Fabián.
Yo tenía una teoría muy sólida sobre la vida: todo problema humano podía resolverse con tres cosas, un buen diagnóstico, un antiinflamatorio y la puerta de salida siempre despejada.
Esta última era, por mucho, la más importante.
—Doctor Ríos, el paciente de la cama cuatro dice que usted le prometió que le iba a dar el alta hoy —dijo la enfermera Lupita sin levantar la vista del expediente, con ese tono que usan las enfermeras cuando ya saben que vas a mentir.
—Yo no prometo nada, Lupita. Yo sugiero posibilidades.
—Usted le dijo textualmente: «Mañana a esta hora estará en su casa comiendo tacos».
—Eso es un pronóstico optimista, no una promesa. Hay una diferencia legal.
—¿Legal?
—Moral. Probablemente moral.
Lupita levantó una ceja. Tenía cuarenta y seis años, dos hijos adolescentes, un exmarido insoportable y una capacidad sobrenatural para ver a través de las excusas de los hombres. Llevaba seis años trabajando conmigo, y en ese tiempo había aprendido que yo era el mejor médico del Hospital San Gabriel y el peor espécimen humano en lo que a compromisos se refiere. Ella misma me lo había dicho. Dos veces. Una de ellas con un pastel de por medio.
—Usted tiene un problema, doctor.
—Tengo muchos, pero ninguno que no se resuelva con un café y una buena escapatoria. ¿Cuál me preocupa hoy?
—Que el paciente de la cuatro tiene fiebre. Y que la señora de la cinco quiere casarlo con su hija.
Me detuve en seco en medio del pasillo, con el estetoscopio colgando del cuello y la bata impecablemente blanca. Me giré con lentitud.
—¿Cómo que casarme?
—Dice que usted le salvó la vida a su mamá hace dos años y que en su pueblo eso equivale a una propuesta de matrimonio. Trajo a la muchacha. Está en la sala de espera con un vestido azul y un tupper de enchiladas.
—Dios mío.
—Yo que usted no iría por ahí.
—Lupita —dije, sacando el celular con la urgencia de quien desactiva una bomba—, necesito que me cubras. Me duele algo. La pierna. La izquierda. Una trombosis, probablemente.
—Usted no tiene trombosis. Usted tiene pánico.
—Es una forma de trombosis emocional. ¡Existe! Lo leí en… un lugar.
Lupita suspiró con la resignación de una santa que lleva años pagando los pecados de otros.
—Salga por la puerta de urgencias. Yo le digo a la muchacha que se fue a una cirugía.
—Te debo la vida.
—Me debe tres aumentos, dos días libres y un peluche que le prometió a mi hija.
—Te los pago con intereses.
—Usted dice eso siempre.
Le planté un beso rápido en la mejilla, le guiñé un ojo y me esfumé por el pasillo a una velocidad que, en términos clínicos, merecería un estudio. Atravesé urgencias, esquivé a un camillero, saludé a un residente como político en campaña y salí al estacionamiento sintiéndome, una vez más, el hombre más libre del universo.
Respiré hondo. El aire olía a gasolina, a lluvia reciente y a victoria.
—Otro día, otra boda evitada —murmuré, y me subí al coche.
Porque ese era el asunto conmigo. Tenía treinta y cuatro años, una carrera brillante, un departamento de soltero con vista a la ciudad, una colección de camisas perfectamente planchadas y exactamente cero intenciones de que alguien me pidiera compartir el clóset.
No me considero mal tipo. Esa es la parte que desconcierta a todos. No mentía descaradamente, no prometía lo que no pensaba cumplir (a menos que fuera un pronóstico optimista) y no engañaba a nadie con falsas esperanzas. Desde la primera cita lo dejaba todo claro con una frase que me sabía de memoria, como un anuncio de aerolínea:
*«Mira, yo soy un hombre muy honesto, así que te lo digo de una vez: no busco nada serio».*
Y las mujeres, en general, asentían con una sonrisa comprensiva, de esas que significan «yo soy diferente» y que en realidad significan «ya veremos».
Mi mejor amigo, Mateo, me llamaba «el doctor Huida». Mi hermana Valeria me llamaba «un caso perdido con título universitario». Mi madre, doña Rosario, había dejado de preguntarme por nietos y ahora solo prendía veladoras con una intensidad que, francamente, me resultaba un poco amenazante.
Pero yo tenía mis razones. O eso me decía.
Crecí viendo a mis padres discutir durante veinte años por quién había dejado el pan fuera del refrigerador. Vi a Mateo pasar de ser un hombre alegre y despreocupado a convertirse en un zombi sonámbulo que hablaba exclusivamente de pañales, fórmulas y precios de guarderías. Atendí en urgencias a tantos padres de familia con cara de no haber dormido desde 2019 que llegué a una conclusión científica: los hijos eran, en términos médicos, un diagnóstico irreversible.
Por eso, a los veintiocho años, redacté mi famoso **Código Ríos**.
Está escrito a mano en el reverso de una receta médica vieja, enmarcado en la pared de mi cuarto, y dice así:
> **REGLAS DE FABIÁN RÍOS**
> **1.** Prohibido enamorarse.
> **2.** Prohibido tener hijos.
> **3.** Prohibido dormir en casa ajena más de una noche (el apego se contagia).
> **4.** Prohibido presentarle a mi mamá a cualquier persona de sexo femenino.
> **5.** Si falla todo lo anterior, huir.
La número cinco, lo admito, es más una estrategia que una regla. Pero siempre me pareció la más sensata.
Esa noche de viernes me arreglaba frente al espejo con la concentración de un cirujano antes de una operación de alto riesgo. Camisa negra, perfume discreto pero con personalidad, el cabello despeinado con un descuido que me había costado diez minutos de planeación.
—Estás guapísimo —le dije a mi reflejo.
—Y modesto —respondió una voz desde la puerta.
Pegué un brinco, solté un grito agudo que habría avergonzado a un violinista y casi me estrello contra el espejo.
—¡Mateo! ¡Te dije que no entraras sin tocar!
—Toqué. Tres veces. Estabas hablando con tu reflejo, así que supuse que estabas ocupado.