##: El Cántico de las Mareas**
La brisa salada del océano se colaba entre las grietas de las viejas casas de madera, trayendo consigo el aroma del agua y un eco lejano, extraño, como una melodía que nunca antes había escuchado. Izan, sentado al borde del muelle, sintió un escalofrío recorrer su espalda. Las olas parecían bailar bajo la luz de la luna, pero había algo más en su movimiento, algo que no podía comprender.
Esa noche no era como las demás. El océano parecía vivo en formas que desafiaban su entendimiento. Las aguas brillaban con destellos verdes y azules, como si las estrellas del cielo hubieran decidido refugiarse en las profundidades. Izan se levantó con cautela, sus botas desgastadas resonando en la madera húmeda. A cada paso, el canto se hacía más claro, resonando en el aire como un susurro mágico.
*"¿Acaso es...?"* pensó, mirando a su alrededor. Nadie más parecía estar allí. El pueblo, dormido bajo el manto de la noche, ignoraba el extraño espectáculo que se desplegaba frente al joven.
Entonces lo vio. Entre las redes olvidadas, atrapado como un prisionero, un ser inmenso se movía con dificultad. Sus escamas brillaban como espejos fragmentados bajo la luz de la luna. Era un dragón. Un dragón de mar. Izan sintió que su pecho se llenaba de miedo y asombro. Los relatos de su abuela cobraban vida frente a él, pero ninguno había preparado su corazón para el momento.
Sin pensarlo demasiado, corrió hacia la criatura. Cada paso parecía más difícil que el anterior, como si las mismas olas quisieran detenerlo. Finalmente, llegó. Extendió una mano temblorosa, sintiendo el frío del agua y el roce de las escamas. El dragón levantó la cabeza, sus ojos como abismos profundos, mirándolo directamente. Era un juicio. Izan sintió que el tiempo se detenía.
*"No me temas,"* murmuró, aunque no estaba seguro de que la criatura pudiera entenderlo. Comenzó a trabajar en las redes, usando su cuchillo pequeño para liberarlas. Cada fibra rota era un paso más hacia lo desconocido.
El dragón se agitó, liberando finalmente su cola con un golpe que rompió las aguas. Izan retrocedió, empapado pero sin apartar la mirada. La criatura lo observó por un largo momento, antes de emitir un canto bajo, profundo, que resonó en el pecho del joven como un tambor antiguo.
*"¿Qué eres?"* quiso preguntar, pero las palabras se perdieron en la brisa nocturna. El dragón, libre pero aún herido, se hundió lentamente en el agua. Las ondas verdes y azules lo siguieron, como si el océano mismo se cerrara tras él.
Izan quedó solo en el muelle, con las manos temblando y el canto grabado en su mente. Algo dentro de él había cambiado, y sabía que aquella noche era solo el principio de algo mucho más grande.
Izan permaneció allí, inmóvil, observando cómo las aguas se calmaban. El reflejo de la luna se deslizaba suavemente sobre la superficie, pero el mundo ya no era el mismo para él. Su respiración era pesada, entrecortada, como si el aire salado pesará más de lo normal. El recuerdo del dragón, sus ojos como abismos, seguía latiendo en su mente, un tambor que no podía silenciar.
*"Esto no puede ser real,"* pensó, llevándose las manos al rostro aún mojado por las olas. El cuchillo seguía firme en su mano derecha, el filo romo y oxidado, testigo mudo de lo que acababa de suceder. Pero el canto... Ese canto seguía ahí, resonando en su pecho como si las aguas lo hubieran tatuado en su alma.
Dio un paso hacia atrás, tropezando con un cubo vacío que alguien había dejado en el muelle. El golpe lo devolvió a la realidad. Tenía que hacer algo. No podía guardar esto solo para sí. La abuela siempre hablaba de los dragones como criaturas legendarias, símbolos de poder y protección, pero ¿por qué estaba herido? ¿Quién lo había atrapado? Y, más importante aún, ¿por qué lo había mirado como si lo conociera?
Con esas preguntas golpeándole la mente, Izan corrió de vuelta al pueblo. Las calles estaban desiertas, apenas iluminadas por las lámparas de aceite que colgaban de los postes. Las sombras se alargaban, danzando con el viento, y un extraño nerviosismo creció en su interior. No estaba seguro de qué buscaba, pero sus pasos lo llevaron directamente a la cabaña de su abuela.
La puerta rechinó al abrirse, y la figura encorvada de la mujer lo recibió desde su rincón habitual junto al fuego. La luz de las llamas bailaba en sus ojos cansados, pero cuando Izan se acercó, vio cómo algo despertaba en su mirada.
—Izan, ¿qué ocurre? —preguntó ella, dejando a un lado la taza de té que sostenía entre sus manos huesudas.
—Abuela... yo... lo vi. Era real. Un dragón de mar. —La voz de Izan salió atropellada, sus palabras chocando entre sí. Tomó aire, intentando calmarse—. Estaba atrapado en las redes. Lo liberé, pero...
La mujer se inclinó hacia adelante, con una intensidad que rara vez mostraba. Sus dedos temblorosos tocaron el brazo de su nieto.
—¿Te habló? —susurró, casi con reverencia.
Izan negó con la cabeza. —No con palabras, pero... su mirada, abuela. Había algo en sus ojos. Era como si... como si supiera algo sobre mí, algo que yo mismo no entiendo.
La abuela se levantó lentamente, apoyándose en su bastón. Sus labios murmuraron palabras que Izan no pudo entender, una oración o una invocación perdida en el tiempo. Finalmente, habló.
—El canto ha comenzado. Si lo escuchaste, si lo viste... entonces el océano te ha escogido. Pero debes tener cuidado, Izan. Los dragones no aparecen sin motivo. Algo está por venir, algo grande y peligroso. Debes estar preparado.
El joven tragó saliva, sintiendo el peso de esas palabras. "Escogido". No sabía lo que significaba, pero el frío que recorrió su espalda le dijo que no sería algo sencillo. La abuela comenzó a buscar entre los viejos cofres que guardaban reliquias y recuerdos del pasado. Finalmente, sacó un colgante de plata con la forma de un círculo, grabado con extraños símbolos que parecían danzar a la luz del fuego.