Prohibido enamorarse del hermano de mi ex

Capítulo 2: Cómo salir de un ataúd de madera (y caer en las garras del diablo)

Si alguien le hubiera dicho a Valentina que su epitafio sería «Murió asfixiada en un mueble rústico mientras sonaba un éxito veraniego de los noventa», habría exigido que le devolvieran el dinero de su seguro de vida.

Y ahí estaba, dentro del baúl, mientras «La Macarena» seguía sonando a todo volumen desde su bolso.

La oscuridad era absoluta y el espacio estaba diseñado para guardar mantas de invierno, no a una arquitecta de metro sesenta y ocho con un vestido de lentejuelas a punto de estallar. Valentina intentó girar el torso para alcanzar el bolso que había quedado atrapado bajo su cadera derecha, pero su rodilla chocó contra la tapa con un golpe sordo.

Afuera, el sonido de los besos húmedos y las risitas empalagosas se detuvo en seco.

—¿Qué fue eso? —preguntó la voz chillona de Camila—. ¿Tu teléfono tiene ese timbre tan ordinario, Alejandrito?

—Por supuesto que no, mi amor. Sabes que el mío solo reproduce música de cámara —respondió Alejandro con ese tono engolado que usaba cuando quería sonar como un aristócrata europeo y no como un tipo que todavía le pedía dinero prestado a su madre para pagar el seguro del coche—. Viene de… ¿el baúl del abuelo?

Valentina logró meter la mano en el bolso a ciegas, palpó el paquete de galletas saladas (que quedaron reducidas a polvo), rozó el plástico frío de Míster Pantuflas y finalmente presionó el botón lateral de su móvil con tanta fuerza que casi se disloca el pulgar.

Silencio.

Pero ya era demasiado tarde. Los pasos de Alejandro se acercaban por la alfombra hacia la esquina del estudio. Valentina cerró los ojos, contuvo el aliento y preparó su discurso de defensa: diría que estaba jugando al escondite extremo, le lanzaría el paquete de galletas trituradas a la cara y saltaría por la ventana, aunque se rompiera tres costillas sobre los rosales de la señora Montenegro.

El sonido de los dedos de Alejandro rozando el pestillo metálico del baúl le congeló la sangre.

Y entonces, la puerta del estudio se abrió de golpe.

—Alejandro.

La voz de Sebastián cortó el aire del despacho como un bisturí de acero helado. No había tenido que gritar; tenía esa autoridad natural e intimidante que hacía que todo el mundo en una habitación se pusiera firme por puro instinto de supervivencia.

—¿Sebastián? —Alejandro retiró la mano del baúl tan rápido como si la madera quemara—. ¿Qué haces aquí arriba? Pensé que estabas en el jardín hablando con los socios del banco.

—Estaba. Hasta que el jefe de meseros me informó que el champán francés que pediste para el brindis sigue encerrado en la cava porque perdiste la llave.

A través de una diminuta rendija en la unión de la madera, Valentina vio los zapatos italianos de Sebastián detenerse justo en el centro de la habitación. Llevaba las manos en los bolsillos del pantalón del esmoquin, la chaqueta desabrochada y una expresión de aburrimiento letal.

—Y madre está a tres minutos de sufrir un colapso nervioso frente al gobernador porque el novio desapareció a mitad de su propia fiesta.

—¡Ay, Alejandrito, tu mamá me va a odiar si cree que fue mi culpa! —gimoteó Camila, acomodándose el vestido blanco de encaje—. Vamos ya mismo, el brindis tiene que salir en las historias de mis amigas antes de las diez.

—Sí, sí, ya voy —Alejandro miró de reojo hacia el baúl con el ceño fruncido—. Es solo que juraría haber escuchado una música rarísima saliendo de esa caja…

—Es la acústica de los conductos de ventilación —mintió Sebastián sin que se le moviera un solo músculo de la cara—. El personal de limpieza tiene una radio encendida en el sótano y el sonido sube por la pared norte. Lleva pasando desde que éramos niños, Alejandro, pero supongo que nunca pasas suficiente tiempo en el estudio trabajando como para notarlo.

El golpe bajo fue tan elegante que Valentina tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada dentro de su ataúd de cedro.

—Trabajo muchísimo, Sebastián, que te quede claro —bufó Alejandro con el orgullo herido, tomando a su prometida de la cintura—. Mañana mismo en la junta directiva vas a ver el proyecto del nuevo complejo hotelero que preparé. Te vas a tragar tus palabras.

Valentina sintió un vuelco en el estómago. ¿El proyecto del nuevo complejo hotelero que él preparó? ¡Ese infeliz descarado hablaba de su diseño! ¡Del hotel ecológico con jardines colgantes que ella había pasado cuatro meses dibujando hasta las tres de la madrugada mientras él jugaba a la consola!

—Me muero de ganas de que me deslumbres, hermanito —dijo Sebastián con un sarcasmo tan fino que pasó volando por encima de la cabeza de Alejandro—. Ahora baja antes de que madre suba a buscarte con el micrófono en la mano. Yo cerraré el estudio con llave.

Esperó a que los pasos apresurados de la parejita feliz se perdieran escaleras abajo. Luego, con toda la calma del mundo, Sebastián cerró la puerta del despacho, giró el seguro y caminó hacia la esquina.

El pestillo metálico se levantó con un clic y la pesada tapa de madera se abrió de par en par.

La luz cálida del estudio inundó el interior. Valentina parpadeó como un búho encandilado. Estaba hecha un ovillo, con las piernas dobladas en un ángulo antinatural, el pelo alborotado, el tirante izquierdo del vestido sujeto con los dientes para no quedar en ropa interior y el bolso aplastado contra el pecho.




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