Fabián Ríos.
Yo había asistido a cuatrocientas cirugías, doce congresos internacionales y una conferencia de dos días sobre el manejo del dolor lumbar en deportistas de alto rendimiento. Me consideraba, en consecuencia, un hombre preparado para cualquier clase de instrucción formal.
Entonces conocí a la instructora Maruja.
—¡Buenas tardes, papis y mamis! —gritó, desde el centro de un salón alfombrado en tono lavanda, con una pelota de goma gigante bajo el brazo y una sonrisa que no admitía réplica—. ¡Bienvenidos al curso «Respira, Puja, Ama»! ¡Les va a cambiar la vida!
Éramos ocho parejas. Ocho mujeres sentadas en colchonetas, con cojines, botellas de agua y una expresión de fe religiosa. Ocho hombres a su lado, con la cara de quien ha sido secuestrado por motivos humanitarios.
Y luego estábamos nosotros.
Clara, a mi izquierda, llevaba unas mallas negras y una camiseta con una mancha de óleo que era, creo, un gesto de resistencia política. A mi derecha, doña Rosario, que nadie había invitado y que aun así había llegado con una libreta, un bolígrafo y un termo de té de manzanilla. Y más atrás, en un rincón, don Anselmo, sentado en una silla diminuta de plástico con los brazos cruzados, observando a la instructora como quien evalúa la calidad de una madera sospechosa.
—Mamá —susurré—, esto es un curso para parejas.
—Yo soy la abuela.
—Eso no cuenta.
—Cuenta doble.
—Y papá… digo, don Anselmo…
—Vengo a supervisar —dijo él, sin descruzar los brazos.
—¿Supervisar qué?
—El trato.
Maruja dio una palmada que resonó como un disparo.
—¡Perfecto! ¡Familia extendida! ¡Me encanta! ¡Todos suman! ¡Hoy vamos a empezar con un ejercicio de conexión! —Levantó la pelota—. Papás, ¡quiero que se coloquen detrás de sus parejas!
Obedecí. Me senté tras Clara, con las piernas abiertas a cada lado de ella, en una posición que, en cualquier otro contexto, habría resultado íntima y que en aquel salón, bajo la mirada de mi madre y de un carpintero con sierra en la mochila, me pareció una declaración jurada.
—Ahora —dijo Maruja, con una voz suave y misteriosa—, ¡cierren los ojos! Sientan la respiración de su pareja. Sincronícense. Sean uno solo.
Cerré los ojos. Sentí el pelo de Clara contra mi barbilla. Olía a trementina, a jengibre y a algo que no sabía nombrar. Respiré. Ella respiró. Durante unos segundos estuve, lo admito, genuinamente en paz.
—Fabián —murmuró Clara.
—¿Qué?
—Estás respirando como un fuelle.
—Estoy sincronizándome.
—Estás hiperventilando sobre mi cuello.
—Es el método.
—¡Papás, no hablen! —ordenó Maruja—. ¡La conexión es silenciosa!
—Es que me hace cosquillas —susurró Clara.
—¡Las cosquillas son bloqueos energéticos!
—Pues tengo un bloqueo muy grande.
—¡Respiren hacia el bloqueo!
Respiré hacia el bloqueo. El bloqueo estornudó. Y yo, que estaba demasiado cerca, recibí el estornudo en pleno rostro.
—Perdón.
—No pasa nada.
—Sí pasa. Es un fluido.
—Soy médico, Clara. He visto fluidos peores.
—Esto es personal.
—Esto es amor —dijo mi madre, desde atrás, sin levantar la vista de su libreta.
—¡MAMÁ!
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El segundo ejercicio fue el de los dolores.
—Ahora —anunció Maruja, mostrando un cubo de hielo— vamos a simular las contracciones. Papás, ¡sostengan este cubo en la mano durante un minuto! Así sentirán, aunque sea un poquito, lo que sienten ellas.
—¿Un cubo de hielo? —dije—. ¿Eso es lo que sienten?
—Es una analogía.
—Es una ofensa a la ciencia.
—¡Es empatía!
—Es hielo.
Tomé el cubo. Lo sostuve. Pasaron diez segundos. Veinte. A los treinta, la mano me ardía. A los cuarenta y cinco, solté un gemido indigno. A los cincuenta, empecé a sudar.
—¡Un minuto! —gritó Maruja, mirando el reloj.
—¡Faltan siete segundos!
—¡Aguanten, papás! ¡Piensen en sus mujeres!
—¡Estoy pensando en mi mano!
—Fabián —dijo Clara, con una dulzura asesina—. Esto no duele ni el uno por ciento.
—¡Es una tortura!
—Es un cubo.
—Es un cubo de mala fe.
Don Anselmo, desde su silla, se levantó, caminó hasta mí, tomó un cubo de la bandeja, se lo metió en el puño y lo sostuvo en alto durante los sesenta segundos completos sin cambiar de expresión. Luego lo dejó caer en el vaso de agua de mi madre y volvió a su asiento.
—Eso es un hombre —murmuró Valeria, que se había colado en la última fila con una bolsa de palomitas.
—¡Tú tampoco estás invitada!
—Soy tía.
—¡Esa categoría no existe!
—Existe en el grupo de WhatsApp.
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El tercer ejercicio fue el que lo arruinó todo.
—Ahora, papás —dijo Maruja, con la solemnidad de una sacerdotisa—, vamos a practicar el apoyo en el trabajo de parto. Les vamos a pasar un muñeco de práctica. Un bebé de silicona. Tendrán que colocarlo, sostenerlo y envolverlo, mientras su pareja respira.
Me entregaron al muñeco. Era un bebé de tamaño real, con ojos cerrados, mejillas rosadas y una expresión de sabiduría ancestral, como si ya hubiera vivido varias vidas y esta fuera la peor.
—¿Cómo se sostiene? —pregunté.
—Con una mano en la cabecita y otra en el trasero.
—¿Cabecita… y trasero?
—Sí.
—¿Y si se me cae?
—Es de silicona. Rebota.
—¿Rebota?
—Prácticamente.
Lo sostuve. Lo sentí frágil, pesado, ridículamente real. Un nudo desconocido me subió por el pecho. Lo miré. Él me miró, con su cara de goma. Y por un instante, solo un instante, imaginé un bebé de verdad, con los ojos de Clara y mi mal genio, durmiendo sobre mi antebrazo.
—Hola —susurré.
—¿Le estás hablando al muñeco? —preguntó Clara.
—No.
—Sí.
—Es un ejercicio.
—Le dijiste «hola» con una voz que no es la tuya.
—Es la voz de padre.
—Tu voz de padre es un poco aguda.
—Estoy nervioso.