Clara Del Valle.
Desde la cocina de mi infancia, con una cuchara de madera en una mano y una cebolla en la otra, vi a mi padre tomar la sierra.
Y supe que había llegado el momento de intervenir.
—¡PAPÁ! —grité, soltando la cebolla, que rodó por el suelo hasta chocar con el zapato de mi madre—. ¡Suelta eso!
—Solo la estoy puliendo, hija.
—¡La estás levantando!
—Es que se me nubló la mano.
Salí corriendo al patio con el delantal torcido, el pelo pegado a la frente y una náusea que subía y bajaba con la regularidad de un elevador. Fabián estaba blanco como una sábana, con las manos sobre la mesa en posición de rendición, y una gota de sudor deslizándose por su sien con una lentitud cinematográfica.
—Papá —dije, interponiéndome—. Fabián es un buen hombre.
—Eso lo decide la sierra.
—Papá, no vamos a decidir nada con la sierra.
—Entonces con el mezcal.
—Tampoco.
—¿Con qué se decide, entonces, en esta generación?
—Con una conversación. Como adultos.
Mi padre me miró con una pena inmensa, como si le hubiera propuesto resolver una disputa de terrenos con un torneo de bádminton. Dejó la sierra sobre la mesa con mucho cuidado, la alineó con el borde, y suspiró.
—Qué tiempos.
Respiré. Fabián también. Detrás de nosotros, mi madre y doña Rosario, que habían salido de la cocina con cucharas, nos observaban con la atención de dos aficionadas ante un partido de final.
—Bien —dijo mi padre, y enderezó la espalda—. Entonces, vamos a hacer un examen.
—¿Un examen? —preguntó Fabián.
—Tres pruebas. Si las pasa, tiene mi bendición. Si no, tiene mi sierra.
—Papá…
—Es tradición.
—¡No es tradición! ¡Te lo acabas de inventar!
—Una tradición tiene que empezar en algún momento.
Mi madre, desde atrás, asintió con solemnidad, como quien avala un decreto papal.
—Primera prueba —anunció don Anselmo—. La prueba del trabajo.
---
La prueba del trabajo consistía, según explicó mi padre, en demostrar que Fabián tenía manos «de provecho».
—Un hombre que va a criar a un hijo debe saber hacer algo con las manos que no sea escribir recetas ilegibles.
—Mis recetas son legibles.
—Los doctores no escriben legible. Es un hecho científico.
—Eso es un prejuicio.
—Esa es mi sierra.
Fabián guardó silencio.
Nos llevaron a todos al taller, un cobertizo enorme al fondo del patio, con olor a pino y aserrín, herramientas colgadas por tamaños y una cuna de madera a medio terminar sobre un banco de trabajo. Era hermosa. Tenía barrotes torneados con delicadeza, un cabecero tallado con soles y lunas, y una pequeña inscripción en la base que aún no podía leer.
—¿Para quién es? —preguntó Fabián.
—Para nadie —dijo mi padre, evasivo—. La hago siempre. Es una costumbre. Una cuna por año. Las regalo a la iglesia.
—Es preciosa.
—No me adule.
—No lo adulo. Es una observación clínica.
—Ajá. Mire. —Le entregó un martillo y una caja de clavos—. Esa pata está floja. Arréglela.
Fabián tomó el martillo con la determinación de un cirujano. Lo sopesó. Se agachó junto a la cuna. Lo miró todo con un gesto concentradísimo. Y yo, que lo conocía desde hacía dos meses y medio pero lo había visto hacer muchas tonterías, sentí una punzada de ternura mezclada con terror.
—Fabián —susurré—, ¿has usado un martillo alguna vez?
—Soy traumatólogo.
—Eso no responde mi pregunta.
—He usado un martillo de reflejos.
—¡Eso es completamente distinto!
—Es un martillo, ¿no?
—Es un martillito de goma para golpear rodillas.
—Es un principio similar.
—Fabián, no…
*Pum.*
El primer golpe cayó con una convicción admirable sobre un clavo que no estaba donde él creía. El clavo salió disparado como una bala diminuta, rebotó contra una lata de barniz, cruzó el taller con una trayectoria insólita y se clavó, con un «¡toc!» definitivo, en el sombrero de palma de mi padre, que reposaba sobre un perchero.
Silencio.
Todos miramos el sombrero. El clavo asomaba por la parte superior como una pequeña antena.
—Ese era mi sombrero de los domingos —dijo mi padre, con voz átona.
—Lo… lo pago —balbuceó Fabián.
—Fue de mi abuelo.
—Entonces… lo restauro.
—No se puede restaurar. Está clavado.
—Yo lo arreglo. Soy… —Se detuvo—. Soy traumatólogo. Arreglo cosas rotas.
—Mi sombrero no es un hueso.
—Es una estructura. Tiene una lesión puntual. Es un tema de… inmovilización.
Mi madre se llevó una mano a la boca para ahogar una risa. Doña Rosario, con un rosario ya desenrollado, rezaba un avemaría con prisa. Valeria, con el celular en alto, susurraba con el tono de una narradora de documental: «Y así, el macho alfa descubre que el martillo no es un instrumento de diagnóstico».
—Valeria, por favor —suplicó Fabián.
—Es una joya, hermano.
Intenté ayudar. Tomé una lija, el tarro de pegamento, un trapo, lo que tuviera a mano. Fabián, ya fuera de sí, intentó retirar el clavo con unos alicates. Los alicates, por supuesto, resbalaron, y su mano, empujada por una fuerza invisible que muchos llaman destino, cayó sobre una palanca que accionaba… una sierra de mesa.
La sierra, afortunadamente, no estaba encendida.
El botón de al lado sí.
Un silbido agudo. Un rugido. Una nube de aserrín que salió despedida en todas direcciones, bañándonos como una nevada marrón. Cuando se disipó, los siete seguíamos allí de pie, cubiertos de polvo de madera de pies a cabeza, con el pelo y las pestañas blanquecinas, como un grupo de fantasmas en pleno ensayo.
Mi padre, con la mirada fija y las cejas llenas de aserrín, dijo:
—Primera prueba. Reprobada.
—¡Fue un accidente!
—Los accidentes son de los distraídos.
—¡Usted me distrajo con el sombrero!
—Yo no puse el clavo en el sombrero.
—Es verdad —dijo Fabián, hundido.