Clara Del Valle.
Hay un tipo de silencio que solo existe en los balcones. Es un silencio con vistas, con ropa tendida ajena, con palomas que te miran como si les debieras dinero y con un vecino de enfrente regando una planta de plástico por pura costumbre.
Yo estaba en ese silencio, con las manos en la barandilla, tratando de entender qué había pasado hacía diez minutos.
*Lo juro por mi hijo.*
No «por mi título», ni «por mi madre», ni «por la regla número cinco». Por su hijo. Con esa voz suya, un poco ronca, sin ensayo y sin pronóstico optimista.
—Esto es un problema —le dije a la paloma.
La paloma ladeó la cabeza.
—No, en serio. Yo tenía un plan. Una vida perfecta, ordenada y sin sentimientos. Y ahora hay un hombre en mi sala que dice «nuestro hijo» como si fuera lo más natural del mundo.
La paloma se comió el trozo de galleta de jengibre y se fue volando, sin dar su opinión. Qué poco compromiso tienen las aves.
Me llevé la mano al vientre. Trece semanas. Según la aplicación del móvil, el bebé ya medía como un limón, tenía huellas dactilares y, aparentemente, podía hacer pis. Yo, mientras tanto, apenas podía mirar un tubo de óleo sin querer morir, pero el limón estaba ahí, estrenando dedos y vejiga, ajeno a nuestros dramas.
—Tú sí que vives bien —murmuré—. Nadie te interroga. Nadie te instala un baño. Nadie te manda tamales.
Detrás del cristal, en la sala, vi a Fabián de pie entre las cajas, con la mirada fija en el balcón y la cara de un perro que no sabe si lo van a regañar o a sacar a pasear. Doña Rosario le daba palmaditas en el brazo. Mi padre fingía examinar una lámpara. Mi madre revolvía una olla que, por lo que yo sabía, ni siquiera estaba en el fuego.
Entonces me di cuenta de lo peor.
No estaba enfadada. No tenía miedo. Lo que tenía era hambre.
Un hambre salvaje, súbita, específica, de esas que se instalan en el cuerpo de una embarazada como un okupa con mucha determinación. Y no de cualquier cosa: de pepinillos con helado de pistacho.
Abrí la puerta del balcón. Atravesé la sala como un tren bala, sorteando cajas y familiares, y entré en la cocina sin mirar a nadie.
—¡Clara! —dijo Fabián—. ¿Estás bien?
—Estoy pensando.
—¿Con la nevera abierta?
—Pienso mejor con luz fría.
Rebusqué entre los estantes. Los pepinillos estaban al fondo, junto a un tupper de plástico azul que no reconocí. Tenía una etiqueta pegada con cinta de pintor y una letra que sí reconocí, esa caligrafía de médico que parece un electrocardiograma con prisa:
***«NO TOCAR. Fabián. (Clara: si lees esto, perdón. Es confidencial. Pero no es peligroso)».***
Me quedé quieta.
Una persona normal habría cerrado la nevera. Una persona con principios habría respetado la confidencialidad. Yo soy artista, estoy embarazada y tengo treinta y dos años de curiosidad mal educada.
Abrí el tupper.
Dentro, doblado con mucho cuidado, había un papel amarillento. Lo reconocí enseguida: era el reverso de una receta médica vieja. El mismo que, según me había contado, estaba enmarcado en su cuarto de soltero. Pero este no estaba enmarcado. Este estaba arrugado, tachado, con manchas de café y anotaciones en tres colores de bolígrafo.
Arriba, subrayado dos veces, ponía:
***CÓDIGO RÍOS 2.0 (BORRADOR. NO SE LO ENSEÑES A NADIE. NI A LA GATA).***
Se me fue la mano a la boca.
Lo leí de pie, con la puerta de la nevera abierta y el frío en las piernas.
> **1.** ~~Prohibido enamorarse.~~ *(Revisar. Posible error de cálculo. Consultar con un cardiólogo.)*
> **2.** ~~Prohibido tener hijos.~~ *(Ya no aplica. Ver ecografía. Es un frijol con corazón.)*
> **3.** Prohibido huir. *(Incluye: huir al baño, huir a una guardia extra, huir fingiendo una trombosis.)*
> **4.** Prohibido decir «eso les pasa a todos los niños». *(Cláusula de Valeria. Maldita abogada.)*
> **5.** Aprender a cambiar un pañal sin talco. *(Pendiente. Lo del muñeco fue un accidente.)*
> **6.** Preguntarle a Clara qué quiere desayunar ANTES de que vomite.
> **7.** Recordar que le gusta el azul. Comprarme más camisas azules.
> **8.** Si ella se ríe, no analizarlo. Solo disfrutarlo.
> **9.** Si ella se asusta, quedarme. Aunque no sepa qué decir. Sobre todo si no sé qué decir.
> **10.** No pedirle nada que ella no quiera dar. Pero estar ahí por si algún día lo quiere.
Y debajo, con una letra más pequeña y un bolígrafo distinto, como escrito a las tres de la madrugada:
*«Nota personal: Mañana decirle algo. No sé qué. Algo con mejor vocabulario que "tengo un apretón en el pecho". Quizá "me gustas". O "me importas". O "no sé cómo se llama esto pero quiero que dure". Practicar frente al espejo. Sin testigos».*
Se me nubló la vista.
—Clara —dijo una voz a mi espalda.
Pegué un salto tan grande que lancé el tupper por los aires. El papel salió volando. Fabián, con reflejos de traumatólogo, lo atrapó con una mano, y con la otra, por pura inercia, agarró el bote de pepinillos que también salía despedido. Quedó en el centro de la cocina con un papel en una mano y un frasco en la otra, como un hombre sorprendido haciendo un acto de magia con muy mala suerte.
—Lo has leído —dijo.
—No.
—Tienes los ojos rojos.
—Es el frío de la nevera.
—Está apagada.
—Es el frío emocional.
—Eso no existe.
—Lo leí en… un lugar.
Se le escapó una media sonrisa. Una sonrisa pequeña y torcida, de esas que no se ensayan frente al espejo. Dejó el frasco sobre la encimera y dobló el papel con una ternura casi quirúrgica.
—Iba a enseñártelo mañana.
—¿Cuando hubieras practicado frente al espejo?
—Has llegado al final.
—Soy muy rápida leyendo.
—Qué vergüenza.
—Fabián.
—¿Qué?
—Me gusta el número ocho.
Se quedó quieto. Yo también. Entre los dos, un frasco de pepinillos brillaba bajo la luz de la nevera como un testigo mudo de un momento que nadie quería romper.