Prohibido los niños.

Capítulo 20: Una oferta desde Nueva York.

Fabián Ríos.

Los médicos aprendemos pronto que las peores noticias llegan siempre con buena letra.

La de aquel lunes llegó en un correo electrónico con el asunto «Oportunidad extraordinaria», una firma con tres títulos y una fotografía de un edificio de cristal en Manhattan. Yo lo supe antes de abrirlo. No porque tenga intuición, sino porque Clara, sentada en el sofá con el portátil en las rodillas, tenía la cara de alguien que acaba de ver su propio nombre en una lápida de oro.

—Fabián.

—Dime.

—Léelo tú. No me fío de mis ojos.

Dejé el café sobre el piano (Mostaza me miró con desaprobación, porque era su mesa) y me senté a su lado. Paco, en el respaldo del sofá, ladeó la cabeza.

—¡CORREO! ¡CORREO! ¡NUEVA YORK! —anunció.

—Paco, ¿cómo sabes lo de Nueva York?

—¡LO OÍ EN EL PASILLO! ¡EL DESTINO HABLA ALTO!

—¿Qué destino?

—¡NO SÉ! ¡UN SEÑOR CON PALOMITAS!

Clara y yo nos miramos. Decidimos, por salud mental, no investigar.

Leí el correo en voz alta. Era de la galería Whitmore & Kline, de Chelsea, una de esas instituciones que, según Clara, «deciden quién existe y quién no». Habían visto su serie *Rojo, ausencia y duda* en una feria. Querían dedicarle una exposición individual de tres meses, con catálogo, gira por dos museos y una residencia en un estudio de Brooklyn. La inauguración sería en seis semanas. Necesitaban su respuesta en cuarenta y ocho horas.

—Seis semanas —dije.

—Sí.

—Tú estarás de cinco meses.

—De cinco y medio.

—¿Pueden volar las embarazadas de cinco meses y medio?

—Sí. Lo he buscado. Hasta la semana veintiocho, sin problema.

—Ya lo has buscado.

—Hace veinte minutos.

—Antes de decírmelo.

—Quería saber si era posible antes de…

—¿Antes de qué?

No contestó. Se miró las manos. Las tenía manchadas de azul, como siempre, y sobre el vientre, redondeado ya bajo la camiseta, descansaba el portátil, que subía y bajaba con su respiración.

—Es lo que siempre quise —dijo por fin, muy bajito—. Fabián, es lo que llevo quince años esperando. Whitmore & Kline. Mi nombre en esa pared.

—Lo sé.

—Y llega ahora.

—Lo sé.

—Con dos bebés dentro.

—Lo sé.

—¿Es una broma del destino?

—Probablemente.

—Qué cruel.

—Tiene un sentido del humor muy particular.

Rio sin ganas. Yo me quedé mirando el correo, y sentí algo extraño: no era celos, ni miedo, ni siquiera tristeza. Era como cuando uno pone la mano sobre una radiografía y nota que el hueso tiene una grieta que antes no estaba. Una grieta por la que podía entrar el frío.

*Prohibido huir*, decía el Código Ríos 2.0. Pero no decía nada sobre qué hacer cuando es ella la que se va.

---

Esa noche no cené. Me senté frente al piano, con la tapa abierta, y toqué *Para Elisa* hasta que doña Pilar, desde su balcón, golpeó la pared con un bastón y gritó:

—¡Compás catorce, doctor! ¡Ya es una tradición!

—¡Lo siento, doña Pilar!

—¡Pues que no sea un lamento, que es una pieza alegre!

Cerré la tapa. En el cuarto de al lado, don Anselmo roncaba como una locomotora honesta. Doña Eulalia y doña Rosario, que ahora dormían en habitaciones contiguas por una amistad que ya rozaba lo preocupante, hablaban en susurros sobre alguna novena. Valeria había dejado una nota en la nevera que decía: *«Mañana reunión de crisis. Traed tamales».*

Fui a la cocina. Clara estaba allí, descalza, con una taza en las manos y la mirada perdida en la ventana.

—No puedes dormir —dije.

—Ni tú.

—Yo duermo en reposo ocular.

—Yo duermo en reposo existencial.

Me serví un vaso de agua. El silencio se alargó, con ese peso delicado de las cosas que no se quieren decir pero que ocupan toda la habitación.

—Tienes que ir —dije.

Se giró despacio.

—¿Qué?

—A Nueva York. Tienes que ir.

—Fabián…

—Es tu sueño.

—Tengo dos bebés.

—Los llevas contigo.

—¿Y tú?

Tragué saliva. Aquí estaba, la prueba más difícil del Código, la que no había ensayado delante del espejo ni escrito en ninguna receta.

—Yo tengo el hospital. Mis pacientes. Mis guardias.

—Puedes pedir una excedencia.

—Es complicado.

—¿Es complicado, o es que no quieres?

—Es que… —Bajé la vista—. No quiero ser el hombre que te frena.

—No me frenas.

—Podría.

—¿Cómo?

—Con mi miedo.

Clara dejó la taza. Cruzó la cocina, me tomó la cara entre las manos, con esos dedos siempre teñidos de color, y me obligó a mirarla.

—Escúchame bien, doctor Ríos. Hace cinco meses habría dicho que sí sin pensarlo. Habría cogido el avión con una maleta y un gato, sin mirar atrás. Y no habría pasado nada. Pero ahora…

—¿Ahora?

—Ahora hay un loro en mi caballete, un piano en mi balcón y un hombre que se desmaya con las fotos del futuro. Y no quiero perderlo.

—No me pierdes.

—Pero tampoco quiero perder Nueva York.

—No hace falta que elijas.

—Siempre hay que elegir.

—No. —Respiré hondo, y las palabras salieron antes de que mi cabeza pudiera censurarlas—. Voy contigo.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Voy contigo. A Nueva York. Pido la excedencia. Aprendo inglés de verdad, no el de las series. Buscamos un piso en Brooklyn. Yo cuido de los bebés mientras tú pintas. Me convierto en el marido de la artista.

—No eres mi marido.

—Todavía.

Lo dije sin pensar, y se me quedó en el aire como la nota fallada del compás catorce.

Clara abrió la boca. La cerró. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Fabián, no puedes tirar tu carrera por mí.

—No la tiro. La aplazo.

—Es lo mismo.

—No lo es. Un hueso roto se puede esperar. Una exposición así, no.

—¿Y si luego te arrepientes?

—Entonces me arrepentiré. Pero no por no haber estado.

Me abrazó con tanta fuerza que me crujieron las costillas, y yo, que me considero un experto en fracturas, no sentí ninguna.




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