Clara Del Valle.
Yo había asistido a juicios de arte. Esos en los que cinco críticos con bufanda deciden si tu obra es «una voz generacional» o «un accidente con marco». Pensé que nada podía ser más humillante.
Me equivocaba. Porque nadie te prepara para ver a tu pareja, el padre de tus mellizos, sentado en una silla de plástico frente a un tribunal improvisado en la sala de juntas del Hospital San Gabriel, con una corbata azul que yo le había elegido y la cara de un acusado que sabe que es inocente y que, aun así, nadie le va a creer.
—Que conste en acta —dijo Valeria, de pie, con una toga prestada que en realidad era una bata de laboratorio con una cinta negra al cuello— que mi cliente es inocente, guapo y un poco distraído.
—Esas dos últimas no son defensa —susurró Fabián.
—Son atenuantes.
La sala de juntas olía a café quemado y a burocracia. En la cabecera de la mesa, el director del hospital, el doctor Evaristo Montalvo, un hombre de sesenta años con la mirada de un búho estreñido, ordenaba unos papeles con la solemnidad de un juez supremo. A su derecha, la jefa de personal, la licenciada Cordero, tomaba notas sin levantar la vista. A su izquierda, un abogado del hospital con cara de no haber sonreído desde 1998.
Enfrente, en el banquillo de los acusados, estaba Fabián. Y a su lado, como testigo de la defensa, yo, con una mano sobre el vientre y la otra aferrada a un tamal, por razones que explicaré enseguida.
Detrás de nosotros, en las sillas del público, se había instalado media familia: mis padres, doña Rosario, Mateo en su silla de ruedas, Lupita con el rosario, Josefina con un tarro de conservas y, en la última fila, escondidos bajo un sombrero enorme, Ramiro y Esperanza, que habían decidido asistir «por solidaridad» y que se miraban de reojo con una cara de culpa que podría haberse vendido por metros.
—Orden en la sala —dijo el director, golpeando la mesa con un bolígrafo—. Estamos aquí para tratar la queja formal presentada por doña Jesús Villaseñor contra el doctor Fabián Ríos, por presunto incumplimiento de promesa matrimonial y conducta indebida en una unidad de traslado sanitario.
—¡Protesto! —gritó Valeria.
—Todavía no he preguntado nada.
—Protesto de forma preventiva.
—No existe la protesta preventiva.
—En mi despacho sí.
—Esto no es su despacho.
—Es la sala donde se me paga la minuta. Por tanto, es mi despacho.
—Usted no cobra nada.
—Por eso protesto.
El director cerró los ojos. Contó hasta tres. Y llamó a la demandante.
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Doña Chuy entró como una reina que viene a reclamar su trono. Llevaba un vestido de domingo, un chal bordado, una carpeta enorme y, bajo el brazo, un tupper de enchiladas. Lo depositó sobre la mesa con un golpe seco, que resonó en la sala como un mazo.
—Prueba número uno —anunció.
—Señora, no es necesario…
—Es la prueba de que mi hija cocina bien.
—Eso no es relevante para…
—Es muy relevante. Una muchacha que cocina así merece respeto.
—Respeto, sí. Pero aquí se trata de…
—¡De un beso! —chilló doña Chuy, abriendo la carpeta con teatralidad—. ¡Aquí tengo el video!
Sacó un teléfono viejo, de esos con la pantalla rota, y lo conectó con dificultad al proyector de la sala. Pasaron cinco minutos de pelea técnica, en los que Lupita, desde el público, murmuró «esto se arregla apagando y encendiendo» y fue silenciada con una mirada.
Finalmente, la imagen apareció en la pared.
Un vídeo borroso, tomado desde lejos, con mucho temblor. Se veía el interior de una ambulancia con las puertas abiertas. Dentro, un hombre con bata blanca, bigote espeso y un casco amarillo (que no hacía juego con la bata, pero eso ya lo explicaremos) sujetaba por la cintura a una mujer de vestido azul. Se miraban. Se acercaban. Se besaban, con una ternura tan evidente que hasta el director del hospital apartó la vista, incómodo.
—¿Lo ven? —dijo doña Chuy, triunfante—. ¡Es el doctor!
Hubo un murmullo. Todos nos giramos hacia la última fila. Ramiro, bajo su sombrero, se hundió en la silla como un caracol en su concha. Esperanza se tapó la cara con las manos.
—Señora —dijo el abogado del hospital, con voz neutra—, ¿cómo sabe usted que es el doctor Ríos?
—Por la bata.
—Muchos médicos llevan bata.
—Por el bigote.
—El doctor Ríos no tiene bigote.
—Se lo habrá dejado crecer.
—¿En cuarenta y ocho horas?
—¡Hay hombres muy rápidos!
Fabián se inclinó hacia Valeria y susurró:
—Esto es absurdo.
—Es una oportunidad —respondió ella, sin mover los labios.
—¿De qué?
—De lucirme.
Se puso en pie con un movimiento teatral. Dio dos pasos, se giró hacia la sala y, con la voz de una abogada de película, anunció:
—Señor director. Con su permiso, voy a proceder a una pericial.
—¿Una pericial de qué?
—Visual.
—No entiendo.
—Voy a demostrar que el hombre del vídeo no es mi cliente.
—¿Cómo?
—Por la oreja.
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Debo explicar que la idea era brillante y disparatada a partes iguales, lo cual, en mi familia política, es la definición de un plan sólido.
Valeria sacó de su maletín un metro de costura, un transportador de ángulos y un cuaderno con los apuntes de una carrera que, según ella, «incluía criminología básica». Se acercó a la pantalla, congeló la imagen y empezó a medir.
—Observen. La oreja izquierda del hombre del vídeo tiene el lóbulo adherido. Pegado a la mandíbula. Mientras que mi hermano —se giró hacia Fabián, que parpadeaba atónito— tiene el lóbulo libre. Colgante. Como un… colgante.
—Eso es verdad —murmuró mi madre, desde el público.
—Segundo. La altura. El hombre del vídeo mide aproximadamente uno setenta. Mi hermano mide uno ochenta y dos.
—Uno ochenta y uno —corrigió Fabián.
—Uno ochenta y dos con zapatos.
—Con zapatos de tacón.