Clara Del Valle.
Hay noticias que llegan en forma de llamada telefónica y otras que llegan en forma de cara. La de Fabián, mientras guardaba el teléfono en el bolsillo, era una cara.
Una cara pálida, con talco en las cejas y los ojos de alguien que acaba de recordar que dejó el gas abierto en otra ciudad.
—Tengo que ir al hospital.
—¿Quién es?
—Mateo. Se cayó de una escalera.
—¡Dios mío! ¿Está bien?
—No lo sé. Lupita dice que está consciente. Que está… hablando mucho.
—Eso es buena señal.
—Con Mateo, no necesariamente.
Se levantó del bordillo tan rápido que casi se tropieza con su propia sombra. Yo me levanté con más calma, porque mi estómago había decidido que cualquier movimiento brusco merecía una sanción, y le agarré la manga.
—Voy contigo.
—No. Tú descansa.
—Fabián.
—Estás embarazada.
—Estoy embarazada, no inválida. Es tu mejor amigo. Voy contigo.
—Clara…
—Además, no sé conducir, así que tampoco puedo quedarme sola en medio de la calle con una toalla en la cabeza.
Lo pensó medio segundo.
—Sube.
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Hay un hecho que debería quedar claro antes de seguir: yo conocía a Mateo Salazar desde hacía exactamente cuatro meses. Lo había visto en dos ocasiones. En la primera, llevaba a un bebé en cada brazo y una mancha de papilla en el hombro; en la segunda, lloraba con una cuna al hombro en un departamento lleno de obreros. No era, objetivamente, un hombre con quien yo tuviera mucha historia.
Por eso, durante todo el trayecto en coche, mientras Fabián conducía como si lo persiguiera una manada de lobos, no dejaba de darle vueltas a una frase de la enfermera: *«Algo importante sobre Clara. Algo que lleva años callando».*
—¿Años? —murmuré.
—¿Qué?
—Dijo «años». Yo te conozco desde hace cuatro meses.
—Lo sé.
—¿Cómo puede llevar años callando algo sobre mí?
—No tengo idea.
—¿Y si es un error?
—Mateo no cuenta errores. Cuenta tragedias.
—¿Y si es una tragedia?
—Entonces será una tragedia con sonido envolvente.
Pasamos tres semáforos en rojo. Nadie nos detuvo. Creo que en ese momento éramos una especie de milagro urbano.
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El Hospital San Gabriel olía exactamente a lo que olía en mi imaginación: desinfectante, café recalentado y miedo ajeno. En la entrada de urgencias nos esperaba la enfermera Lupita, con el rosario enroscado en una mano y una expresión de funeral anticipado.
—Doctor. Doña Clara.
—Solo Clara.
—Doña Clara —insistió, con la solemnidad de quien tiene información privilegiada—. Está en la cama siete. Se rompió una pierna. Y un brazo. Y se lastimó el orgullo.
—¿Está consciente? —preguntó Fabián.
—Más que nunca. Lleva veinte minutos pidiendo que lo dejen hablar con usted. Dice que no quiere morirse sin confesarse.
—No se va a morir.
—Eso mismo le dije yo. Me respondió que los médicos son muy optimistas.
—Pronóstico optimista —murmuré.
Lupita me miró con una ceja levantada.
—Veo que ya conoce el vocabulario.
—Lo aprendí del paciente.
Entramos.
La cama siete estaba rodeada por una cortina azul. Detrás, con la pierna derecha en alto, enyesada hasta el muslo, el brazo izquierdo en cabestrillo y una pelota de goma de colores en la mano (que, según supe después, se había llevado de la guardería), estaba Mateo Salazar, con el aspecto de un náufrago que ha sobrevivido a un barco de peluche.
—¡Fabián! —exclamó, con lágrimas en los ojos—. ¡Hermano! ¡Qué bueno que viniste! ¡Pensé que me moría!
—Tienes una fractura de tibia, Mateo.
—¡Y del peroné!
—Y del peroné. No te vas a morir.
—Eso dicen todos.
—Es la estadística.
—La estadística no estaba subida a una escalera con un móvil de estrellitas. —Se secó la nariz con la manga—. ¿Y la caída? ¿Lo viste en el vídeo? Mi esposa lo grabó. Ya tiene tres mil visitas.
—¿Tres mil?
—Lo subió a una red social. Dice «Papá intentando decorar». Hay un comentario que dice «Este hombre necesita un abrazo». Otro dice «Este hombre necesita un seguro». Un tercero dice «Este hombre me recuerda a mi marido». Fui tendencia durante diez minutos.
—Mateo, concéntrate.
—Es que la fama es un fenómeno complicado.
Fabián respiró hondo y, con una paciencia que yo no le conocía, se sentó junto a la cama.
—Lupita dice que querías decirme algo.
Mateo dejó de sonreír. Se le apagó la cara, de golpe, como una bombilla vieja. Me miró. Miró a Fabián. Miró otra vez a mí. Y empezó a llorar de verdad.
—¡Perdóname, Clara!
Me quedé de piedra.
—¿Perdonarte qué?
—¡Todo! ¡Yo lo hice! ¡Fui yo! ¡Soy un traidor!
—Mateo —dijo Fabián, con voz de médico—. Respira. Estás sedado.
—¡No estoy sedado! ¡Solo me han dado un paracetamol!
—Entonces estás exaltado.
—¡Estoy arrepentido!
Hubo un silencio. Una enfermera pasó por detrás de la cortina con un carrito y se detuvo, con la oreja dramáticamente pegada a la tela.
—¿De qué hablas? —pregunté, con un hilo de voz.
Mateo respiró. Tragó saliva. Miró al techo, como si esperara que alguien le soplara el guion.
—Hace seis años —empezó—, yo estaba en una galería de arte. Con mi esposa. Éramos novios. Ella quería ver una exposición de una pintora nueva que se había hecho famosa.
—No me digas…
—Tú, Clara. Tú eras la pintora.
Me quedé inmóvil. Yo, a los veintiséis años, había expuesto en una galería pequeñita del centro. Un lugar con paredes blancas y vino barato. Recordaba muy poco de esa noche, salvo que había llovido, que alguien me confundió con la camarera y que una mujer me compró dos cuadros.
—¿Tú estabas?
—Sí. Y vi todo. —Se llevó una mano al pecho—. Vi a un chico entrar. Un chico alto, con una chaqueta ridícula, que se quedó delante de tu cuadro, el del pájaro rojo, durante cuarenta minutos sin moverse.