Prohibido los niños.

Capítulo 6: Un viaje que nadie quería hacer.

Fabián Ríos.

Yo he visto a hombres adultos enfrentarse a una amputación sin pestañear. He visto a un jefe de cirugía sostener un hueso expuesto mientras discutía el resultado del fútbol. Pero nunca, jamás, en mis treinta y cuatro años de vida, había visto a nadie ponerse tan pálido como Clara Del Valle cuando contestó la llamada de su madre.

—¿Bueno? ¿Mamá?

Puso el teléfono en altavoz. No sé si fue un error o un acto de valentía suicida. Probablemente ambos.

—Clara Eugenia. Me acaba de escribir la comadre Josefina. ¿Hay algo que quieras contarme?

La voz de doña Eulalia Del Valle era grave, pausada y absolutamente tranquila. Tenía la serenidad de un volcán dormido. Mi madre, en cambio, gritaba cuando se emocionaba; esta mujer hablaba bajito, y por eso daba mucho más miedo.

—Mamá, ¿cómo estás? —dijo Clara, con una voz tres tonos más aguda de lo normal.

—Bien. ¿Y tú?

—Bien también.

—¿Cómo va el trabajo?

—Muy bien. Mucho trabajo.

—¿Y la salud?

—Perfecta.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Qué raro —dijo doña Eulalia—. Porque Josefina me dice que estás embarazada de un doctor, que hay una suegra con tamales, que hay un grupo de WhatsApp con ciento veintitrés personas y que mi nieto ya tiene una veladora con su nombre.

Clara me miró. Yo miré a mi madre. Mi madre miró al techo con la cara de un ángel que no ha roto nunca un plato.

—Mamá, yo iba a decírtelo…

—¿Cuándo?

—…pronto.

—¿Cuánto es pronto?

—Unas semanas.

—¿Y yo me tenía que enterar por la vecina?

—¡Es que no era así como…!

—¿Hace cuánto lo sabes?

—Cuatro días.

—Cuatro días. —Hubo una pausa de esas que dan ganas de confesar crímenes que uno no cometió—. Clara Eugenia. Tú tienes treinta y dos años. Eres una mujer libre. Haz lo que quieras con tu vida. Pero si crees que me voy a enterar de que voy a ser abuela por un grupo de WhatsApp, estás muy equivocada.

—Mamá, no llores.

—No estoy llorando.

—Tienes la voz rara.

—Estoy cortando cebolla.

—¿A las once de la noche?

—Es para un mole.

Clara cerró los ojos y respiró hondo. En el fondo, entre ruidos de una cocina, se oyó una voz masculina grave que preguntaba: «¿Qué pasó, Eulalia? ¿Quién llama?», y la respuesta de doña Eulalia sonó como el clic de un seguro que se desactiva:

—Tu hija. Está embarazada.

Un estruendo metálico atravesó la bocina. Después, un silencio denso. Después, un grito que hizo vibrar los cristales del estudio:

—¿¡CON QUIÉN!?

—Es don Anselmo —susurró Clara, tapando el micrófono—. Mi papá. Es carpintero. Tiene unas manos de este tamaño. Lo vi ganar una pelea de brazos contra un burro.

—¿Contra un burro? —repetí.

—Fue una situación complicada.

—¡CLARA EUGENIA, CONTESTA! —tronó don Anselmo—. ¿QUIÉN ES EL PADRE?

Valeria levantó la mano con una sonrisa de oreja a oreja y articuló, sin sonido: *Yo me lo pierdo si no lo grabo.*

—Ya lo estoy grabando —susurró, y levantó el celular.

—¡Valeria! —siseé.

—Es historia.

Clara me miró. Fue una mirada larga, con una cantidad de significados que fui descifrando uno por uno, como un paciente decodifica una receta: *Esto te toca a ti. Tú lo hiciste. Habla.*

Me acerqué al teléfono. Me aclaré la garganta. Mi mano derecha, que jamás había temblado en un quirófano, tenía un temblor perceptible.

—Buenas noches, señor Del Valle —dije, con una voz que no era la mía—. Soy Fabián Ríos. El padre.

Silencio.

Un silencio tan largo que alcancé a oír, a ochocientos kilómetros de distancia, el sonido de un grillo.

—¿Fabián?

—Sí, señor.

—¿A qué se dedica usted, Fabián?

—Soy médico, señor. Traumatólogo.

—¿Huesos?

—Huesos.

—Ajá. —Un chasquido, como de una lengua—. Entonces sabe usted lo que es romper uno.

—Sí, señor.

—Mi hija es mi hueso favorito.

Tragué saliva.

—Lo entiendo, señor.

—Y yo tengo una sierra.

—Papá —intervino Clara—, no empieces.

—Solo informo. —Un ruido de madera—. Fabián. Mañana a mediodía, en mi casa. Los dos. Y su familia, si quiere, porque supongo que la suya es la del grupo.

—Es… la del grupo, sí.

—Que traigan una caja de pan. El pan de agua de la panadería de los Ortega, no el otro.

—¿Qué diferencia hay?

—La del cielo y la tierra. Buenas noches.

Y colgó.

---

Nadie habló durante unos segundos. Doña Rosario, con sus manos entrelazadas sobre el pecho, parecía a punto de ascender en cuerpo y alma. Valeria seguía grabando. Mostaza había salido de debajo del sofá y se frotaba contra mi pierna con una familiaridad que me preocupaba.

—Mañana —dijo Clara.

—Mañana —repetí.

—A mediodía.

—Oaxaca está a seis horas en coche.

—A ocho si hay tráfico.

—Hay que salir de madrugada.

—Tengo guardia.

—Yo tengo una exposición el sábado.

—Tengo un pie azul que cuidar.

—Eso no es una excusa.

—Todo es una excusa si lo dices con convicción.

—¡Qué emoción! —interrumpió doña Rosario, con los ojos brillantes—. ¡Un viaje en familia! ¡Voy a preparar tamales! ¡Voy por la maleta!

—Mamá, tú no vas.

—¿Cómo que no voy?

—Es una cena de… negociación.

—Me invitó el señor. Dijo «su familia».

—Dijo «si quiere».

—Pues quiero.

—Mamá, no creo que…

—Fabián Alejandro. —Me señaló con el cucharón, que nunca había soltado—. Yo he rezado por este nieto durante diez años. He puesto veladoras, he caminado de rodillas a la Basílica y he hecho una manda de no comer chocolate. ¿De verdad crees que me voy a quedar en casa mientras mi nuera conoce a su suegro?

—No es un tema de…

—Voy. Y Valeria también.

—Yo ya tengo la maleta en el coche —informó Valeria, con una sonrisa serena.

—¿Cuándo la pusiste?

—Cuando dijiste «papá» la tercera vez.

Y así fue como, a las cinco de la mañana del día siguiente, un grupo humano de lo más heterogéneo se reunió frente a mi edificio con un aspecto digno de un cuerpo diplomático rumbo a una guerra.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.