Fabián Ríos.
No dormí.
Quiero dejarlo claro desde el principio, porque más adelante alguien intentará decir que sí. Mi madre, por ejemplo, jura que me vio roncando a las cinco de la mañana. Es mentira. Yo estaba en una fase de reposo ocular activo, que es una técnica médica perfectamente reconocida y que acabo de inventar.
Lo que hice toda la noche fue mirar el techo de mi clóset-habitación amarillo, escuchando el tintineo del móvil de estrellitas y repitiendo mentalmente una sola frase:
*Compre otra cuna.*
Yo, Fabián Ríos, traumatólogo, hombre de ciencia, he estudiado seis años de carrera, cinco de especialidad y dos de subespecialidad. Sé distinguir una fractura espiroidea de una oblicua con los ojos cerrados. Sé reducir un hombro luxado con una sola mano mientras pido un café con la otra.
Y no fui capaz de interpretar seis palabras dichas por una ginecóloga.
—Es una metáfora —le dije al techo.
El techo no dijo nada. Los techos, como los gatos, juzgan en silencio.
A las seis de la mañana, la puerta se abrió con un crujido, y una figura pequeña, con un camisón largo y una trenza deshecha, apareció en el umbral con una taza humeante.
—Té de manzanilla —susurró Clara—. Para ti. Tienes pinta de que lo necesitas.
—No he dormido.
—Lo sé. Te oí hablar con el techo.
—Estaba en reposo ocular.
—Estabas negociando con un yeso.
Se sentó en el borde de la cuna, que crujió con dignidad, y me tendió la taza. Yo me incorporé, con el pelo hecho un nido de cuervos, y bebí un sorbo. Estaba caliente, dulce y con un ligero toque de canela. Mi madre, sin duda, había pasado por la cocina.
—¿Tú has dormido? —pregunté.
—Cuatro horas. Mostaza me usó de almohada.
—¿Y los náuseas?
—Se tomaron la noche libre. Creo que están asustados.
—¿De qué?
—De lo que nos va a decir la doctora.
Silencio.
—Clara.
—Dime.
—Si son dos…
—No lo digas.
—Si son dos, ¿qué hacemos?
—No lo sé.
—¿Compramos otra cuna?
—Mi padre ya está cortando madera en el balcón. Lo oigo desde las cinco.
Efectivamente. Entre el tintineo de las estrellitas se colaba un rumor lejano y rítmico: *ZZZZZ… ZZZZZ… ZZZZZ…* Don Anselmo no hacía las cosas a medias. Si había un rumor de gemelos en el aire, él ya tenía el pino cortado.
—Mi madre —murmuré— ya habrá empezado a tejer.
—Dos gorritos.
—Cuatro botitas.
—Dos mantas.
—Una por cada santo.
Nos miramos. Y la risa, esa traidora, nos asaltó a los dos al mismo tiempo, una risa nerviosa, incontenible, de las que se escapan cuando el miedo y la ternura se pelean por el mismo espacio. Nos reímos hasta que a Clara se le saltaron las lágrimas y a mí se me cayó medio té sobre la sábana.
—Soy un desastre —dije.
—Eres **mi** desastre.
Se quedó callada. Yo también. La frase había salido sola, como un pájaro de una jaula mal cerrada, y ahora flotaba entre los dos, con las alas todavía temblando.
—Quería decir… —empezó Clara.
—Lo sé.
—Es una expresión.
—Claro.
—No significa nada.
—Perfecto.
—Aunque podría.
Me quedé inmóvil.
—¿Podría?
—Es una hipótesis de trabajo.
—Ah.
—Todavía sin datos suficientes.
—Naturalmente.
—Habría que… investigarla.
—Con rigor científico.
—Con mucho rigor.
Sonrió. Y yo, que llevaba toda la noche sin dormir, sentí que el cansancio me abandonaba como un mal inquilino.
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La clínica de la doctora Montenegro abría a las ocho. Llegamos a las siete y cuarenta, con un séquito que habría avergonzado a un presidente.
Don Anselmo, con una cinta métrica. Doña Eulalia, con una bolsa de pan de agua. Doña Rosario, con tres velas, un rosario y una medalla de San Ramón Nonato. Valeria, con el móvil. Mateo, en silla de ruedas empujada por Lupita, que había pedido el día libre «por razones de seguridad nacional».
—Esto no es un evento público —dije en la puerta.
—Es un evento familiar —respondió doña Rosario.
—Es una consulta médica.
—Es un acontecimiento.
—Es una ecografía.
—Es un milagro con transductor.
—Solo pueden entrar los padres —dijo la recepcionista, con una paciencia que le debía de costar un sueldo.
—Yo soy la abuela.
—Las abuelas esperan fuera.
—Yo espero **dentro de fuera**.
—¿Cómo?
—Es una técnica.
La recepcionista cerró los ojos. Los volvió a abrir. Miró la sala de espera, que ya contaba con cinco adultos, una silla de ruedas y un carpintero midiendo la puerta del consultorio para «futuras ampliaciones». Y con la sabiduría de quien conoce el valor de una batalla perdida, suspiró.
—Pasen los padres. Los demás, en silencio. Y por favor, nadie encienda velas.
Doña Rosario se guardó una vela en el bolso con una discreción impecable. Estaba encendida.
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La doctora Montenegro nos recibió con una sonrisa que reconocí al instante. No la profesional, de locutora de radio, sino la otra: la de alguien que lleva toda la noche esperando contar un secreto.
—Pasen, pasen. Siéntense. Clara, a la camilla. Doctor Ríos, a su lado. Y respire, que se está quedando morado.
—Estoy perfectamente bien.
—Está conteniendo el aire desde que cruzó la puerta.
—Es una técnica.
—Todo el mundo en su familia tiene una técnica.
Clara se tumbó. La doctora le subió la camiseta, extendió el gel, y la sala se llenó del zumbido suave del aparato. Yo me senté a su lado, sosteniendo el oso gigante, porque por alguna razón que no logro explicar ya nunca iba a ningún sitio sin él.
—Bueno —dijo la doctora—. Vamos a ver qué tenemos.
En la pantalla apareció un paisaje gris, granuloso, borroso. Yo, que había visto miles de imágenes, seguí sin entender nada, lo cual me parecía ya una tradición.
—Aquí está el útero. Aquí el saco. Y aquí…