área de preparación previa a la puja, que según el protocolo estándar ocurre la noche anterior a la subasta formal. Ahí es donde la vigilancia individual sobre cada omega se reduce, porque se concentran varias en un mismo espacio bajo supervisión colectiva en lugar de vigilancia personal constante.
—¿Cuántas guardias custodian esa área de preparación? —pregunta Iris, que se ha unido a la conversación con un cuaderno pequeño donde anota cada detalle relevante con una letra apretada y precisa—. Necesito saberlo para calcular cuánto tiempo real tendríamos antes de que noten alguna irregularidad.
—Dos guardias fijas, más una ronda adicional cada media hora —responde Kael, sin necesidad de consultar ninguna nota—. Las dos fijas suelen relajarse considerablemente hacia el final de su turno, especialmente si el grupo de omegas bajo custodia se muestra dócil y cooperativo, como exige el protocolo que aparenten estar entrenadas para comportarse.
Escucho la explicación por décima vez, memorizando cada detalle con la misma intensidad con la que memoricé alguna vez las rutas de escape del mercado nocturno, en otra vida que ahora parece infinitamente más simple y distante que esta.
—¿Y si la mueven antes de lo previsto? —pregunto, incapaz de contener la ansiedad que crece cada día que se acerca la fecha—. ¿Y si el protocolo cambia justo esta vez?
—Entonces improvisamos con lo que tengamos, como hemos hecho hasta ahora —responde Kael, con una calma que envidio profundamente—. Pero según toda la información que Iris y yo conseguimos reunir, no hay indicios de que planeen desviarse del procedimiento habitual. Ronan sospecha de una red organizada, pero no tiene pruebas concretas que justifiquen medidas extraordinarias sin arriesgar su propia credibilidad frente al consejo si resulta ser una falsa alarma.
Sable asiente, aunque su expresión conserva esa cautela permanente que aprendí a interpretar como respeto profesional más que desconfianza personal hacia Kael. En las últimas semanas, algo cambió entre ellos: ya no lo trata como una amenaza potencial que tolera por necesidad, sino como un aliado cuya competencia empieza a reconocer, aunque sin bajar del todo la guardia. A veces la sorprendo observándolo con una expresión pensativa, como si todavía tratara de reconciliar al Cazador que debería temer con el hombre que, noche tras noche, arriesga cada vez más por gente que su propia Casa considera desechable.
—Necesito confirmar quién entrará conmigo al edificio la noche del traslado —dice Sable, cambiando de tema con la eficiencia que la caracteriza—. Wren conoce mejor que nadie el diseño interior, gracias a su propia experiencia con la subasta, pero eso mismo la convierte en el rostro más reconocible si algo sale mal.
—Iré yo de todos modos —afirmo, antes de que nadie pueda argumentar lo contrario—. Conozco los pasillos, sé dónde suelen colocar a las omegas en preparación, y no voy a quedarme esperando fuera mientras otras arriesgan la vida por Iren en mi lugar.
—Es exactamente el riesgo que mencioné —insiste Sable, con la frustración de quien repite un argumento que sabe de antemano que perderá.
—Podríamos disfrazarla —sugiere Iris, sin levantar la vista de su cuaderno, pasando las páginas con la eficiencia de quien ya calculó varias opciones de antemano—. Un tinte temporal para el cabello, ropa distinta al estilo que suele usar en la red. No la haría irreconocible por completo, pero reduciría el riesgo de un reconocimiento inmediato si algún guardia llegó a verla de cerca durante su propia subasta hace años.
—Vale la pena intentarlo —cede Sable, aunque su tono conserva cierta resistencia residual—. Pero necesito que quede claro que, si en cualquier momento la situación se complica más allá de lo planeado, prioriza salir con vida antes que completar el rescate. Ya perdimos a Iren una vez. No pienso perderte a ti también por terquedad.