🎵🎶🎼🎹🎷🎺🎸🪕🎻🥁🎙️🎤🎧
(Intro)
(Inicializando sistema de análisis de feromonas y datos de manada)
(Patrón emocional detectado, procesado y reconfigurado por instinto)
Atención a la lectura de los hechos biológicos, el duelo y la tregua interior.
No es un insulto si es mi definición de casta y supervivencia.
(Verso 1)
Todo empezó en aquel septiembre gris,
cuando el diagnóstico rompió mi raíz.
Viendo tu cuerpo menguar sin pausa,
cuatro meses de un invierno sin causa.
Llegaste a tu final en enero, implacable,
el conocimiento médico fue un dolor incurable.
Sólo sirvió para anticipar tu final,
maldito bloqueo que me dejó sin señal.
(Estribillo)
La culpa me arrastra / Hacia el fondo oscuro / De este claustro de silencio / La culpa me arrastra / No hay perdón posible / Sólo este encierro voluntario en el búnker.
(Verso 2)
Cuando te fuiste cerré la puerta,
claustro de censura con la vida muerta.
Meses sin ver la luz del sol,
mis vecinos de arriba sin saber mi rol.
Si salgo son sólo pinceladas vagas,
un fantasma de omega que cruza y pagas.
Me enterré vivo por no saber darte
lo que pedías antes de marcharte.
(Puente)
(Tic tac, tic tac)
Sólo queda este silencio denso,
y el eco de lo que pudo ser intenso.
Mi mente autista no lo procesó a tiempo,
y ahora el claustro es mi refugio desierto.
Pero el bucle de la noche y el barro en las manos
rompieron las cadenas de mis falsos tiranos.
(Estribillo Final)
La culpa me arrastra / Hacia el fondo oscuro / De este claustro de silencio / La culpa me arrastra / No hay perdón posible / Sólo este encierro voluntario... hasta hoy.
(Outro)
Este claustro de silencio / Fue mi único hogar / Pero la caja cerrada y la puerta por cruzar / ya no exigen castigo, sino empezar a respirar.
Cierre de sesión. Apagando pantallas.
🎵🎶🎼🎹🎷🎺🎸🪕🎻🥁🎙️🎤🎧
EL BÚNKER, LA CAJA CERRADA Y LA TREGUA DEL OMEGA
La luz de las tres pantallas en el búnker de la primera planta ya no arrojaba ninguna sombra de urgencia sobre los extractos bancarios del Presidente Gamba ni sobre los misterios de la fregona fantasma de Doña Calamar. Tras la revelación en la plaza y el eco del bucle musical de los diez segundos, el tablero exterior se había desinflado.
Apagué el monitor del juego. Después, el de los archivos comunitarios.
Me quedé mirando el último documento pendiente en la pantalla central: la carpeta con el desglose de los 1.200 euros y las respuestas vacías del Gestor de Cartón. El pulso del F5, la rabia contra el vecindario, la necesidad imperiosa de demostrar que la jauría entera de alfas estaba equivocada... todo aquello se detuvo. No había vencido a nadie. No había emitido un veredicto definitivo contra el bloque. Simplemente, decidí que la partida de hoy había terminado.
Cerré el portátil.
Las pantallas se apagaron en riguroso silencio, devolviendo al estudio una penumbra limpia. Me levanté despacio, con las articulaciones rígidas y el recuerdo reciente del barro en las manos, y caminé hacia la habitación contigua. En el rincón, la caja cerrada con la ropa de mi madre seguía en su sitio, acumulando el peso invisible de los meses de encierro.
No la abrí. No encendí ninguna luz.
Me senté en el borde de la cama, respirando el aire espeso de este claustro que durante tanto tiempo había confundido con un castigo, y por primera vez en mucho tiempo, no sentí la obligación de resolver nada antes de que amaneciera. Mañana volverían las dudas, las facturas opacas y los rumores del rellano. Pero hoy, el único derecho que mi condición de omega herida me permitía reclamar era el de cerrar los ojos y dejar el expediente para mañana.
EL DIAGNÓSTICO: LA LOTERÍA QUE NADIE QUIERE GANAR
El día en que escuchas tres letras y descubres que el universo también tiene una sección de premios macabros. La poesía siniestra de recibir la sentencia de muerte en un paquete de oferta familiar, justo mientras las dos estábamos ingresadas entre aquellas cuatro paredes de concreto que más parecían un muro insuperable. Una comedia negra de primer nivel: a mí me trataban por mi anemia crónica y grave —esa batalla biológica que me persigue desde los 14 años y que me ha llevado al hospital más veces de las que quisiera recordar— con un médico que al menos parecía simpático y disimulaba el trámite, mientras al otro lado del pasillo a mi madre le tocaba la «doctora macabra» para entregarle la lotería que nadie pidió.
Dos camas, dos médicos, un contraste absurdo entre la calidez de utilería y la frialdad absoluta de quien te suelta la peor de las noticias sin ofrecerte una sola solución biológica que pudiera devolvérmela.
EL CLAUSTRO DE SILENCIO Y LA CONDENA MÉDICA
Cuatro meses para despedirse de una vida. Cómo se siente que el tiempo deje de medirse en estaciones y empiece a medirse en pérdidas; el humor negro de un calendario que sigue pasando páginas con total indiferencia mientras el mundo se derrumba. En septiembre llegó la sentencia de la ELA y, en ese invierno helado, vi a mi madre apagarse hasta su partida en enero. Cuando ella murió, cerré la puerta de casa, me alejé de todo y convertí mi hogar en un aislamiento de culpa y silencio.
Un año después, la misma doctora macabra que la atendió decidió "tratarme" imponiendo un protocolo absurdo que destrozó la protección de mi piel, para que meses más tarde otro especialista confirmara que era solo un nódulo inofensivo. El dolor y la negligencia calaron profundo, pero esta batalla no ha terminado: la quiero luchar y este claustro no será mi hogar para siempre.
Saber demasiado de medicina y biología no es un refugio; es una condena transparente. Habiendo estudiado la FP de enfermería y tras haber trabajado en la sanidad pública y en el psiquiátrico, la formación sanitaria no sirvió para salvarla, sino para descifrar el avance implacable de la ELA en mi madre sin poder hacer nada para detenerlo. El conocimiento no alivia el dolor; solo le da un lenguaje exacto a la impotencia y al despropósito.
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comedia, comedia absurda, comedia adulta y situaciones pervertidas
Editado: 27.10.2026