Prohibido los niños.

Capítulo 23: Natalia y la verdad sobre el piano.

Clara Del Valle.

Hay verdades que llegan en un sobre. Otras llegan en un taxi, a las diez de la noche, con un abrigo largo y una maleta pequeña.

La de Natalia llegó de las dos formas.

Fabián me lo contó todo esa misma noche, sentado en el borde de la bañera con hidromasaje (el único lugar de la casa donde, según él, «se piensa con claridad»), con la mancha de pintura azul todavía en la camiseta y la expresión de un detective que ha leído su propio expediente.

—Eleanor Whitmore y Natalia fueron pareja —dijo.

—Eso me lo has dicho tres veces.

—Es que no termino de creérmelo.

—¿Y qué más te dijo Gonzalo?

—Que Natalia te mandó la invitación a la galería.

—Eso no tiene sentido. A mí me contactaron por mi serie *Rojo, ausencia y duda*.

—Que vieron en una feria.

—Sí.

—¿A quién conoces tú en esa feria?

Me quedé pensando. Me llevé una mano al vientre, que ya tenía el tamaño de un melón pequeño y vida propia. Uno de los dos, el que no se deja ver, daba patadas de karateka justo debajo de las costillas.

—Renata —dije, despacio.

—¿Renata?

—Ella me inscribió. Dijo que tenía un contacto.

Nos miramos. Y, como en una película de espías sin presupuesto, los dos pensamos lo mismo en el mismo segundo.

—Renata —repitió Fabián.

—No puede ser.

—Es la que te puso el pincel en el pelo.

—Pero me lo confesó todo.

—Todo lo que le convenía.

—Fabián, es mi mejor amiga.

—Lo sé.

—No me haría eso.

—Probablemente no.

—Entonces…

—Entonces hay que preguntarle.

---

Renata llegó a las once, con helado de pistacho, ojeras de culpa y una expresión que habría conmovido a una piedra. Se sentó en el sofá, con Paco observándola desde el respaldo con ojos de fiscal.

—¿Qué pasa? —dijo.

—Dímelo tú.

—No sé de qué hablas.

—Whitmore & Kline.

Se quedó pálida. Dejó la cuchara en la tarrina y empezó a retorcer el borde de su blusa de lunares.

—Clara, te lo iba a decir.

—¿El qué?

—Que no fue casualidad.

—¿Qué no fue casualidad?

—Nada.

—¡Renata!

—Es que… —Se tapó la cara—. Natalia vino a verme hace tres meses.

—¿Natalia?

—Antes de aparecer en tu casa. Me buscó en el estudio. Me dijo que quería hacer algo bueno por Fabián. Que sabía que había cambiado. Que había oído hablar de ti y que quería ayudarte.

—¿Ayudarme?

—Con tu carrera. Dijo que tenía una amiga en Nueva York, una galerista, y que si le pasaba tu portafolio…

—Y se lo pasaste.

—Sí.

—Sin decírmelo.

—Pensé que era una buena idea.

—¡Renata!

—¡Lo sé! ¡Soy una entrometida! ¡Es mi defecto! ¡Mi terapeuta lo dice!

—¡Tienes una terapeuta!

—¡Con descuento!

Fabián levantó una mano para pedir calma.

—Un momento. Hay algo que no encaja. ¿Por qué querría Natalia ayudar a Clara? Se supone que me quería a mí.

Renata se encogió.

—Eso es lo que me dijo ella.

—¿Qué?

—Que ya no.

—¿Cómo que ya no?

—Que lo suyo con Fabián se acabó hace tres años y que lo había superado. Que ahora estaba con alguien.

—¿Con quién?

—Con Eleanor.

Silencio.

El tintineo de las estrellitas sonó desde el cuarto de los bebés como una risa lejana.

—O sea —dije—, que Natalia está con Eleanor Whitmore. Y que mandó el portafolio a su pareja.

—Sí.

—Y me ofrecen una exposición.

—Sí.

—Y la inauguración se adelanta cuatro semanas.

—Eso no lo sabía.

—Y mientras tanto, Natalia vino a casa, durmió en nuestro sofá, me dio un cheque, me regaló un piano…

—Un Steinway —murmuró Fabián.

—…y un panda.

—Dos pandas.

—Dos pandas. ¿Qué quiere esa mujer?

—Eso —dijo una voz desde la puerta— puedo explicarlo yo.

---

Natalia estaba allí, con el abrigo largo, el pelo recogido y una sonrisa temblorosa. A su lado, un poco más atrás, una mujer alta, de cabello plateado y mirada afilada, con un abrigo de cachemira y una carpeta bajo el brazo.

—Eleanor Whitmore —murmuré.

—Clara —dijo la mujer, con un acento americano suave y un castellano impecable—. Encantada de conocerte al fin.

Nadie respiraba. Paco, por primera vez en su vida, no gritó nada.

—¿Cómo han entrado? —preguntó Fabián.

—La puerta estaba abierta —dijo Natalia.

—¿Quién la dejó abierta?

—Tu suegro. Dijo que era «por la ventilación». Y que había que hacer correr el aire.

—Don Anselmo —murmuré.

Desde el pasillo, sin aparecer, se oyó la voz grave del carpintero: «Que pasen. Si son buenas personas, se quedan. Si no, tengo una sierra».

Eleanor sonrió con elegancia.

—Hemos venido a aclarar un malentendido.

—¿Qué malentendido? —pregunté, con la mano sobre el vientre.

—El de que no hay ninguna conspiración.

—Pero hay un piano, un panda y un pastel…

—Hay —dijo Natalia, dando un paso adelante— una disculpa muy mal hecha.

Fabián frunció el ceño.

—¿Una disculpa?

—Por haberte hecho daño. A ti, Fabián. Hace tres años.

Nadie dijo nada.

—Yo quería más. Tú no. Y en lugar de respetarlo, me puse en plan víctima, hice un drama y te dejé creyendo que eras un monstruo. —Respiró hondo—. No lo eras. Eras un hombre con miedo. Y yo, una mujer con orgullo. Y tardé tres años en entender que no fue culpa de ninguno.

—Natalia…

—Déjame terminar. —Se giró hacia mí—. Cuando me enteré de lo tuyo, de lo vuestro, quise ver con mis ojos si era verdad. Y vi que sí. Y me di cuenta de que lo único que podía hacer era ayudaros. A ti, Clara, con lo que mejor sé: moviendo contactos. Y a él, con lo que siempre le faltó: un piano.

—Un piano —murmuró Fabián.

—Tu padre tocaba. Y tú dejaste de hacerlo cuando murió. Y yo pensé que ya era hora.

Fabián se quedó mirando el suelo. Tenía los ojos muy brillantes.

—Gracias —dijo, en voz baja.




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