Clara Del Valle.
Hay una ley no escrita de la vida adulta: si organizas una fiesta sorpresa para una embarazada, y esa embarazada se entera tres días antes por un loro, ya no es una sorpresa. Es un evento con riesgo.
—¡BABY SHOWER! ¡BABY SHOWER! ¡EL SÁBADO! ¡HAY PASTEL! —había gritado Paco el miércoles por la mañana, posado sobre mi caballete, mientras yo intentaba tomarme una galleta de jengibre con dignidad.
—Paco, ¿quién te ha dicho eso?
—¡LA RADIO! ¡Y VALERIA!
—Valeria no habla con loros.
—¡HABLA CON TODOS! ¡ES ABOGADA!
Don Heriberto había dejado a Paco «en custodia temporal» en nuestro departamento hasta que se resolviera su conflicto con el casero, que no admitía aves y tampoco hombres con pasado de bolsillo. Así que ahora vivíamos con un gato obeso, un piano en el balcón y un loro periodista. Fabián decía que ya solo nos faltaba una cabra y una orquesta.
—No lo digas en voz alta —le advertí—. Este edificio escucha.
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El sábado amaneció con un sol descarado. A las once de la mañana, el techo del edificio, esa terraza gris con tendederos y antenas que nadie había pisado desde la Revolución, estaba irreconocible.
Había guirnaldas de papel picado en todos los tonos del arcoíris. Una mesa larga cubierta con manteles de hule bordados, que había traído mi madre «por si acaso». Globos blancos, amarillos y verdes, porque Valeria, con una neutralidad estratégica, había decidido que el color de la fiesta sería «el que no se pueda equivocar». Un arco de flores de papel. Una piñata enorme con forma de cigüeña, colgada de una cuerda. Y al fondo, bajo un toldo, una mesa con tamales, pozole, enchiladas, mole, tres tipos de agua fresca y un pastel de tres pisos con una cubierta de merengue tan blanca que daba miedo tocarla.
—¿Cuántos invitados hay? —pregunté, desde la escalera, con las manos en la cintura.
—Ochenta y tres —dijo Valeria, con una tablet en la mano y una diadema de «Organizadora Suprema» que ella misma se había fabricado.
—¿Ochenta y tres?
—Más los del grupo, que se unieron por videollamada. Hay un tío de Monterrey que ha puesto la cámara en un trípode.
—¿Y quién es?
—Ni idea. Pero trajo regalos.
—¿Y los regalos?
—Los están descargando.
—¿De qué?
—De un camión.
Miré hacia la calle. Efectivamente, un camión de reparto estaba estacionado frente al portal y dos hombres bajaban cajas enormes con una lentitud ceremonial.
—Valeria.
—Dime.
—Solo he invitado a veinte personas.
—Y yo a sesenta y tres más. Se llama «ampliación estratégica».
—¿Con qué permiso?
—Con el de doña Rosario.
—¡Ella no es la dueña de mi baby shower!
—Es la abuela. Tiene derechos de propiedad intelectual sobre el nieto.
Abrí la boca, la cerré, y llegué a una conclusión sabia: a veces, en esta familia, lo más inteligente es sentarse y comer.
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Mi vestido para la ocasión era de lino verde, con un lazo en la cintura que mi madre había cosido a las cuatro de la madrugada. Fabián llevaba una camisa azul, un pantalón claro y la cara de un hombre que había dormido seis horas por primera vez en dos semanas, lo cual, en su caso, significaba un milagro.
—Estás guapa —dijo, cuando me vio salir al pasillo.
—Estoy hinchada.
—Estás guapa e hinchada.
—Qué romántico.
—Es que soy honesto.
—Por favor, no empieces con esa frase.
—Es que es verdad.
—Fabián.
—Dime.
—Tienes una mancha de mostaza en la camisa.
Se miró el pecho. En efecto, un punto amarillo decoraba la tela, justo sobre el corazón.
—Es Mostaza.
—Es mostaza.
—Es Mostaza el gato. Se me subió encima.
—Entonces es pelo, no salsa.
—Es la mancha de un gato con el mismo nombre que un aderezo.
—Vamos a llegar tarde.
—Pues que me quiten la camisa.
—No des ideas.
Sonrió. Esa sonrisa pequeña, torcida, que ya conocía como se conoce una calle por la que se ha vuelto a casa mil veces. Me tendió el brazo con una solemnidad exagerada, como un caballero antiguo, y juntos subimos las escaleras hacia la terraza, mientras desde arriba llegaban voces, música de mariachi y un coro de ochenta personas gritando al unísono:
—¡SORPRESA!
Me quedé quieta en el último escalón.
—¿Sorpresa? —dije.
—¡Sorpresa! —repitieron—. ¡Felicidades!
—Pero si sabía que…
—¡SORPRESA! —gritó Paco, desde el hombro de Fabián.
—Paco, es que ya lo sabía.
—¡LO SÉ! ¡LO DIJE YO!
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La fiesta transcurrió con la fluidez de un ejército en retirada.
Primero llegaron los abrazos. Doña Rosario me abrazó dos veces, mi madre tres, Josefina cuatro, doña Chuy una vez con mucha fuerza y Esperanza con los ojos llorosos y un cuaderno bajo el brazo («¡He dibujado el cumpleaños de sus hijos antes de que nazcan!»). Ramiro estaba al lado de ella, con una camisa blanca, una corbata torcida y un bigote recién peinado, y cada vez que ella decía algo, él asentía como si recibiera una palabra de oro.
Después, los regalos.
Un cochecito de bebé con cuatro ruedas, dos asientos y un sistema de amortiguación que, según el vendedor, «absorbe hasta un terremoto». Un móvil de peluches. Un libro de nanas oaxaqueñas. Una cuna plegable. Un mameluco con la inscripción «Mi mamá pinta». Otro con «Mi papá arregla huesos». Y un tercero, de parte de Lupita, con letras bordadas a mano:
**«MIS PADRES SE DESMAYAN POR MÍ».**
—Lupita, es precioso.
—Es la verdad, doña Clara.
—¿Cómo supo lo de las fotos?
—Es mi trabajo saber.
—Es que hasta la foto del desmayo la tiene enmarcada.
—En mi oficina. Y tengo una de seguridad en el móvil.
Lo que más me conmovió fue el regalo de Natalia, que llegó por mensajería a mitad de la fiesta, en una caja plana con un lazo discreto. Dentro, enmarcada, había una reproducción en acuarela de un frijol con un corazón latiendo. Debajo, escrito a mano: *«Para los dos frijoles. De alguien que cree en los cambios. —N.».*