Fabián Ríos.
Hay objetos que no deberían existir en un pasillo de edificio. Un extintor, vale. Un felpudo con mensaje, aceptable. Un carrito de bebé, comprensible.
Un piano de cola, no.
Y sin embargo, ahí estaba. A las once y cuarto de la noche, en el rellano del tercer piso, ocupando todo el espacio entre mi puerta y la del vecino, negro, majestuoso, con la tapa cerrada y un lazo rojo gigantesco en la pata delantera, como un elefante regalado a un niño que había pedido una bicicleta.
—Es un piano —dijo Clara.
—Es un piano.
—De cola.
—Un Steinway, creo. Lo cual significa que cuesta más que mi coche, mi sofá y mi dignidad juntos.
—Tu dignidad está bastante devaluada.
—Gracias por la actualización.
Junto al piano, sentados en el suelo con las espaldas apoyadas en la pared, dos hombres corpulentos con uniforme de mudanzas fumaban un cigarrillo con la expresión de quienes han completado una hazaña bíblica y no piensan hablar de ello.
—¿Quiénes son ustedes? —pregunté.
—Los del piano.
—¿Y cómo lo han subido?
—No lo hemos subido.
—Entonces, ¿cómo está aquí?
—Por la ventana de la escalera. Con una grúa.
—¿Una grúa?
—Una pequeña. Los vecinos de abajo han aplaudido.
—Los vecinos de abajo —murmuró Clara— llevan semanas golpeando el techo con una escoba. Tienen mucho que aplaudir.
El más alto de los mudanceros sacó un sobre del bolsillo.
—Para el doctor Ríos. De parte de la señorita Fuentes.
Lo abrí. Dentro, una tarjeta perfumada con la caligrafía impecable de Natalia:
*«Fabián: recuerdo que tu padre tocaba. Siempre dijiste que nunca tendrías un piano porque eso significaba quedarte en un sitio. Ahora tienes uno. Úsalo. —N. P.D.: Clara, no te enfades. Es un regalo sincero. Y tiene una sorpresa en el taburete».*
Levanté la vista. Clara ya había levantado la tapa del taburete. Dentro, enrollado con una cinta azul, había un papel. Lo desenrolló con cuidado, lo leyó, y soltó una risa tan breve y tan extraña que me asustó.
—¿Qué dice?
Me lo pasó.
Era un certificado de adopción simbólica de un oso panda en el zoológico, a nombre de «Los futuros hijos de Fabián y Clara».
—Dos pandas —leí.
—Uno por bebé.
—¿Por qué un panda?
—Porque es un animal que casi no se reproduce.
—Qué sutil.
—Y que necesita muchísimo bambú.
—Eso es un ataque a mi economía.
—Es una indirecta con cariño.
---
Debo confesar algo: cuando mi padre vivía, tocaba el piano.
No bien. Tenía los dedos de un leñador y la sensibilidad de un tractor. Pero los domingos por la tarde, después de comer, se sentaba al viejo Yamaha de la sala y aporreaba con una devoción conmovedora *Para Elisa*, siempre con el mismo error en el compás catorce. Mi madre decía que era el sonido de la felicidad. Yo, a los diez años, decía que era el sonido del castigo.
Cuando murió, mi madre vendió el piano. Dijo que no soportaba el silencio que dejaba. Yo juré que nunca tendría otro.
Y ahora había un Steinway en mi rellano, con un lazo rojo, a las once de la noche.
—¿Estás bien? —preguntó Clara, en voz baja.
—Sí.
—Has puesto cara de radiografía.
—Es que… —Me pasé la mano por la cara—. Natalia se acordó. De algo que le conté hace años, en una noche cualquiera. Y yo ni siquiera lo recordaba.
—Es una buena mujer.
—Lo sé.
—Y tiene mucho dinero.
—También.
—Y mucho sentido del drama.
—Eso lo comparte contigo.
—Oye.
—Es un cumplido.
Fue entonces cuando oímos un clic. La puerta de enfrente se abrió y, por la rendija, asomó la cabeza de una señora de unos ochenta años, con rulos, bata de flores y la expresión de quien lleva décadas esperando que algo interesante ocurra en su rellano.
—Buenas noches, doctor.
—Buenas noches, doña Pilar.
—Qué instrumento tan bonito.
—Gracias.
—¿Va a tocarlo?
—No sé tocar.
—Qué lástima. Yo daba clases de piano. Cuarenta años. Conservatorio. Si quiere, le enseño.
Clara y yo nos miramos.
—Es muy amable, pero…
—Mañana a las nueve. Con café.
—Doña Pilar, yo trabajo.
—Entonces a las siete.
—De la mañana.
—Del amanecer. Es la hora de los dedos.
Cerró la puerta con la dignidad de un general que ha ganado una batalla sin disparar.
—Acabo de tener un profesor —dije.
—Y una vecina fan.
—Y un piano que no cabe en mi casa.
Miré el mueble. Miré la puerta. Medí mentalmente. Era imposible. Con la puerta abierta del todo, sobraban cuarenta centímetros.
—Hay que desmontarlo —dijo el mudancero alto.
—¿Se puede?
—Es un Steinway. Se puede, pero cuesta.
—¿Cuánto?
—Mejor no pregunte.
—Y si no lo desmontamos…
—Se queda en el rellano.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que lo desmonte alguien con más paciencia que nosotros.
Se levantaron, apagaron los cigarrillos y se fueron por la escalera, silbando, sin mirar atrás.
—Gracias por todo —murmuré.
—Buena suerte, doctor —dijo uno, desde el piso de abajo.
---
Pasé la noche siguiente en vela, pero esta vez por una razón simple: don Anselmo.
Lo descubrí a las cinco de la mañana, cuando salí a buscar un vaso de agua y lo encontré en el rellano, sentado en un taburete, con las gafas en la nariz, un lápiz de carpintero detrás de la oreja y una libreta en la que dibujaba el piano desde cuatro ángulos distintos.
—Don Anselmo.
—Doctor.
—¿Qué hace?
—Calculo.
—¿Qué calcula?
—Cómo meterlo.
—Es imposible.
—Nada es imposible. Es solo madera. Mucha madera. Con cuerdas.
—No es madera. Es un Steinway.
—Todo es madera si lo miras con respeto.
Se levantó. Rodeó el piano con las manos a la espalda, como un general inspeccionando tropas.
—Mire. La puerta no cabe. La ventana tampoco. Pero el balcón…