Prohibido los niños.

Capítulo 9: Natalia, la exnovia que se negó a ser pasado.

Clara Del Valle.

Hay mujeres que entran a una habitación. Y hay mujeres que la ocupan, como un país que anexa a otro.

Natalia Fuentes pertenecía a la segunda categoría.

Se quitó el abrigo con un movimiento lento, de anuncio de perfume, y lo colgó en el único perchero libre del departamento, que casualmente era el que yo acababa de armar con un esfuerzo considerable. Debajo llevaba un vestido color crema que no tenía una sola arruga, a pesar de haber viajado, según dijo, «desde el aeropuerto, en un taxi lamentable».

—Qué acogedor —comentó, observando las cajas—. Siempre dije que este lugar necesitaba un toque. Veo que alguien lo ha dado. Con una brocha, por lo visto.

Bajé la vista. Tenía pintura amarilla en el antebrazo, una camiseta con un agujero y a Mostaza colgando de mi brazo como un saco de harina con rencor.

—Soy Clara —dije—. La del toque.

—Natalia. —Me tendió la mano con tres dedos, como quien ofrece una propina—. La que estuvo antes de los toques.

Fabián, junto a la puerta, parecía un hombre atrapado en un ascensor con dos osos y sin salida de emergencia.

—Natalia —dijo, y se aclaró la garganta—. Esto es… inesperado.

—Lo sé, cariño. Me encantan las sorpresas.

—No te llamé.

—Por eso es una sorpresa.

—Y dijiste que tenías un problema con tu departamento.

—Una gotera. Terrible. Del tamaño de un lago.

—¿En tu departamento del piso catorce?

—Una gotera muy ambiciosa.

Lo miré. Lo miré con el tipo de mirada que se reserva para los críticos que escriben «interesante» sobre tu obra. Fabián me devolvió una expresión que traducida al español decía: *Te juro que no sé qué pasa y que soy inocente, y que por favor no me mates delante del gato*.

—¿Y cuánto tiempo vas a quedarte? —pregunté, con una amabilidad que habría derretido un glaciar.

—Unos días.

—¿Cuántos?

—Los necesarios.

—¿Y el hotel?

—Los hoteles me dan alergia.

—¿A los hoteles?

—A la impersonalidad.

—Qué lástima. Porque este departamento está lleno de personalidad. Mira. —Señalé una caja que decía «CUNA – NO TIRAR – DOÑA ROSARIO LO SABE»—. Hay mucho carácter.

Natalia leyó la caja. Parpadeó. Su sonrisa vaciló un milímetro, apenas el tiempo suficiente para que yo lo advirtiera, y se recompuso con una elegancia que casi admiré.

—¿Una cuna?

—Sí.

—¿Para quién?

Silencio.

Fabián abrió la boca. Yo abrí la mía. Mostaza, por suerte, intervino con un estornudo estratégico que nos dio tres segundos de tregua.

—Para un… paciente —dijo Fabián.

—Un paciente que necesita una cuna.

—Es… terapia infantil.

—Otra vez la terapia infantil —murmuré.

—¿Otra vez?

—No, nada. Una frase mía.

Natalia me recorrió con la mirada. Fue un escáner completo: la cara, el pelo, la pintura, la mano sobre el vientre (que otra vez estaba allí, traicionera, como si tuviera voluntad propia), el ligero verdor de mi piel. Lo vi encajar las piezas. Una por una. Con la paciencia de una joyera examinando un diamante falso.

—Ya veo —dijo, muy bajito.

—¿Qué ves?

—Nada, querida. Soy muy mala para las adivinanzas.

Mentía. Y yo lo sabía. Y ella sabía que yo lo sabía. Y Fabián, el único hombre de la sala, era el único que no sabía nada, lo cual, estadísticamente, es lo habitual.

---

Esa noche dormimos, o lo intentamos, en una situación que yo describiría como «sitiada».

Natalia ocupó el sofá de la sala, que, según su criterio, era «mucho más cómodo que cualquier cama de huéspedes». Yo dormí en la habitación grande, con Mostaza sobre la cabeza. Fabián, en su clóset-habitación amarillo, con una cuna a su lado y un móvil de estrellitas que giraba a las tres de la mañana con un tintineo inquietante.

A las 2:47, me levanté a vomitar.

A las 2:49, descubrí que había alguien en el pasillo.

—¿Estás bien? —susurró Natalia, apoyada en la pared, con un camisón de seda y una taza de té en la mano.

—Estoy perfecta.

—Escuché ruidos.

—Es el… ventilador.

—Los ventiladores no dicen «ugh».

—Este sí.

Natalia dio un sorbo a su té. Observó mi cara pálida a la luz del pasillo con una expresión que, por primera vez, no tenía afectación.

—¿De cuánto estás?

No respondí.

—Doce semanas —dije después de un rato, porque estaba cansada, tenía náuseas y la dignidad no me daba para más.

—Ah.

—¿Ah?

—Pensé que serían más.

—¿Por qué?

—Por la cara de angustia. Parece de ocho meses.

—Gracias.

—No era un insulto.

—Lo sé. Era un diagnóstico.

Natalia sonrió. Fue la primera sonrisa real que le vi. Corta, amarga, con algo de ironía.

—Escucha, Clara. Voy a ser sincera. Vine aquí porque quería ver a Fabián. Nos separamos hace tres años, y yo todavía… —Se interrumpió—. Bueno. No importa. Me enteré por una amiga de mi madre, que lo oyó de la vecina de la tía de la comadre de alguien, de que Fabián estaba… cambiando.

—¿Cambiando cómo?

—Que había una mujer. Y una artista. Y que había un grupo de WhatsApp.

—¿Tú también estás en el grupo?

—Llevo tres días. Me añadió una señora llamada Josefina.

—Esa mujer es un arma biológica.

—Es una institución.

Nos reímos las dos. Fue un momento extraño, de una complicidad inesperada, en la penumbra de un pasillo, con el tintineo de las estrellitas de fondo.

—No vengo a quitarte nada —dijo Natalia, más seria—. No soy esa clase de persona. Tengo orgullo. Pero necesitaba verlo con mis propios ojos. Necesitaba saber que de verdad había cambiado.

—¿Y?

—Ha instalado una cuna. Se ha puesto una camisa azul. Y ha aceptado que su madre le reforme el baño. —Negó con la cabeza—. Eso no es cambiar. Es una transformación.

—No es amor —dije, rápido.

—Claro que no.

—Es logística.

—Por supuesto.

—Es un compromiso de crianza compartida.




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