Prohibido los niños.

Capítulo 3: Dos rayitas y un ataque de pánico profesional.

Clara Del Valle.

Hay momentos en la vida de una mujer en que el universo le entrega un objeto de plástico del tamaño de un bolígrafo y le dice: «Tu futuro está aquí adentro. Buena suerte».

Yo estaba sentada en el borde de mi bañera, con el pantalón de pijama de patitos puesto al revés, tres pruebas de embarazo alineadas sobre el lavabo como un pelotón de fusilamiento y un gato obeso llamado Mostaza mirándome desde la puerta con el desprecio de un juez de la Corte Suprema.

—No me mires así —le dije—. Esto no es mi culpa.

Mostaza parpadeó lentamente. Es un gato que parpadea con mucha carga moral.

—Bueno, es un cuarenta por ciento mi culpa. Pero el sesenta es del whisky. Y del pincel. Y de él, por tener esa cara de tipo que se cae en los bares con elegancia.

Mostaza bostezó. Interpreté eso como una sentencia condenatoria.

Volví a mirar las pruebas. Las tres decían lo mismo, en tres idiomas visuales distintos: una con dos rayitas, otra con una cruz y la tercera con una palabra digital que decía **«EMBARAZADA»** en mayúsculas, como si me estuviera gritando.

—Esa es la que más me ofende —murmuré—. Es innecesario el tono.

Lo primero que hice, siendo una mujer inteligente y creativa, fue negar la evidencia científica.

Hice pipí en un cuarto vaso. Compré una cuarta prueba. Luego una quinta, de otra marca, por si las primeras tres estaban en una conspiración. Llevaba dos horas en este protocolo cuando me di cuenta de que mi baño parecía el laboratorio de un científico demente y que yo estaba, literalmente, interrogando a un palito.

—Bien —dije, poniéndome de pie con una dignidad que nadie me había pedido—. Pensemos. Soy una mujer adulta. Soy una artista reconocida. He sobrevivido a críticos de arte, a exnovios y a una exposición en la que alguien confundió mi obra maestra con un mueble. Puedo con esto.

Mi estómago, en ese preciso momento, emitió un sonido que mi abuela habría descrito como «un exorcismo».

—No —dije—. No, no, no, no…

Corrí hacia el inodoro. Lo que siguió no lo describiré, por respeto a ustedes y a mi reputación artística, pero baste decir que Mostaza abandonó la habitación con un gesto de asco olímpico y que yo, abrazada a la porcelana, tuve una revelación espiritual.

*Ah. Eso eran las náuseas de la semana pasada. No era el camarón. Era el camarón y el destino.*

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Llevaba tres semanas ignorando los síntomas con una creatividad admirable. El cansancio, lo atribuí a la exposición. El mareo, al vino. Las ganas de llorar al ver un comercial de yogur, a la sensibilidad artística. El hecho de que oliera la pintura al óleo con la intensidad de un sabueso y quisiera vomitar con cada tubo, a «una etapa de transición estilística».

Mi mejor amiga, Renata, me había mirado hacía una semana con los ojos entrecerrados.

—Estás verde.

—Es mi nueva paleta.

—Estás verde y comiste cuatro pepinillos con helado de vainilla en mi casa.

—Es un maridaje de vanguardia.

—Clara. —Se había inclinado con la solemnidad de una detective—. ¿Cuándo fue tu última regla?

Y yo, que podía recordar con exactitud la fecha en que Picasso pintó el *Guernica*, me quedé mirando al techo sin poder responder.

—Ay, no —dijo Renata.

—No.

—Ay, no, no, no.

—Es el estrés.

—Ay, Dios mío.

—Es el pepinillo.

Esa noche compré la primera prueba. Fue el inicio del fin.

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Ahora, de vuelta en mi baño, con la cara pálida y la dignidad por los suelos, llamé a la única persona a la que podía llamar en una emergencia semejante.

—¿Bueno? —contestó Renata, con la boca llena de algo.

—Estoy embarazada.

Se oyó un estruendo. Luego un grito. Luego algo que sonó como una olla cayendo al suelo y un alma abandonando un cuerpo.

—¿¡QUÉ!?

—Estoy embarazada. Son cinco pruebas. Tres dicen que sí. Dos fallaron porque se me cayeron al inodoro. Creo que las dos que cayeron también dicen que sí, pero no pienso averiguarlo.

—¿¡Y de quién!?

—¡Renata!

—¡Perdón! ¡Es la costumbre! ¿De quién?

—Del médico.

—¿Qué médico?

—El médico. El del bar. El del pie azul.

Silencio absoluto.

—¿El que se tiró whisky en los pantalones?

—Ese mismo.

—¿El que dijo que no quería nada serio?

—Ese mismo.

—¿El de la sudadera de «el arte es una enfermedad»?

—¡Renata, sí, ese! ¡Deja de enumerar mis errores!

—Es que son tantos que me gustaría anotarlos.

—No te estoy pidiendo un análisis, te estoy pidiendo apoyo emocional.

—Está bien. Está bien. Respira. —Se oyó un ruido de masticación—. Estoy en camino. Voy a llevar helado. ¿Qué sabor?

—No quiero helado.

—Es para mí. Yo también estoy en shock.

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Renata llegó en veinte minutos, con una bolsa de supermercado que contenía helado, galletas, una bolsa de papas, una lechuga («por si acaso quieres ser responsable»), un libro titulado *Embarazo para principiantes* que, por supuesto, no había leído, y una expresión de absoluto pánico maternal.

Se plantó en medio de mi estudio. Miró los lienzos. Miró el gato. Me miró a mí.

—Bien —dijo—. Plan de acción.

—Tengo un plan.

—¿Cuál?

—Irme a vivir a una cueva.

—Clara.

—Cambiar de nombre. Mudarme a Portugal. Hacerme pastora.

—Odias las ovejas.

—Me caerían mejor que mi útero en este momento.

Renata dejó la bolsa en el suelo y me tomó de los hombros.

—Mírame. ¿Qué quieres hacer?

—¡No lo sé! —Se me quebró la voz de golpe, con esa traición que tienen las lágrimas cuando llevan demasiado tiempo conteniéndose—. No lo sé, Rena. Yo nunca quise esto. Yo nunca… yo tengo una carrera. Tengo una vida. Tengo un código. ¡Mi código decía «prohibido todo lo que termine en -ción»! ¡Procreación incluida!

—¿Escribiste eso?

—¡Se lo dije a él en el bar!

—Ay, qué ironía tan cruel.

—Lo sé. El Destino debe estar muerto de risa.




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