Prohibido los niños.

Capítulo 15: ¿Dos niñas?

Clara Del Valle.

Hay familias que celebran las noticias con una cena. La mía y la de Fabián las celebran con un consejo de guerra.

Fue convocado a las nueve de la noche, en la sala de nuestro departamento, bajo un cartel de cartulina que Valeria había pegado en la pared con cinta de carrocero: **«CUMBRE INTERFAMILIAR DE NOMBRES. PROHIBIDO HUIR».** Debajo, en letra más pequeña: *«Esto va por el acta»*.

Había una pizarra blanca, que nadie sabía de dónde había salido, y que sospecho que Valeria llevaba siempre en el coche, por si surgía un tema. Doña Rosario había traído tamales «para el pensamiento». Mi madre, un termo de chocolate de agua. Mi padre se había sentado en el sillón con una libreta y un lápiz de carpintero detrás de la oreja, que es, según él, la herramienta más seria que existe para decidir un destino. Josefina había instalado su móvil sobre un trípode y retransmitía todo en directo al grupo, que ya sumaba doscientos nueve miembros.

Mateo, desde su silla de ruedas, con la pierna enyesada sobre un cojín, levantó la mano.

—¿Puedo votar?

—No —dijo Valeria.

—¿Por qué?

—Porque tú pusiste a tu hijo «Santiago Gael Mateo Junior».

—Es un nombre con historia.

—Es un nombre con síndrome de Estocolmo.

Fabián y yo estábamos sentados juntos en el sofá, rodeados de cajas, con las manos en el regazo, como dos acusados esperando sentencia. Mostaza se había colocado entre los dos, en postura de esfinge, con la misma expresión que un juez que ya sabe el veredicto y se aburre.

—Bien —dijo Valeria, destapando un rotulador—. Empezamos. Punto uno del orden del día: **los nombres**. Punto dos: **los escenarios**. Punto tres: **mi comisión como organizadora**.

—¿Qué comisión? —preguntó Fabián.

—Es una broma.

—¿Seguro?

—Casi.

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Los nombres, como cualquier cosa que toque mi familia, empezaron con una ofensiva.

—Para el niño —dijo doña Rosario, levantándose con solemnidad—, yo propongo **Alejandro**, como su abuelo.

Fabián se quedó callado. Lo vi tragar saliva. El retrato de su padre, que había acabado instalado sobre la estantería del salón, presidía la reunión con su gesto serio y sufrido.

—Mamá… —murmuró.

—Es tu padre, mijo.

—Lo sé.

—Lo hubiera querido.

—Lo sé.

—Lo hubiera llorado de alegría.

—¡Mamá, no llores!

—No estoy llorando.

—Tienes la nariz roja.

—Es la manzanilla.

—¡Es una taza de manzanilla, mamá, no una cebolla!

Mi madre, don Anselmo y yo intercambiamos una mirada. Había algo muy tierno en aquella escena que pedía respeto, y también algo muy peligroso en la sonrisa de doña Eulalia.

—Yo propongo **Anselmo** —dijo ella, con una voz suave y letal.

—¡Eulalia! —protestó mi padre, con un rubor repentino—. No empieces.

—Es un nombre bonito.

—Es mi nombre.

—Por eso.

—Me da vergüenza.

—Te dará un nieto con tu nombre. Y bigote.

—¡No me hagas esto delante de gente!

—Hay doscientas nueve personas viendo.

—¡Eso es lo que me preocupa!

Valeria anotó en la pizarra: **ALEJANDRO (Rosario). ANSELMO (Eulalia). BIGOTE (¿?).**

—Siguiente.

—**Frida** —dije yo, levantando la mano.

—¿Para el niño o para la niña?

—Para quien salga.

—Es un nombre muy fuerte.

—Es un homenaje.

—Es una cejas con piernas —murmuró Fabián.

—¿Perdón?

—Nada. Que es un nombre muy artístico.

—Gracias.

—Pero me da miedo.

—¿Por qué?

—Porque todas las Fridas que he conocido tenían carácter.

—Ah. ¿Y eso te molesta?

—Me aterra.

—Qué casualidad. Estás a punto de tener dos hijos con la misma persona que te aterra.

—Por eso lo digo.

Mi padre, desde el sillón, soltó una tos que sonó sospechosamente a risa. Valeria escribió: **FRIDA (Clara). Veto parcial (Fabián, por miedo).**

—Siguiente.

—**Fabiano** —dijo Fabián.

Silencio.

—¿Fabiano? —repetí.

—Es un nombre elegante.

—Es tu nombre con una letra de más.

—Es una continuidad.

—Es un narcisismo con acento italiano.

—Es una tradición familiar.

—¿Cuál tradición?

—La que empieza ahora.

Mi madre se llevó una mano a la boca para no reírse. Doña Rosario tomó nota mental con un asentimiento solemne. Valeria apuntó, con mucha ceremonia: **FABIANO (Fabián). Alerta: ego.**

—¡Eh!

—Es una nota profesional.

Pasaron veinte minutos. Se propusieron nombres de santos, de actores de telenovela, de cantantes de bolero, de un futbolista argentino que nadie recordaba y de un cuadro de Remedios Varo. Mateo propuso «Santi Junior Dos» y fue silenciado con un cojín. Josefina propuso «Conserva». Se lo agradecimos, pero declinamos.

Y entonces Valeria dejó el rotulador sobre la repisa con un movimiento sereno, y supe que había llegado el momento que yo temía.

—Bien —dijo—. Ahora, el punto dos.

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—**Escenarios** —anunció.

Se hizo un silencio expectante. Valeria dio la vuelta a la pizarra, con una floritura de ilusionista, y apareció un esquema que debía de haber preparado en el taxi: un diagrama de flujo perfectamente trazado, con flechas, cajas y tres columnas.

—La doctora Montenegro les dijo que al menos uno de los bebés podría ser niña —empezó, con la voz de una consultora de gestión—. El segundo, por timidez, se resiste a mostrar su género. Lo cual nos lleva a tres escenarios posibles.

—¿Tres? —preguntó Fabián.

—Escenario A: niña y niño. Probabilidad aproximada: cincuenta por ciento.

—Vale.

—Escenario B: niña y niña. Probabilidad aproximada: cincuenta por ciento.

—Un momento. Eso suma cien con el A.

—Exacto. No hay un Escenario C. Pero quedaba bien tener tres.

—Valeria.

—Hay que mantener la estética.

Doña Rosario aplaudió, emocionada. Don Anselmo se incorporó en el sillón con el lápiz de carpintero entre los dedos. Doña Eulalia se secó una lágrima con el borde del delantal. Mateo, desde su silla, murmuró algo como «yo con dos niñas me habría muerto, pero me habría muerto contento».




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