Clara Del Valle.
Hay cosas que una embarazada de veintiuna semanas no debería hacer: cargar peso, comer queso sin pasteurizar y entrar en un hospital donde ochenta personas han estado ensayando una sorpresa durante tres semanas.
Yo hice las tres. Lo del queso fue un descuido de doña Rosario.
—Es un quesillo de Oaxaca, mija. Es medicinal.
—Es crudo.
—Es de la comadre.
—Es crudo de la comadre.
—Entonces es doble medicina.
Se lo cambié por un tamal. Fue un trueque diplomático.
Fabián iba a mi lado en el pasillo del San Gabriel, con la bata blanca y la cara de un hombre al que han dicho que tiene una reunión de cinco minutos con el director. Llevaba toda la mañana sospechando, y yo lo sabía porque se había peinado dos veces.
—No me gusta —murmuró.
—¿El qué?
—Que Lupita me haya pedido que baje al salón de actos.
—Es el salón de actos. Ahí se hacen actos.
—Ahí se hacen conferencias. Y velatorios.
—Entonces quizá sea una conferencia.
—Quizá sea un velatorio.
—¿De quién?
—Mío. Por exceso de emoción.
Se abrieron las puertas. Y la sala entera, con sus sillas plegables, sus guirnaldas de papel picado colgadas de los focos y una pancarta gigante donde alguien había pintado, con una letra demasiado entusiasta, **«¡BUEN VIAJE, DOCTOR RÍOS! (VUELVA, POR FAVOR)»**, estalló en un grito.
—¡SORPRESA!
Fabián dio un paso atrás, chocó conmigo, me agarró del brazo y por un segundo vi cómo calculaba la distancia hasta la puerta. Después recordó que la regla número tres de su código se llamaba «Prohibido huir» y se quedó.
—No me desmayo —dijo, entre dientes.
—Sé que no.
—Estoy haciendo una técnica.
—Mostaza —susurré.
—Mostaza —admitió él, y respiró.
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El salón estaba lleno. Enfermeras, camilleros, residentes, el personal de cocina, tres pacientes en bata con el suero colgando, el director Montalvo con una corbata que no le había visto, don Heriberto Quiroz en la última fila con Paco en el hombro (ya nadie preguntaba cómo había entrado un loro en un hospital) y, en el centro de todo, de pie sobre una tarima de cajas de guantes, con un micrófono en una mano y el rosario enroscado en la otra, la enfermera Lupita.
Llevaba un vestido de domingo. Yo no sabía que Lupita tenía vestidos de domingo. Me parecía un ser nacido en uniforme.
—Doctor Ríos —dijo, y la voz le tembló un poco—. Seis años y medio.
—Lupita…
—Déjeme terminar, que he ensayado.
—Claro.
—Llegó usted a este hospital con una bata demasiado grande y una frase que repetía a todas horas: «Yo no prometo nada, yo sugiero posibilidades».
Risas. Fabián se puso rojo hasta las orejas.
—Le dije el primer día que usted tenía un problema —continuó—. Que era el mejor médico del San Gabriel y el peor ser humano en materia de compromisos.
—Me lo recuerda cada semana.
—Pero me equivoqué.
El salón se quedó callado.
—Me equivoqué en lo segundo. —Lupita se secó una lágrima con el dorso del rosario—. Usted es un ser humano estupendo. Lo que pasa es que tardó seis años en enterarse.
Aplausos. Don Heriberto lloraba. Paco gritó «¡ESTUPENDO!» y alguien le dio una galleta para que se callara. Yo me llevé la mano al pecho, donde algo se me hinchaba con la misma insistencia que el vientre.
Fabián se acercó a la tarima. Lupita bajó. Se quedaron frente a frente, la enfermera con sus cuarenta y seis años de dignidad y el doctor con su mirada de niño pillado.
—Gracias —dijo él.
—No me dé las gracias.
—Es lo mínimo.
—Lo mínimo es que me traiga el peluche de mi hija desde Nueva York.
—¿Qué peluche?
—El que prometió hace cuatro años.
—Ah. Ese.
—Y mis tres aumentos.
—Y sus dos días libres.
—Ya me los he cogido yo, doctor. Sin avisar.
—Eso explica muchas cosas.
Se abrazaron. Un abrazo breve, torpe, lleno de años de «doctor, sálgase por urgencias» y «Lupita, cúbrame». Cuando se separaron, ella lo miró de arriba abajo, le arregló el cuello de la bata con dos tirones secos de madre y dijo:
—Y ahora, el regalo.
—¿Qué regalo?
—Atrás.
Las puertas laterales se abrieron de golpe y entraron, en formación, doce hombres con trajes de charro, sombreros bordados, trompetas, violines, un guitarrón y una expresión de profesionalidad inquebrantable.
—No —dijo Fabián.
—Sí —dijo Lupita.
—Lupita, no.
—Es el Mariachi Nuevo Amanecer. Han venido de Garibaldi. Me han hecho descuento.
—¡Estamos en un hospital!
—Es zona de convalecencia emocional.
Y el mariachi empezó a tocar.
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Les contaré lo que pasa cuando doce mariachis tocan a todo volumen en un salón de actos con tres pacientes con suero, un loro, un director de hospital emocionado y una embarazada de cinco meses.
Primero, los pacientes se levantan. Aunque lleven un goteo, aunque tengan una pierna rota o una cirugía reciente. Se levantan, tiran del soporte con ruedas y empiezan a bailar como si el suero fuera su pareja de baile.
Segundo, las enfermeras sacan los pañuelos.
Tercero, Paco canta. Con una afinación espantosa, pero con una convicción de tenor.
Cuarto, el director Montalvo, que llevaba toda la semana pensando en jubilarse, se arranca por «El rey», con los brazos abiertos y la corbata en el hombro, y no hay quien lo pare.
Y quinto, alguien le pasa a Fabián una copa de algo que seguramente era ponche, y él, que debe de haberse sentido ya completamente fuera de peligro, la acepta.
—Es ponche de frutas —me dijo, a gritos, por encima de las trompetas.
—¿Con alcohol?
—Con un poquito.
—¡Fabián!
—¡Es medicinal!
—¡Es lo que dice tu suegra de todo!
—¡Pues tiene razón!
Me reí tanto que tuve que sentarme. Doña Eulalia se sentó a mi lado con un abanico, doña Rosario con una vela que nadie sabía de dónde había sacado, y desde la fila de atrás, con la pierna ya sin yeso (se lo habían quitado el viernes) y un bastón que blandía como un cetro, Mateo gritaba: «¡Que se besen! ¡Que se besen!».