Prohibido los niños.

Capítulo 18: Código rojo: la emergencia de Fabián.

Fabián Ríos.

Hay un instante, en la vida de todo médico, en que el cuerpo se adelanta a la cabeza.

No lo decides. No lo piensas. Simplemente suena una alarma, alguien grita tu apellido, y las piernas ya están corriendo por el pasillo, las manos ya se están frotando con gel, y el cerebro, ese jefe perezoso, llega diez segundos tarde preguntando: «¿Qué pasa?».

Eso me ocurrió a mí. Crucé el pasillo del San Gabriel con la bata ondeando, esquivé una camilla, salté un carrito de limpieza (que, por cierto, tenía un cartel de «suelo mojado» que leí cuando ya estaba en el aire) y entré en urgencias con la respiración de una locomotora.

—¿Qué tenemos? —grité.

—¡Doctor Ríos! —El residente de guardia, un chico de veinticinco años llamado Dani, con la cara del color de una sábana y los ojos como platos, se me acercó a trompicones—. ¡Es un caso… un caso complicado!

—¿Politraumatizado?

—No.

—¿Fractura abierta?

—No exactamente.

—¿Qué es, entonces?

—Es… —Tragó saliva—. Es un hombre. Con un objeto. En un lugar.

Cerré los ojos.

—No me digas que es el del mando a distancia.

—No. Este es peor.

—¿Peor?

—Es un… —Bajó la voz hasta un susurro de confesionario—. Un loro.

—¿Un loro?

—Vivo.

—¿Dónde?

—No quiero decirlo.

—Dani.

—Está en un sitio que un loro no debería estar.

—¿Y por qué es un código rojo?

—Porque el loro habla.

Me quedé inmóvil. Miré al residente. Miré el pasillo. Y en algún lugar del fondo, entre cortinas y monitores, oí una voz aguda, nasal, perfectamente articulada, que gritaba:

—¡SOCORRO! ¡ME QUIEREN ASESINAR! ¡LLAMEN A LA POLICÍA! ¡ESTO ES UN ABUSO!

Y luego, con otra voz, grave, avergonzada, un hombre que decía:

—Perdone, doctor. Es que Paco tiene miedo.

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Lo explicaré con la mayor sobriedad profesional posible, porque en mi carrera he visto muchas cosas, pero esto estaba fuera de catálogo.

El paciente se llamaba don Heriberto Quiroz, cincuenta y ocho años, comerciante de loros. Había llegado en ambulancia, de lado, con una expresión de dignidad herida, acompañado por una enfermera que no levantaba la vista del suelo. Según el protocolo, lo que había ocurrido era lo siguiente: don Heriberto, aficionado a una práctica que nunca llegaré a comprender, había intentado guardar a su loro de seis meses en la chaqueta mientras cruzaba una calle, tropezó, cayó de espaldas sobre un cubo de basura y…

Prefiero no entrar en detalles anatómicos. Basta decir que el loro había terminado donde un loro, jamás, bajo ninguna circunstancia, debe terminar.

—Doctor —dijo don Heriberto, con las mejillas rojas como un tomate—. Yo no sé cómo ha podido pasar.

—Eso le pasa a mucha gente —respondí, por inercia.

Silencio.

Mi cerebro, cruel y puntual, trajo a mi memoria la cláusula sexta del contrato de Valeria: *Queda estrictamente prohibido el uso de la frase «eso les pasa a todos los niños»…*

Aquello no era un niño, pero el espíritu de la ley estaba claro.

—Quiero decir —rectifiqué, con la voz más profesional que pude—, que no es un caso habitual, y que lo trataremos con la máxima discreción.

—¡SOCORRO! —gritó el loro—. ¡ABUSO! ¡HAY TESTIGOS!

—Paco, calla —suplicó don Heriberto.

—¡NO ME CALLO! ¡SOY UN LORO LIBRE!

—Es un ave muy política —se disculpó el hombre.

—Ya veo.

—Aprendió todo de la radio.

Lupita, que había llegado detrás de mí con su maletín, intentó contener una risa. Fracasó con una elegancia ejemplar. Se dio la vuelta, se tapó la boca con el rosario y sus hombros empezaron a temblar con un ritmo sospechosamente regular.

—Lupita.

—Doctor.

—¿Se ríe usted?

—Me estoy persignando con entusiasmo.

—Ayúdeme con el paciente.

—Con mucho gusto. Pero antes, ¿le aviso al jefe de cirugía, o al veterinario?

—A los dos.

—¿Y a la Virgen?

—También.

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El procedimiento duró cuarenta minutos. Intervinieron un cirujano general, un veterinario de guardia que vivía a tres calles y que llegó en pijama con un maletín de pájaros, un anestesista con cara de «yo no he visto nada» y yo, que fui designado coordinador por el simple hecho de ser quien estaba más cerca de la puerta.

No daré más detalles. Hay cosas que un médico se lleva a la tumba. Solo diré que Paco salió ileso, ofendido y con un nuevo vocabulario, y que don Heriberto salió caminando de lado, con la dignidad de un monarca derrocado, prometiendo que jamás volvería a guardar un loro en un bolsillo.

—Doctor —me dijo, antes de irse—. Una cosa.

—Dígame.

—No se lo cuente a nadie.

—Secreto profesional.

—Gracias. ¿Y a su mujer?

—¿A mi mujer?

—La he visto en el pasillo. Tiene cara de muy buena persona.

—No es mi… —Me detuve. Una vez más, esa palabra me quedaba grande, o quizá pequeña, o quizá justa—. Es la madre de mis hijos.

—Pues no se lo cuente a ella tampoco.

—No se lo contaré.

—¡SE LO VA A CONTAR! —chilló Paco, desde su jaula—. ¡LOS MÉDICOS SIEMPRE LO CUENTAN!

—Calla, Paco.

—¡HAY UNA EMBARAZADA EN EL PASILLO! ¡LO VOY A SOLTAR!

—¡Paco!

—¡HIJOS! ¡DOS! ¡MELLIZOS! ¡LO SÉ TODO!

Me quedé mirándolo.

—¿Cómo sabe lo de los mellizos?

—Aprendió todo de la radio —repitió don Heriberto, con un hilo de voz—. Y de su grupo de WhatsApp.

—¿Qué grupo?

—«Operación Nieto». Mi cuñada está en él.

Cerré los ojos.

—Vaya. Hasta los loros lo saben.

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Salí de urgencias a las ocho de la tarde, con el pelo despeinado, la bata arrugada, la espalda destrozada y un cansancio tan hondo que me parecía hasta bonito. En la sala de espera, los míos me esperaban en formación: Clara, con un termo de té; mi madre, con tres tuppers; doña Eulalia, con una manta; Valeria, con el móvil; Mateo, dormido en su silla con la boca abierta.




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