Fabián Ríos.
Hay hombres que entran en una sala y cambian la presión atmosférica. Gonzalo Arteaga Bustamante pertenecía a una categoría distinta: entraba en una sala y cambiaba la iluminación, porque llevaba siempre un pañuelo de seda al cuello que, según él, «captaba la luz de las ideas».
Apareció un jueves, a las seis de la tarde, en el vestíbulo de nuestro edificio, con una barba cuidadosamente descuidada, un abrigo largo de pana color mostaza (Mostaza el gato lo olfateó y bufó, ofendido por la competencia) y un libro bajo el brazo cuya portada mostraba, en blanco y negro, un primerísimo plano de una nariz.
Yo bajaba a tirar la basura. Llevaba una bolsa en cada mano, una camiseta de «Hospital San Gabriel, fiesta de empleados 2019» y la dignidad de un hombre que lleva tres semanas sin dormir de un tirón.
—Disculpe —dijo, con una voz grave, trabajada, de las que ensayan frente al espejo—. ¿Es este el domicilio de Clara Del Valle?
—Depende.
—¿De qué?
—De quién pregunte.
—Soy su… —Hizo una pausa teatral—. Soy su musa.
Dejé caer una de las bolsas.
—¿Perdón?
—Gonzalo. Gonzalo Arteaga. Poeta. —Me tendió la mano con tres dedos, como quien ofrece una propina; esa mano, por lo visto, era una especialidad de las personas de mi entorno sentimental—. Ella y yo compartimos dos años de intensidad creativa.
—Ah. El de los versos sobre su propia nariz.
Se quedó un segundo sin respuesta. Luego sonrió con una condescendencia admirable.
—Veo que mi obra me precede.
—Su nariz, más bien.
—Es una nariz con historia.
—Se nota.
Era, en efecto, una nariz imponente. Aguileña, majestuosa, con un ligero desvío hacia la izquierda que debía de haberle costado una buena parte de su autoestima y una colección entera de poemas. Pensé, con deformación profesional, que habría que ver qué había pasado con ese tabique, pero me contuve. Era mi primera vez conteniendo un diagnóstico por cortesía y me sentí muy adulto.
—Y usted es…
—Fabián Ríos.
—¿El…?
—El padre de sus hijos.
Gonzalo abrió mucho los ojos. Luego, con un gesto de dolor estudiado, se llevó la mano al pecho.
—Entonces es verdad. Lo vi en una red social. Un grupo de ciento ochenta personas. «Operación Nieto». Pensé que era una performance.
—Es una familia.
—Qué dolor tan fértil —murmuró—. Tengo que escribir sobre esto.
—Por favor, no.
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Lo subí al departamento por una razón de pura urgencia diplomática: si lo dejaba en el portal, doña Pilar lo habría adoptado para sus clases de piano, y yo habría tenido que vivir con eso.
Al entrar, la escena que nos esperaba fue la habitual de un martes cualquiera en mi casa: doña Rosario tejiendo un gorrito con tres santos bordados, mi suegra cortando cebolla (llorando, aseguraba, de cebolla), don Anselmo lijando una barandilla en el pasillo, Valeria discutiendo por teléfono con un notario, Paco gritando «¡SIETE!» sin que nadie supiera a qué, y Clara sentada en la butaca, con los pies en alto sobre un cojín y un lienzo grande apoyado en las rodillas, pintando con la lengua entre los dientes.
Levantó la vista. Dejó el pincel.
—Gonzalo.
—Clara.
Hubo un silencio de esos que parecen bailar. Gonzalo extendió los brazos. Clara no se movió.
—Estás… —empezó él.
—Embarazada.
—Radiante.
—Cansada.
—Con un brillo de madre universal.
—Con ganas de vomitar.
—Es lo mismo.
—No lo es.
Me quedé de pie junto a la puerta, con las bolsas de basura todavía en las manos, sin saber dónde ponerlas. Una de ellas goteaba. Doña Rosario me la quitó con un gesto de monja militar y me dio, a cambio, un gorrito en proceso.
—¿Qué haces aquí, Gonzalo? —preguntó Clara, con una calma muy sospechosa.
—He venido a verte. He sabido que Whitmore & Kline te ha ofrecido una exposición.
—¿Cómo lo has sabido?
—Es un mundo pequeño.
—Es un grupo de WhatsApp de ciento ochenta y cuatro personas.
—Es una forma de decirlo.
—¿Y qué quieres?
Gonzalo respiró hondo, cerró los ojos, puso una mano sobre el corazón y abrió el libro por una página marcada con un pétalo seco.
—Quiero leerte algo.
—No.
—Es breve.
—No.
—Lo escribí hace tres noches. Pensando en ti.
—Gonzalo…
—*Oh, Clara, tú que fuiste mi aurora…*
—¡NO! —gritó mi suegro desde el pasillo, sin soltar la lija—. ¡En esta casa no se declama!
—Es poesía —protestó Gonzalo.
—Es una amenaza.
—Es arte.
—Es ruido.
—¡POESÍA! ¡POESÍA! —repitió Paco, entusiasmado, que no sabía lo que era pero tenía vocación de eco.
Valeria colgó el teléfono con un gesto elegante, se acercó a Gonzalo y le puso una mano en el hombro, con la sonrisa que usa en los tribunales cuando está a punto de ganar.
—Gonzalo. Soy Valeria. La cuñada. Abogada.
—Encantado.
—¿Está usted aquí en calidad de amigo, de acreedor o de amenaza?
—De… musa.
—Eso no existe en el Código Civil.
—Existe en el del corazón.
—Ese lo redacto yo —dijo Valeria—. Y le informo de que acaba de entrar en una zona de riesgo.
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Debo ser justo con Gonzalo: no era mala persona. Era, simplemente, un hombre que había confundido durante cuarenta años la sensibilidad con la oratoria. Creía que sufrir en voz alta era una forma de amar. Y yo, que vivo del silencio de los huesos, lo entendí al ver cómo miraba a Clara: no con deseo, ni con maldad, sino con la nostalgia de quien reconoce, en una persona, la versión de sí mismo que nunca llegó a escribir.
—Clara —dijo, bajando el libro—. Me han llegado noticias de Nueva York. Y quiero advertirte.
—¿De qué?
—Whitmore & Kline son tiburones. Te van a fagocitar. Te van a vestir de negro, te van a hacer decir la palabra «narrativa» doscientas veces por entrevista, y en un año no reconocerás tu obra.