Prohibido enamorarse del hermano de mi ex

Capítulo 1: Operación Aguacate

La regla número uno para infiltrarse en la fiesta de compromiso de tu exnovio —el mismo que te dejó por mensaje de voz mientras estabas en el dentista con la boca dormida— es pasar desapercibida.

La regla número dos es no llevar puesto un vestido de lentejuelas prestado que te queda dos tallas más pequeño y que amenaza con disparar un botón a la velocidad del sonido cada vez que respiras hondo.

Valentina había roto ambas reglas antes de siquiera cruzar el jardín de la mansión Montenegro.

—Respira por las branquias, Val, tú ni siquiera tienes branquias, solo mete la panza —murmuró para sí misma, ocultándose detrás de un arbusto podado con la forma de un cisne bizco.

A través de las ramas de mirto, el jardín parecía el escenario de un comercial de perfume caro. Había violines tocando versiones instrumentales de canciones pop, camareros con guantes blancos sosteniendo bandejas de champán y, en el centro de todo, una fuente de hielo esculpida con las iniciales «A & C»: Alejandro y Camila.

Valentina no estaba allí por despecho. Bueno, tal vez un diez por ciento por despecho, un veinte por ciento porque su amiga Carla le había apostado cincuenta dólares a que no se atrevía, y un setenta por ciento por una emergencia de vida o muerte: recuperar a Míster Pantuflas.

Míster Pantuflas no era un gato ni un perro. Era un disco duro externo con forma de aguacate sonriente.

Ahí guardaba el único original de «Brisa Esmeralda», el proyecto arquitectónico de su vida, ese que Alejandro ya había empezado a presumir como suyo. Y también una carpeta oculta titulada «Cosas que jamás deben ver la luz del sol», con fotos suyas de la adolescencia con flequillo cortado con tijeras de cocina y trece cartas dramáticas escritas una noche después de beber demasiado vino barato.

Cuando Alejandro le devolvió sus cosas en una caja de cartón la semana pasada, el aguacate plástico brillaba por su ausencia. Y como él había bloqueado su número para «evitar vibras negativas antes de su boda exprés», a Valentina no le había quedado más remedio que recurrir al espionaje táctico.

—Objetivo visualizado —susurró, ajustándose el bolso de mano donde llevaba un destornillador pequeño, tres horquillas para el pelo (porque en las películas siempre abrían puertas con eso, aunque ella ni siquiera sabía cómo funcionaba una cerradura) y un paquete de galletas saladas por si le daba bajón de azúcar a mitad del robo.

Salió detrás del cisne de arbusto intentando caminar con la elegancia de una espía internacional, pero el tacón de su zapato derecho tenía otros planes: se hundió cinco centímetros en el césped recién regado. Valentina dio un traspié hacia adelante, agitó los brazos intentando no caer de bruces sobre una mesa de quesos importados y se agarró de lo primero que encontró.

Lo primero que encontró resultó ser el brazo impecablemente enfundado en un esmoquin negro de un desconocido.

El sonido de una costura rindiéndose ante la presión resonó entre las notas del violín. ¡Riiip! No fue el esmoquin de él; fue la tira izquierda del vestido de lentejuelas de Valentina.

Con un reflejo veloz, se llevó una mano al escote para evitar un espectáculo gratuito a la alta sociedad, mientras con la otra seguía colgada del bíceps del extraño, con un pie descalzo en el aire y el zapato clavado en el barro como la espada Excalibur.

—Buenas noches —dijo una voz grave, con ese tono de diversión contenida que solo usan los hombres que saben que tienen una sonrisa demasiado perfecta—. Normalmente espero al segundo trago antes de que las invitadas intenten arrancarme la ropa, pero admiro la iniciativa.

Valentina alzó la vista. El desconocido medía por lo menos metro ochenta y cinco, tenía el cabello oscuro ligeramente despeinado, unos ojos grises que brillaban con pura malicia burlona y sostenía dos copas de champán que, por algún milagro de la física, no habían derramado ni una sola gota sobre su camisa blanca.

—No intentaba arrancarte la ropa —replicó Valentina con toda la dignidad que puede tener alguien que está parada en una sola pierna como un flamenco averiado—. Estaba comprobando la resistencia del césped. Soy… inspectora paisajista. El drenaje de esta zona es pésimo.

La burla desapareció de los ojos de él por un segundo, y su voz bajó varios grados.

—Mientes mal. En mi mundo, eso es un defecto grave.

Luego la sonrisa ladeada regresó, como si nada.

—Aunque lo haces con estilo. ¿Y el zapato enterrado es parte del protocolo de medición? —preguntó, bajando la mirada hacia el tacón plateado que asomaba entre la hierba.

—Es un instrumento de precisión. Muy técnico, no lo entenderías.

—Por supuesto que no. Soy un simple mortal —él se inclinó ligeramente, le tendió una de las copas de champán para que la sostuviera con su mano libre y, con una calma exasperante, sacó el zapato del barro con dos dedos y lo dejó frente a ella—. Sebastián Montenegro. El hermano del novio. El que pagó por este césped de pésimo drenaje.

Valentina sintió que el alma se le caía a los pies y rebotaba. ¿El hermano mayor de Alejandro? ¿El famoso Sebastián que vivía en el extranjero dirigiendo no sé qué empresa financiera y del que Alejandro hablaba como si fuera el mismísimo emperador del hielo? No parecía de hielo; parecía alguien que se estaba divirtiendo muchísimo a su costa.




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