Fabián Ríos.
Los médicos tenemos una ventaja sobre el resto de los mortales: sabemos ponerle nombre a las cosas. Distal, proximal, espiroidea, conminuta. Todo tiene un término.
Y sin embargo, a las dos de la madrugada de un martes, sentado en la cocina con una libreta, un bolígrafo y una taza de té frío, descubrí que no era capaz de ponerle nombre a dos personas de veinte semanas que todavía no habían aprendido a abrir los ojos.
—Es que tiene que sonar bien —le dije a Mostaza.
El gato, sobre la nevera, bostezó. En su opinión, él ya tenía un nombre excelente, y no entendía por qué la humanidad insistía en complicarse.
Había tachado seis páginas. Alejandro, descartado por acuerdo. Fabiano, vetado por unanimidad y con sentencia firme. Frida, en revisión. Conserva (cortesía de Josefina), eliminada. Y en el margen, con letra de electrocardiograma, una lista de cosas que *no* quería: nada de nombres que rimaran con «desmayo», nada de nombres que Paco pudiera gritar con facilidad, y nada que sonara a profesión.
—¿Qué haces despierto?
Clara estaba en la puerta, con el camisón arrugado, el pelo revuelto y una mano en la espalda baja, esa postura que ya había aprendido a leer como «me duele todo y es tu culpa».
—Nombres.
—¿A las dos?
—Es la hora de la creatividad.
—Es la hora de los antojos. —Abrió la nevera, sacó los pepinillos, buscó el helado, lo miró, lo dejó, y cogió una galleta de jengibre con aire resignado—. Déjame ver.
Se sentó a mi lado con el lento y ceremonioso esfuerzo de quien aterriza un avión. Leyó la lista. Arqueó una ceja.
—¿«Nada que sonara a profesión»?
—Tuve un compañero que se llamaba Doctor.
—¿De nombre?
—De nombre. Su madre tuvo ambición.
—Pobre.
—Terminó de abogado.
—Qué paradoja.
Nos reímos bajito, para no despertar a don Anselmo, que roncaba en el sofá-cama como un tractor con buenos sentimientos.
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Empezamos con orden. Yo propuse un método científico: cada uno escribía diez nombres, los puntuábamos del uno al cinco y nos quedábamos con los que sumaran más.
—Eso es muy romántico —dijo Clara.
—Es riguroso.
—Es una tabla de Excel.
—Es un protocolo.
—Para el niño, ya tenemos Mateo Alejandro.
—Eso está cerrado.
—¿Y si cambio de opinión?
—Está cerrado con candado.
—Qué autoritario.
—Es una decisión democrática.
—La tomé yo sola.
—Por eso es democrática.
Ella me tiró la galleta. Yo la atrapé con reflejos de traumatólogo, y la comí.
Para la niña, Clara propuso: Inés, Amara, Luz, Olivia, Remedios (por Remedios Varo) y Dolores (por Dolores del Río, no por el síntoma). Yo propuse: Elena, Sofía, Julia, y Rosario (que descarté enseguida, porque con eso mi madre se mudaba a la guardería).
—Julia me gusta —dijo ella.
—A mí también.
—Julia Del Valle Ríos.
—O Ríos Del Valle.
—Del Valle Ríos suena mejor.
—Suena a tribunal.
—Suena a quien manda.
—Vale. Entonces Julia.
—No tan rápido. Tiene que combinar con el hermano.
—Mateo y Julia.
—Julia y Mateo.
—Mateo y Julia suena a bufete de abogados.
—Julia y Mateo suena a pareja de dibujos animados.
—Eso es bueno.
—Eso es perfecto.
Nos miramos. Ya estaba. Dos nombres, así, de pronto, a las dos y veinte de la madrugada, en una cocina con olor a pepinillos. Sentí un calor raro en el pecho, ese apretón que don Anselmo había bautizado, y tuve que carraspear.
—Hecho —dije.
—Hecho.
—Julia y Mateo Alejandro.
—Julia Eulalia, por mi madre.
—Julia Eulalia Ríos Del Valle.
—Mateo Alejandro Ríos Del Valle.
—Suena a familia.
—Suena a hijos.
Y fue entonces, justo ahí, en el instante de mayor ternura, cuando el cerebro de un hombre decide hacer lo que mejor sabe: arruinarlo con un chiste.
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Todo empezó con una frase inocente.
—Pues ya tenemos los nombres —dije, estirando los brazos—. Solo falta decidir los segundos.
—¿Segundos nombres?
—Es una tradición.
—Ya tienen uno cada uno.
—Pero podríamos… —Sonreí, con esa sonrisa que usaba cuando tenía una idea que sabía que era mala—. Podríamos honrar el Código.
—¿El Código Ríos?
—El original.
—¿Qué quieres decir?
—Regla uno: **Prohibido** enamorarse. Regla dos: **Prohibido** tener hijos. —Levanté un dedo con solemnidad de orador—. ¿Y si los llamamos Prohibido y Prohibida?
Clara dejó de masticar.
—¿Perdón?
—Prohibido Ríos Del Valle. Y Prohibida Ríos Del Valle. Son nombres con mucho carácter. Y con historia.
—Fabián.
—Es un homenaje.
—Fabián.
—Imagínatelo. «¡Prohibida, a cenar!». «¡Prohibido, deja de pegar a tu hermana!». Es una pedagogía integrada en el nombre. Nunca dirán que no se les avisó.
Me reí solo. Fue una risa corta, de las que uno se da cuenta demasiado tarde de que ha soltado sin compañía.
Clara no se rio.
Se quedó muy quieta, con la galleta a medio camino y la mirada fija en la libreta. Yo conozco ese silencio. Lo he visto en pacientes que dejan de responder justo antes de decir lo que de verdad les duele.
—¿Era un chiste? —preguntó, muy bajito.
—Sí. Claro. Es obvio.
—¿Era un chiste sobre lo que fueron para ti?
—Es… es una broma de pareja.
—¿Lo son para ti? ¿Prohibidos?
—No. Clara, es una… es un juego de palabras.
—¿Y cuando dijiste «prohibido tener hijos» hace seis meses, también era un juego?
—Eso era antes.
—Ya.
—Ya no vale.
—¿Estás seguro?
Dejó la galleta sobre la mesa. Se puso de pie, despacio, con una mano en el vientre y la otra apoyada en la silla. Tenía la voz tranquila, y eso era lo peor.
—Hace una semana me dijiste que no querías ser el hombre que me frena. Que te ibas conmigo a Nueva York. Que escribías en una receta «prohibido huir». Y esta noche, a las dos y media de la mañana, decides que el apodo cariñoso de nuestros hijos puede ser el nombre de las dos reglas que rompiste por mí.