Fabián Ríos.
Lo primero que supe al despertar fue que no estaba en mi cama.
Lo supe porque mi cama no huele a trementina, mi cama no tiene un sol tan descarado entrando por una claraboya del tamaño de un campo de fútbol, y sobre todo, mi cama no está custodiada por un caballete que me miraba con aire de juez.
Abrí un ojo. Luego el otro. Luego los cerré, por si acaso la realidad se arrepentía.
No se arrepintió.
Estaba en un loft inmenso, de techos altos y paredes de ladrillo, lleno de lienzos apoyados contra todas las superficies disponibles. Había tubos de pintura tirados como casquillos de bala, trapos manchados de colores imposibles y una pila de platos en el fregadero que parecía tener vida propia y derechos laborales. Yo yacía en una cama enorme, enredado en sábanas que alguna vez fueron blancas, con un dolor de cabeza que latía al ritmo de un tambor de guerra.
Y en la almohada de al lado, donde debería haber estado una mujer, había un pincel.
Uno solo. Con la punta teñida de verde.
*Regla número tres*, pensó mi cerebro, con la voz de un contador que acaba de descubrir un fraude. *Prohibido dormir en casa ajena más de una noche.*
Técnicamente, era una sola noche. Pero amanecer era el problema. Amanecer es donde el apego se contagia. Es una cuestión epidemiológica.
Me incorporé con cuidado, como quien desactiva una mina. Mi ropa estaba repartida por el suelo con una distribución que habría interesado a un forense: la camisa negra sobre un banquillo, un calcetín en una maceta, el pantalón colgado de una escultura que, por su aspecto, representaba el sufrimiento humano o un perchero muy ambicioso.
Olía a whisky. Mucho. Mi pantalón olía como un barril con complejo de abandono.
—Bien —susurré—. Plan de evacuación. Fase uno: ropa. Fase dos: puerta. Fase tres: nunca más volver a pensar en esto.
Me vestí en silencio, con la sigilosa dedicación de un ladrón de joyas. Me puse el pantalón, la camisa, un calcetín. El otro no aparecía. Gateé por el suelo buscándolo, con la dignidad de un perro que ha perdido su hueso, hasta que lo vi asomando debajo de un caballete.
Estiré la mano. Lo agarré. Me incorporé con la victoria en la cara.
Y mi pie derecho, descalzo todavía, aterrizó con una precisión quirúrgica en el centro exacto de una paleta de pintura azul cobalto que alguien había dejado en el suelo con la inocencia de una trampa para osos.
*Splat.*
El sonido fue suave, húmedo y profundamente traicionero.
Resbalé. Mi pie se deslizó hacia delante con vida propia, mi cuerpo trató de compensar girando como un bailarín de ballet en su peor noche, y me agarré a lo primero que encontré: la escultura del perchero del sufrimiento humano. Se tambaleó. Yo me tambaleé. Nos tambaleamos juntos, en una danza breve y trágica, hasta que ambos nos detuvimos, milagrosamente, en equilibrio.
Respiré. Nadie había muerto. Mi dignidad sí, pero eso ya venía de antes.
—Tu técnica de huida necesita trabajo.
Me quedé congelado. Despacio, muy despacio, giré la cabeza.
Clara estaba sentada en la encimera de la cocina, con las piernas colgando, una taza de café entre las manos y una camiseta enorme que le llegaba a medio muslo, cubierta de manchas de todos los colores del arcoíris. Tenía el cabello hecho un desastre glorioso, la cara sin una gota de maquillaje y la expresión de una espectadora de primera fila en un espectáculo que había pagado con gusto.
—¿Cuánto llevas ahí? —pregunté.
—Desde la parte en la que te arrastraste por el suelo buscando el calcetín. —Bebió un sorbo—. Fue conmovedor. Casi te ofrezco un hueso.
—Yo… estaba haciendo ejercicio.
—¿A las siete de la mañana?
—Soy muy disciplinado.
—Dejaste una huella azul en mi piso de madera.
Miré hacia abajo. En efecto, un pie azul cobalto perfectamente delineado decoraba el suelo, y otros tres pasos más dejaban un rastro hasta donde yo estaba, como la escena de un crimen cometido por un pitufo.
—Lo limpio ahorita.
—No te atrevas. —Bajó de un salto de la encimera, se acercó y se agachó frente a la huella con la seriedad de un crítico en un museo—. Es perfecta. Mira el degradado del talón. Mira la presión en el arco. Esto es arte involuntario.
—Es un pie.
—Es **tu** pie, lo que lo hace peor y mejor al mismo tiempo. —Se incorporó y me sonrió con una malicia deliciosa—. Esto va a ir en la próxima exposición.
—Ni se te ocurra.
—Título tentativo: *Hombre en fuga, con calcetín*.
—Clara.
—O quizá: *Whisky derramado sobre las ilusiones de un médico*. Esa me gusta más. Tiene un tono dramático.
—Las ilusiones están intactas.
—Claro. Por eso estabas sacando los calcetines a escondidas. —Me tendió la taza que traía—. Toma. Es café. Solo tiene un cincuenta por ciento de probabilidad de ser café de verdad. El otro cincuenta es lo que quedó en el fondo de la cafetera de ayer.
Lo tomé. Estaba amargo, tibio y extrañamente delicioso.
—Gracias.
—De nada. Y relájate, doctor Ríos. —Se cruzó de brazos con una tranquilidad que me desarmó—. No voy a pedirte que te quedes a desayunar, ni que me llames, ni que conozcas a mis padres. Hicimos un trato. Yo cumplo mis tratos.
—Yo también.
—Perfecto.
—Perfecto.
Nos quedamos mirándonos en silencio. Un silencio incómodo, de esos que tienen más peso que una conversación entera. En algún lugar de la ciudad, un camión de basura pasó con estrépito. Un pájaro cantó en la claraboya. Mi pie azul seguía goteando sobre el piso.
—Bueno —dije, aclarándome la garganta—. Me tengo que ir. Tengo guardia a las nueve.
—Claro. Médico. Vidas que salvar.
—Huesos que acomodar.
—Qué heroico.
—Gracias.
Me dirigí a la puerta, o más bien intenté dirigirme, porque con un pie azul y otro con calcetín mi caminar tenía el atractivo de un pingüino herido.
—Fabián.