Clara Del Valle.
Hay abrazos que consuelan, abrazos que se agradecen y abrazos que te sacan el aire de los pulmones y te lo devuelven con sabor a canela.
El de doña Rosario Ríos era de los terceros.
Medía un metro cincuenta y ocho, pero abrazaba como una prensa hidráulica. Me levantó del suelo, me sacudió ligeramente, como se hace con una alfombra, y me dijo al oído, con una voz quebrada por la emoción:
—Ay, mija, qué flaquita estás. Se nota que mi hijo no te alimenta.
—Señora, yo…
—Rosario. No, no, «mamá». Dime mamá. Bueno, todavía no. Dime doña Rosario hasta el bautizo.
—¿Qué bautizo?
—El que vamos a hacer.
Sobre su hombro vi a Fabián, parado en el pasillo con la cara de un hombre que acaba de presenciar su propio funeral y encima tiene que pagar el catering. Movía los labios sin emitir sonido. Leí con claridad: *Perdóname. Perdóname. Perdóname.*
Detrás de él, una mujer altísima, con tacones de aguja y mirada de fiscal, grababa todo con el celular.
—Hola, soy Valeria —dijo, sin dejar de grabar—. Abogada. Cualquier cosa que digas puede ser usada a tu favor. O en tu contra. Depende de lo simpática que seas.
—Valeria, apaga eso —suplicó Fabián.
—Es para el álbum familiar.
—¡Es evidencia!
—Es **arte**, Fabián. Ella es artista, debería entenderlo.
Mostaza, que seguía en mis brazos hasta que la suegra me los arrebató con el abrazo, cayó al suelo con un «¡miaaaau!» de protesta, se sacudió el pelaje con dignidad herida y se fue a esconder debajo del sofá, no sin antes dirigirme una mirada que decía claramente: *Esto es tu culpa.*
—Pasen —dije, con la voz de una mujer que acaba de rendirse ante un ejército—. Pasen, por favor. Perdonen el desorden.
—¿Desorden? —Doña Rosario recorrió el estudio con los ojos como un general que inspecciona un campo de batalla—. Mija, esto es una catástrofe.
—Es mi espacio creativo.
—Hay un gato en el techo.
—Es un gato de… ambiente.
—Y hay un extintor en el piso.
—Ese es de su hijo —dije, señalando a Fabián.
—Me lo prestó la vida —murmuró él.
—Hay platos en el fregadero que están formando una civilización.
—Se llaman «instalación efímera».
—Se llaman «ratas». —Doña Rosario se arremangó el suéter con determinación—. Valeria, trae el delantal.
—¿Trajiste el delantal? —le pregunté.
—Siempre traigo uno. Nunca se sabe cuándo habrá que salvar a una nuera.
Describiré las siguientes dos horas con la neutralidad de una cronista de guerra, porque si me dejo llevar por las emociones, empiezo a gritar.
Doña Rosario tomó posesión de mi estudio con la eficiencia de un ejército de ocupación. En quince minutos había lavado todos mis platos, sacado la basura, reorganizado mi refrigerador («¿Mostaza? ¿Solo mostaza? ¿Y un limón? ¿Esto es una alacena o un chiste?»), puesto a calentar el pozole en mi estufa y encendido tres veladoras, que colocó con mucho cuidado alrededor de mi sofá, formando una especie de santuario improvisado.
—¿Para qué son? —pregunté.
—Para San Ramón Nonato.
—¿Quién es?
—El patrón de las embarazadas.
—Yo no he dicho que esté…
—Mija. —Me miró con una ternura infinita y una puntería quirúrgica—. Estás verde, tienes los ojos hinchados, llevas la mano en la panza desde que entramos y hace un rato te tapaste la nariz cuando abrí el pozole.
Bajé la vista. Efectivamente, mi mano derecha descansaba sobre mi abdomen, con la calma de una vieja costumbre que no recordaba haber adquirido.
—Es un tic —dije.
—Es un nieto —dijo ella, y se persignó.
—Mamá, por favor —intervino Fabián, con una desesperación tan genuina que me dieron ganas de abrazarlo y estrangularlo en proporciones iguales—. Habíamos quedado en que era un secreto.
—¿Quién quedó?
—Nosotros. Clara y yo. Acordamos esperar. Un par de meses. Hasta que…
—Hasta que se te notara —completó Valeria, con una sonrisa de tiburón—. Qué plan tan brillante, hermanito. Con tu discreción, seguro llegamos a los siete meses sin que nadie se entere.
—¡Ustedes lo averiguaron en un día!
—Nosotras somos muy buenas.
—Nosotras somos tus familiares.
—Esa es la diferencia.
Me dejé caer en el sofá, al lado de las veladoras. Sentía una mezcla de mareo, risa nerviosa y esa curiosa tranquilidad que llega cuando todo es tan absurdo que ya no tiene sentido oponer resistencia.
Fabián se sentó a mi lado, con el rostro desencajado. Hablamos en voz baja, como dos prisioneros planeando una fuga.
—Lo siento muchísimo —murmuró—. Te juro que no se lo dije. Se enteraron por…
—Por «papá» dicho tres veces.
—¿Cómo sabes?
—Valeria lo está contando por segunda vez en voz alta.
—Dios mío.
—Fabián.
—¿Qué?
—Tu madre está hablando con el cuadro de tu padre.
Miró. Doña Rosario, sin ninguna ceremonia, había colocado el retrato enmarcado del difunto señor Ríos sobre uno de mis caballetes, como si presidiera una reunión de consejo, y le hablaba con mucha seriedad.
—Alejandro, mira nada más. Tu hijo, el rebelde, el que nunca iba a sentar cabeza. Pues ya la sentó. Con una artista. Y va a ser padre. Tú que decías que se iba a quedar solterón. Te lo dije. Te lo dije por veinte años.
El retrato, naturalmente, no respondió. Pero el hombre del marco tenía un gesto serio, casi sufrido, que parecía decir: *Rosario, por favor. No delante de la visita.*
—Está en el caballete equivocado —susurré.
—¿Cuál es el correcto?
—Ninguno. Esos caballetes son para obras de arte. No para… —Lo pensé—. Bueno, tal vez sí. Él ahí se ve bastante dramático.
El primer incidente grave ocurrió a los cuarenta minutos, cuando Valeria, con su celular en una mano y un plato de pozole en la otra, empezó a deambular por el estudio con la curiosidad de una inspectora de Hacienda.
—Mira nada más —dijo—. Qué lienzos tan bonitos. ¿Este qué es?