Prohibido los niños.

Capítulo 12: Renata, el helado y una confesión de seis años.

Fabián Ríos.

Existe un protocolo médico para dar malas noticias. Se llama SPIKES: preparar el entorno, indagar qué sabe el paciente, avisar con delicadeza, y así sucesivamente. Lo he aplicado cientos de veces. Funciona.

Ese protocolo no sirve cuando las malas noticias te esperan sentadas en el felpudo de tu propia casa, con una tarrina de helado de pistacho, un cucharón y los ojos hinchados de llorar.

Renata estaba exactamente así cuando salimos del ascensor. Sentada en el suelo del pasillo, con las piernas cruzadas, una blusa de lunares azules y la expresión de una niña que ha roto el jarrón favorito de su madre y ha decidido confesarlo antes de que lo descubran.

—Hola —dijo, con un hilo de voz.

—Hola —respondió Clara, con un tono que habría congelado un volcán.

—Traje helado.

—Ya lo veo.

—Es de pistacho. Tu favorito. Pensé que… no sé. Que el pistacho ayudaría.

—El pistacho no ayuda con las traiciones, Renata.

—Lo sé. Pero tampoco empeora.

Clara se quedó de pie, con los brazos cruzados sobre el vientre y el cabello todavía con restos de talco, como una diosa nevada y furiosa. Yo me coloqué detrás, con las manos en los bolsillos, y adopté la postura que los hombres adoptamos cuando sabemos que cualquier cosa que digamos será usada en nuestra contra: la de una estatua de museo.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Clara.

—Cuarenta minutos.

—¿En el pasillo?

—Tu suegra me dejó pasar a la sala. Pero había una señora de Oaxaca con conservas que me hizo preguntas.

—¿Qué clase de preguntas?

—Si estaba casada. Si tenía hijos. Si conocía a algún soltero. Y me ofreció un chutney de mango a cambio de mi grupo sanguíneo.

—Es Josefina.

—Es aterradora. Salí huyendo.

—¿Y por qué no entraste a esperar al sofá?

—Porque tu padre estaba construyendo algo en el balcón con una sierra eléctrica y me miraba cada vez que yo respiraba.

—Es su forma de decir que te quiere.

—Eso es lo que me preocupa.

Se oyó, desde dentro del departamento, un coro de voces. Doña Rosario cantaba algo con mucho sentimiento. Valeria discutía por teléfono con alguien llamado «el notario». Y sobre todo, un taladro constante, rítmico y amenazante, como el latido de un monstruo que vive en la pared.

—Pasa —dijo Clara, abriendo la puerta con un golpe de cadera—. Pero no por la sala. Vamos a mi cuarto.

—¿Tienes un cuarto?

—Tengo un cuarto de huéspedes que ahora tiene siete cajas, un oso y una máquina de coser. Es lo más parecido a una intimidad que existe en este edificio.

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Nos encerramos los tres en la habitación grande. Yo me senté en el borde de la cama, Clara en la butaca junto a la ventana y Renata en el suelo, con la tarrina entre las piernas, como una penitente medieval con antojo.

Mostaza, que ocupaba el centro del colchón como un emperador romano de pelo naranja, levantó la cabeza, miró a Renata y soltó un bufido de desaprobación absoluta.

—Hasta tu gato lo sabe —murmuró Renata.

—Mostaza sabe todo —dijo Clara—. Es un juez. Habla, Renata.

—Voy a hablar. Pero necesito que me prometan una cosa.

—No.

—Que no me van a matar.

—No te lo prometo —dijo Clara.

—Yo sí —dije yo—. Soy médico. Hice un juramento.

—Muchas gracias, Fabián.

—Aunque con Clara no respondo.

Renata respiró hondo. Se llevó una cucharada de pistacho a la boca, como quien se anestesia, y empezó.

—Todo comenzó hace seis años, en la inauguración de tu galería del centro. La del vino malo.

—Eso ya lo sé.

—Un chico se me acercó. Un chico simpático, con una novia que lo miraba con ternura y una cara de borracho feliz. Me dijo: «Mi mejor amigo está enamorado de la artista».

—Mateo —dije.

—Mateo. Y me enseñó una foto.

—¿Qué foto? —pregunté.

—La tuya, Fabián. La que llevabas en el móvil. Salías con una bata y un gorro de quirófano, con cara de haber visto un fantasma.

—Esa era para mi carnet del hospital.

—Salías guapísimo.

—Gracias.

—Estaba claro que eras un desastre.

—También gracias.

Clara apretó los brazos del sillón.

—Continúa.

—Pues yo, tonta de mí, me emocioné. Le dije a Mateo: «Dame el teléfono de tu amigo». Y él me dio uno, escrito en un posavasos. Pero yo no se lo di a ti, Clara. Se lo di a nadie. Lo guardé.

—¿Lo guardaste?

—En mi cartera.

—¿Durante seis años?

—No exactamente. Lo perdí a los tres meses. Pero me aprendí el número de memoria.

—¿Todavía te lo sabes?

—Cinco cinco, cuatro cuatro…

—No lo digas —cortó Clara.

—Es el mismo de siempre, Fabián —dijo Renata, mirándome con culpa—. No lo cambiaste.

—No cambio de número desde 2014.

—Entonces es un número con mucha paciencia.

—¿Y por qué no se lo diste a Clara entonces? —pregunté—. ¿Por qué esperaste seis años?

—Porque en aquel momento Clara estaba con un tipo.

—¿Con quién? —preguntó Clara, sorprendida.

—Un poeta.

—¡Ah, Gonzalo!

—Gonzalo, sí. Un hombre que escribía versos sobre su propia nariz.

—Era muy sensible.

—Era un cretino con barba. Me daba pena. No quise meterme.

—Eso no explica los otros cinco años —dijo Clara.

—No. Eso explica uno. Los otros cuatro, la verdad, se me olvidó. Tengo mala memoria. Hasta que una noche de hace cuatro meses…

Renata hizo una pausa teatral. Dejó caer la cuchara en la tarrina con un tintineo trágico.

—Estábamos en tu inauguración, Clara. La de la galería nueva. Tú te escapaste de la fiesta con esa cara de querer asesinar al próximo que dijera la palabra «matiz». Yo te vi salir. Y me acordé.

—¿De qué?

—Del posavasos.

Un silencio profundo cayó sobre la habitación.

—Un momento —dije, despacio—. ¿Hace cuatro meses? ¿La noche del bar?

—Sí.

—¿Y cómo sabías que yo estaría allí?

—No lo sabía.




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